Difícil adivinar lo que pasa por la mente de un asesino. Tendríamos que adentrarnos en su interior para poder comprenderlo...si que es que ésto es posible.

Violette Nozières

Posted by Oleal Crímenes On miércoles, 3 de noviembre de 2010 6 comentarios

 (Violette Nozières despues de ser interrogada por el juez)

El espantoso crimen cometido por la envenenadora Violette Nozières, despertó la indignación de toda Francia, país de la envenenadora, y sobresaltó sobremanera a la opinión pública. 

Aparecían en este crimen elementos tan extraordinarios que alcanzaron en horror todo lo que los trágicos antiguos pudieron imaginar en sus dramas inmortales: los pocos años de la criminal, que ni siquiera había alcanzado la mayoría de edad a los ojos del Código Civil, aunque sí respecto del Penal: su sexo femenino, la fría tranquilidad con que preparó el doble parricidio, el mimo y cariño de que la rodeaban esos padres que ella pensaba matar, la cautela con que procedió después de cometido el crimen, enviando una carta a sus padres, que creía muertos, para lanzar a la Policía sobre la pista del suicidio, y, por encima de todo, el sagrado horror en que se hallaba poseída una madre, colocada por las terribles exigencias del juez instructor en presencia de la hija miserable que acababa de matar a su padre.

El drama comienza un lunes 21 de agosto de 1.933, cuando se descubre en una casa de la calle de Madagascar, cerca de la Puerta de Charenton, en la extremidad sur de Paris, una doble tentativa de suicidio. El hombre, el marido, ya había muerto; la mujer estaba moribunda.

 (La calle de Madagascar donde Violette vivía con sus padres)

Las cañerías del gas abiertas daban suponer que se trataba de una muerte voluntaria. Pero la hija, que vivía con el matrimonio, había desaparecido de repente. Nacieron entonces las primeras sospechas. Se decide por la autoridad la autopsia del cadáver, mientras la madre, milagrosamente salvada, descubre que la han robado. En el laboratorio no tarda en tenerse la prueba de que la muerte es debida a haber ingerido una fuerte dosis de un somnífero: la madre habla y dice:

“Durante todo el día del lunes no se ha separado de nosotros nuestras hija Violette; ha salido solamente para ir a buscar los tres sellos que su padre y yo hemos tomado contra la jaqueca.”

Durante ocho días millares de policías buscan a Violette Nozières por todo el país, hasta que una denuncia de haberla visto la entrega a la justicia y ella confiesa el crimen. Pero en cambio niega el haber querido dar muerte a su madre:

“Por eso di a mi padre la dosis más fuerte: trituré cuarenta pastillas de somenal para él y sólo di seis a mi madre.”

La criminal cuenta el drama con una serenidad pasmosa: mientras sus padres se retorcían en el suelo, tratando de reunirse, ella, sin apiadarse de sus gemidos los desvalijaba; robaba dos billetes de mil francos guardados en un cajón; se inclinaba sobre su madre medio muerta, y de su misma cintura recoge una bolsa que contenía otros mil francos. Y, finalmente, después de cubrir las puertas con unas cortinas para que la asfixia fuera inevitable, desaparece de la casa y no se acuerda de sus padres hasta el día siguiente, para representar una comedia atroz, para llegar a llorar sobre sus cadáveres unas lágrimas hipócritas, con la convicción de que así nada se opondría ya a que ella entrara en posesión de la herencia de sus víctimas, los ciento sesenta y cinco mil francos que eran su fortuna.

Porque Violette Nozières no era una criminal vulgar salida de las bajas capas sociales; sus padres pertenecían a esa pequeña burguesía trabajadora y previsora, que era tan numerosa en Francia. Había recibido una educación esmerada; no hacía mucho seguía los cursos del Instituto Fenelón, mezclada con las hijas de ricos y adinerados burgueses. Su padre tenía un buen empleo en una gran Compañía Ferroviaria.

Cuando volvió a su casa al día siguiente, la visión de su madre, viva aún, y sobre todo, la presencia de los policías, le inspiraron un pánico indecible, y es entonces cuando desaparece.

 (La parricida la tarde de su detención)

Ese fue el drama en su horrible sencillez. Mientras la parricida comenzaba su expiación en un calabozo de la cárcel de la Petite Roquette esperando el fallo del Tribunal llamado al juzgarla, su madre, una de las víctimas de la tragedia vivía los tristes días entre el recuerdo de su marido muerto y la imagen de su hija envenenadora.

 (La prisión de La Requette donde fue encarcelada)

  (La madre de Violette abandona el hospital después de recuperarse del envenenamiento)

Apenas salida del hospital, la infortunada mujer quiso ir a rezar sobre la tumba de su marido, que había sido llevado a su pueblo natal de Neuvy sur Loire.

 (La madre de la parricida visita, al salir del hospital, el pueblo de Neavy sur Loire, donde esté enterrado su marido)

Mujer delgada, más bien alta, de rasgos finos, mostraba la expresión de una anciana destrozada por los sufrimientos, y pasó a refugiarse en casa de unos cuñados, aquejada de una gran depresión moral. Increíblemente, en un futuro mostraría una gran energía siendo su única meta el deseo de que su marido fuera vengado. Con gran entereza resistió la patética escena del careo con su hija que, para explicar su acto monstruoso lanzó graves acusaciones contra el padre muerto por sus manos.
Las acusaciones que lanzaba Violette sobrecogieron a la opinión pública.
Según contó, sufrió abusos sexuales por parte de su padre desde los doce años, y su madre, conocedora de los mismos hacía caso omiso de ellos cerrando los ojos a la situación.

Aquella escena, según han confesado quienes asistieron a ella, fue algo tan trágico que no se recordaba cosa parecida en los anales de la Justicia. Al verse en presencia de su hija, que después de su doble crimen osaba aún lanzar sobre la memoria de su víctima turbias calumnias, la madre, a pesar de su extrema debilidad, tuvo fuerzas para reprochar a la culpable su acción pidiéndole que se matara ella también.
La terrible imprecación resonó en el auditorio, sobrecogido de espanto. La acusada rompió en sollozos y arrancándose de los brazos que la sujetaban se arrojó a los pies de su madre suplicando:

- “¡Mamá! ¡Te lo suplico! ¡Perdóname!
A lo que la madre respondió:
- ¡Jamás!

 (La abuela de violette besa el ataud con los restos de su yerno)

Violette había nacido a las cuatro de la tarde del día 11 de enero 1915 en Neuvy-sur-Loire (Nièvre) única hija del matrimonio compuesto por Bautista Nozières, mecánico del ferroviario Paris-Lyón-Mediterráneo, y de Germaine, Hezard , ambos divorciados y casados en segundas nupcias en 1914.
En el pueblo donde había pasado Violette sus primeros años, se recordaba las numerosas escapadas de la joven, que ya a los quince años lograba escabullirse de la casa de sus padres apenas cerraba la noche, para no volver hasta el día siguiente. También se hablaba de su conducta el último verano, en que llamó la atención por su modo de vestir y su manera de ser. D
esde pequeña había causado preocupaciones a sus padres. Por su mala conducta la echaron de un colegio, y más tarde, pasaba el día entero en el barrio Latino, donde re relacionaba con pésimas amistades.

También se especulaba con la posibilidad de que Violette debía haber tenido un cómplice, que era buscado activamente, aunque ella insistía en afirmar que nadie la había ayudado.
Se creía, según algunas fuentes, que Violette mantenía relaciones con un joven que la dominaba y al que ella mantenía. La joven intentaría así acabar con la vida de sus padres para hacerse con la herencia familiar y comenzar una vida austera junto a su amante.

 (Fotografía policial de Violette)

Hacía cincuenta años que en Francia no se había guillotinado más que a una sola mujer, porque los Tribunales franceses procuraban evitar el suplicio a las mujeres, sin embargo Violette fue condenada a la pena de muerte el 13 de octubre de 1934. Sin embargo esta pena le fue conmutada por el de cadena perpetua el 25 de diciembre de 1934.

 (Grupo de testigos llamados a declarar en el juicio)

Su conducta ejemplar hizo que su condena se redujera a 12 años de trabajos forzados y fue puesta en libertad el 18 de agosto de 1945.

Posteriormente se casó y consiguió el perdón de su madre, muriendo el 26 de noviembre de 1966, aquejada de un cáncer de huesos.