Difícil adivinar lo que pasa por la mente de un asesino. Tendríamos que adentrarnos en su interior para poder comprenderlo...si que es que ésto es posible.

El Asesinato Del Gobernador De Burgos (I)

Posted by Oleal Crímenes On martes, 9 de marzo de 2010 0 comentarios

La Revolución de 1868 o La Gloriosa, también conocida como La septembrina, fue un levantamiento revolucionario español que tuvo lugar en septiembre de 1868 y supuso el destronamiento de la reina Isabel II y el inicio del período denominado Sexenio Democrático

 (Isidoro Gutiérrez, Gobernador de Burgos)
Isidoro Gutiérrez de Castro nació en Jerez de la Frontera (Cádiz), en 1824. Estudió bachiller en los escolapios, sus estudios en un colegio de los jesuitas en Inglaterra y su formación como historiador en Francia, Bélgica y Alemania, hasta su regreso a España en 1853 para ejercer de redactor jefe del Diario de Jerez. Había participado en la revolución de 1854 y ocupado diferentes cargos durante el gobierno de la Unión Liberal, no aceptando responsabilidades después de la caída de O’Donnell hasta que intervino activamente en la revolución de 1868, después de la cual fue nombrado gobernador civil de Burgos.

El día 25 de enero de 1869, a las 10 de la mañana, acompañado del inspector de Seguridad, Domingo Mendívil, y de un comisionado de Madrid, se dirigió desde su cercano palacio de la Diputación hasta la catedral, encontrándose allí con una masa de civiles que parecía estar al tanto de su visita. En el templo le estaban esperando el deán, el provisor y otros canónigos, que entablaron con él una dura discusión. El gobernador ordenó que le franquearan el acceso al archivo, situado en los claustros, y que cerraran después las puertas.
Apenas había entrado, la masa irrumpió en los claustros gritando “¡Viva la religión!, ¡Viva Carlos VII!, ¡Muera el Gobernador!”.
Queda la duda de si el canónigo tesorero olvidó cerrar la puerta o si los asaltantes rompieron la cerradura, pero el caso es que entraron, rodearon al gobernador y comenzaron a golpearlo. Ya herido lo sacaron a empellones, y en las naves del templo siguieron golpeándolo hasta dejarlo inconsciente. Después lo arrastraron a la Puerta Sacramental, en donde lo desnudaron y le cortaron las orejas, luego le ataron una faja a los pies de su cuerpo y lo arrastraron hasta una plazuela contigua, donde lo abandonaron.
La idea era colgarlo de un árbol o arrojarlo al río, pero se asustaron al verlo muerto.

 (Ataque al Gobernador)
Ante la pasividad de la Guardia Civil, las fuerzas militares y voluntarios de la Libertad se hicieron cargo del cadáver y restablecieron el orden al mismo tiempo que el gobernador militar asumía el mando de la plaza y decretaba el estado de guerra.
La noticia provocó la repulsa de la prensa y de la opinión pública. La noche siguiente, 26 de enero se produjo en Madrid una manifestación ante la Nunciatura con insultos al Papa, a la Iglesia y al clero, y vivas a la libertad de culto.
Oficialmente se atribuyó el atroz linchamiento a una acción enfurecida de las masas en respuesta al cumplimiento de una orden ministerial impuesta al gobernador en la que se le instaba a inventariar e incautar los objetos de ciencias, artes y letras del cabildo.
El crimen causó una gran sensación en toda España y tuvo connotaciones que nunca fueron totalmente aclaradas.
(Manuel Ruiz Zorrilla)
El día 1e enero de 1869, el ministro de Fomento Manuel Ruiz Zorrilla, editó un decreto por el que el Estado se incautaría de todos los Archivos, Bibliotecas, gabinetes y demás colecciones de objetos de ciencia, arte o literatura, que con cualquier nombre estuvieran a cargo de las Catedrales, Cabildos, monasterios u otras órdenes militares, con excepción de los objetos de culto y las bibliotecas de los seminarios. La medida venía aconsejada por los peligros y aislamiento que sufrían tales objetos, expuestos “al fuego del cielo, al robo a mano armada, a la estafa y a la destructora obra del tiempo y del abandono”.
Se citaban casos como las varias arrobas de riquísimos pergaminos de las bibliotecas y archivos eclesiásticos de Aragón que se habían salvado del fuego de una fábrica por 1.000 reales; de los códices de la Biblia Complutense de Cisneros, que se habían utilizado para hacer petardos y cohetes; el canje de un reloj de plata y una escopeta por un libro que había sido adquirido por el Museo Británico en 45.000 reales.
Sin embargo dicho decreto no se publicó en La Gaceta hasta el día 26, acompañado de la orden de desarrollo de 18 de enero, que marcaba el día 25 para que todos los gobernadores civiles, acompañados de un funcionario del cuerpo de Bibliotecarios, Archiveros y Anticuarios, se personasen en los edificios mencionados para proceder al inventario de los bienes y clausura de locales.
La publicación de esta normativa se retrasó porque, al parecer, el ministro trató de neutralizar la previsible reacción adversa de los clérigos y procedió con sumo sigilo, comunicándosela directamente a los gobernantes civiles para que la acción se llevara a cabo el mismo día en todo el país y pillara desprevenidos a los afectados.
Pero el ministro no contaba con el nuncio pudiera enterarse de la existencia del decreto, gracias a un cura que había sabido en la confesión de un funcionario y que sería contado a los obispos antes de entrara en vigor. La mayoría procedió a poner a buen recaudo los bienes fundamentales, pero en Burgos optaron, también, por manifestar violentamente su oposición.

La cuestión religiosa estaba al rojo vivo desde la revolución de 1868, cuando el mandato de Gobierno Provisional tomo unas medidas para socavar el poder de la iglesia y se había decretado, el 12 de octubre de 1868, la disolución y expulsión de la Compañía de Jesús; el 19 la extinción de conventos y casas de religiosas y el 6 de diciembre se derogó el fuego eclesiástico. A estas medidas se añadía el malestar general de los clérigos, que en muchos casos no recibían sus asignaciones del Estado desde hacía meses. El decreto de Ruiz Zorrilla fue la gran gota que colmó el vaso.

(El Gobierno Provisional en 1869)
Estos hechos hicieron que se formara una opinión pública sobre el gobernador civil de Burgos, en la que los clérigos vieron la encarnación del mismo demonio. No había quien no tuviera queja contra el Gobernador, no sólo los realistas y moderados, sino también los republicanos que lo odiaban a muerte, se la juraron más de una vez. Según Vicente de la Fuente, representante de la postura clerical, dice que : “A la vista de todos el Gobernador se distinguió por su impiedad y animadversión a la Iglesia y al clero, En los conventos de monjas, en que entró para exclaustrarlas, las trató de modo que hubo que ruborizarlas con frases y provocaciones inconvenientes. Se apoderó de los caudales del monasterio de las Huelgas, y lo describe entrando en la catedral, minutos antes de su asesinato, con sombrero y puro”.
Sin embargo, la imagen que de él mostraba la prensa liberal era muy distinta. El Museo Universal publicó dos semanas después de su asesinato una necrológica que lo recordaba como hombre de trato afable, simpático para todos y leal y cariñoso con sus amigos.

Tras el asesinato fue detenido un gran número de personas (según algunos hasta 140), entre los que se encontraban varios miembros del equipo del cabildo: el deán Pedro Gutiérrez de Celis, el provisor, Jorge de Arteaga, el magistral, Manuel González Peña y otros canónigos, todos en libertad a los pocos días, con sus causas sobreseídas, lo mismo que la del arzobispo, Anastasio Rodrigo Yusto, que estuvo confinado en su palacio, aunque no caben dudas sobre la responsabilidad de todos ellos en la organización del tumulto.
Y se dieron casos curiosos, como el de los cinco seminaristas que habían sido detenidos porque el día después del asesinato habían tomado el tren de Burgos a toda prisa olvidándose de facturar sus baúles. Los cinco fueron liberados en poco tiempo.
Pero entre los detenidos se encontraban unas sesenta personas que sí fueron juzgadas en una veintena de procesos, entre ellas Dámaso San Martín, Mariano Camarero, alia El Cascorro, Blas Gil Villalmanso, Pedro Miguel Bueno, Víctor Chiribenches, Clemente Martínez Avila y Francisco Martínez Hernando. En general gente humilde, de escasos recursos y bajo nivel cultural. La mayoría de los acusados y testigos eran analfabetos y tuvieron que firmar su declaración con una cruz.

Fuente de Datos: 
*El asesinato del gobernador de Burgos – Arturo Colorado Castellary, Universidad complutense de Madrid. – La Aventura de la Historia.

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