Difícil adivinar lo que pasa por la mente de un asesino. Tendríamos que adentrarnos en su interior para poder comprenderlo...si que es que ésto es posible.

Juan Díaz De Garayo - Su Vida

Posted by Oleal Crímenes On lunes, 7 de febrero de 2011 0 comentarios

Juan Díaz de Garayo – Su Vida

Juan Díaz de Garayo nació en Eguilaz, pueblo situado a corta distancia de la villa de Salvatierra, provincia de Álava, el 17 de octubre de 1821. Fueron sus padres unos laboriosos y honrados labradores que tuvieron nueve hijos, a los cuales, como era la costumbre, dedicaron a la labranza o al servicio doméstico. Atrasada entonces sobremanera la educación escolar, no pudieron dedicarle en su niñez ni juventud tiempo a recibirla en escuela alguna, así que no llegaron nunca a saber leer ni escribir, enterándose solo a fuerza de tiempo y de práctica de las rutinarias tareas de la agricultura. 

A los catorce años, en 1835 y en plena guerra civil fue enviado por su padre a servir a los pueblos inmediatos para ganarse un jornal ocupándose en las tareas de labrador, pastor, y carbonero, mostrando siempre bunas predisposiciones para el trabajo y buena conducta.

En 1850 llevaba siete años trabajando en la villa de Alegría, sirviendo en casa de un herrero, cuando llegó a enterarse por una joven amiga suya, A.B. apodada la Zurrumbona, de que ésta tenía en Vitoria una hermana viuda labradora, que llevaba en arriendo algunas tierras y útiles de labranza, y que se quejaba de que en su viudez no podía atender sus obligaciones como debiera, siendo éstas explotadas por los criados, y que nada le era más necesario que casarse de nuevo con un hombre entendido en las labores del campo. Le insinuó su amiga que le convenía dirigirse a casa de su hermana para que entrara en ella como criado práctico y conocedor de la agricultura, y en efecto, con una recomendación suya se dirigió a la ciudad.

Excelente maña se dio para Garayo para recomendarse a la viuda, manifestándole sus conocimientos en el laboreo y dirección de tierras; y como ella le indicara que si bien se decidía a tomarle de criado no podían pensar en casarse hasta que pasara el tiempo que se prescribe a las viudas, se conformó Garayo a permanecer en la casa como criado, animando a la viuda a hacer la nueva sementera, puesto que la época era la propicia y proponiéndole comprar por su parte una pareja de bueyes, ya que en casa de su amo, el herrero de Alegría, tenía depositado algún dinero, producto de sus ahorros y de su metódica vida de largo tiempo. Aceptó la viuda el plan, conviniendo ambos en guardar la mayor reserva acerca de sus propósitos de casamiento hasta el tiempo oportuno. Sus planes se desarrollaron tal y como tenían pensado, casándose al fin ambos, pasando el mote de La Zurrumbona también a Garayo, que desde entonces fue llamado Zurrumbón.

Desde aquella época hasta 1863, en que su esposa falleció, vivieron ambos en la mayor armonía y concordia, sin que Garayo faltara a su mujer por ningún concepto. Durante este periodo de trece años tuvieron cinco hijos, de los que sobrevivieron tres: dos hijos y una hija. Muerta su esposa, y teniendo Garayo que ocuparse de las labores del campo, empezó a reinar el abandono en su casa, y a perderse poco a poco la educación de sus hijos. Para corregir este inconveniente, Garayo pensó en casarse de nuevo y así lo hizo contrayendo segundas nupcias con J.S., para desgracia completa de la familia. 
Era su nueva mujer de carácter áspero y de violente genio con los que, en vez de asegurar la paz de la casa, la disipó, entablándose entre ella y sus hijastros constantes reyertas; arraigándose los odios y dando lugar a que aquellos huyeran de su casa, colocándose como criado el mayor y haciéndose vagabundos y pordioseros los menores.
Fuera de la casa los hijos, sin amparo ni guía, se vieron envueltos en las tristes consecuencias que trae la vida de la miseria y del abandono. Garayo, movido por sus sentimientos de padre, alguna vez volvió a recoger a los dos menores, pero éstos, ante la repulsión que sentían hacia la madrastra, y alentados por las novedades de la vida libre, no se detuvieron muchas horas en el hogar paterno.

Vino su casa muy a menos en los siete años que duró este segundo matrimonio, y la miseria, la guerra doméstica y el abandono de sus hijos debieron causar honda revolución en el espíritu de Garayo, hasta entonces pacífico, laborioso y económico.

En 1870, su mujer, que había sufrido una enfermedad variolosa, muere de repente cuando se hallaba ya en la convalecencia, y en este tiempo es cuando Garayo mató a la joven M. en el arroyo del Polvorín.

Poco tiempo después contrajo matrimonio con A.L., con la cual vivió en perpetua discordia, empeorándose más y más la situación de su casa, ya que él se ocupaba como podía como simple bracero y ella se daba a menudo a la embriaguez. 
Esta situación duró cinco años, hasta el 1876, durante cuyo periodo asesinó él a A.S. en el término de Labizcarra, a la joven A. en el camino de Gamarra y a M.C. en la Zumaquera.
Tenía Garayo cerca de cincuenta y un años cuando cometió estos dos últimos crímenes.

Garayo era un tipo vulgar y ordinario, de regular estatura, ceñudo y repulsivo aspecto, y vestía como los braceros pobres del campo, boina azul vieja y mugrienta, remendada chaqueta de color oscuro y pantalón de percal.
Su rostro no tenía nada de simpático ni de regular: angosta y corta la frente, estaba marcada en su parte alta, que ceñía el aplastado y desordenado cabello laso entrecanoso, por una profunda cicatriz. Bajo sus pobladas y ceñudas cejas apenas se acertaban a distinguir unos ojos pequeños, profundos, vízco el derecho y constantemente inclinados ambos hacia el suelo; su nariz era larga y abultada en la punta, los pómulos muy marcados y apretados, de tinte moreno tostados, la boca con profundas arrugas o surcos laterales. Su cabeza ofrecía relevantes irregularidades, era ancha en su base de oreja a oreja y más larga en esta línea, que de adelante a atrás; alta y estrecha en su cima semi-calva, mal cubierta por largos y enredados mechones de pelo, con un desarrollo mucho mayor en el parietal derecho que en el izquierdo; casi plana y sin marcada prominencia occipital en la parte del cogote, inclinada constantemente hacia la izquierda y sostenida por un cuello musculoso, oscuro, robusto y ancho.

Esta fisonomía tenía mayor aspecto de imponente repulsión, cuando una vez preso, Garayo se dejó la barba que le cubría hasta la mitad de los pómulos, que rizada, áspera y negra-gris ocultaba sus anchas mandíbulas y que sólo se presentaba simétricamente canosa debajo de los extremos del bigote por ambos lados de la punta.
Su cuerpo mostraba todos los caracteres del hombre dedicado a las rudas faenas del campo, pero en amplio desarrollo. A un pecho fornido, extenso y saliente correspondía una espalda ancha y maciza, y en sus brazos y piernas, notábase la consistencia nutrida y poderosa de los miembros que a una musculatura resistente y elástica, dan vigor unos nervios enérgicos y un ejercicio constante.
Su salud fue siempre excelente; la vida en sus tres primeras cuartas partes metódica y sobria, y su trato y sus costumbres, según el testimonio de los que le conocieron, vulgar, sencilla y sin ningún carácter especial ni tendencias predominantes.

Y con este aspecto repulsivo y nada simpático, y con esa constitución y ese cerebro característico e irregular, llego a los cuarenta y nueve años, es decir, más allá de la época del completo desarrollo físico y fisiológico, sin entrar en la práctica del vicio, sin que hubiera que reprocharle por ninguna falta grave, sin cometer ningún crimen.

Garayo no sabía leer ni escribir, no tenía más educación que la común entre las gentes de su clase, conocía perfectamente su oficio de labrador rutinario y no se elevó nunca, ni podía elevarse en sus aspiraciones intelectuales más allá del corto horizonte en el que había nacido y vivido. Era egoísta, agarrado, escéptico en materia de ilusiones y muy inclinado por su robusta naturaleza a los goces materiales.
Buen esposo y buen padre durante los trece años de su primer matrimonio, cambió bruscamente de carácter, de afecciones y de sentimientos al estallar la discordia y el desarreglo en su casa durante el segundo, y perdió para siempre el afecto a sus hijos y su hogar.
El egoísmo adquirió absoluto desarrollo en su mente y en su corazón, haciéndole indiferente a toda esperanza, y pensando tan solo en acumular con su trabajo algunas sobras que le diesen para vino o placeres carnales.
Una vez en esta desastrosa senda, su perversidad le llevó a cometer los primeros asesinatos, sirviéndole sin duda la impunidad del primero, el aliciente para cometer los siguientes, siempre en la idea de que no sería descubierto.

En 1876 enviudó de nuevo, quedando, al parecer envuelta en el misterio la muerte de esta su tercera esposa , referida así por el mismo Garayo:
“"En la noche del 3 de Abril de 1876, al volver del campo donde estuve trabajando todo el día, desde las cinco de la mañana, al subir a la habitación nuestra, encontré la puerta cerrada, y como al llamar no me contestó nadie, metí la mano por la gatera y saqué la llave que yo mismo dejé allí cuando me marché por la mañana, quedándose mi mujer en la cama, buena y sana. Al entrar en la alcoba, vi que estaba agonizando. Salí asustado y busqué un médico, el cual, al ver que mi mujer no hablaba y que iba a expirar, mandó que viniese un cura y le diera la Unción, que era lo único que podía hacer por ella."

Un mes más tarde, Garayo contrajo matrimonio con una pobre viuda de avanzada edad llamada J.I. Vivió algún tiempo con ella en pasajera paz, pero pronto se vieron interrumpidas por continuas discordias, hondas y mutuas recriminaciones y completo desarreglo doméstico.


¿Tuvo Garayo imitadores?

Durante el periodo de los dos últimos años de la guerra civil y en los dos siguientes, la memoria de los pasados crímenes parecía haberse olvidado bastante, porque no hubo nuevos atentados que lamentar, cuando en el comienzo mismo del año 1878, el día 2 de Enero, se descubrió otro tan horrible y más sangriento que los anteriores. Unos labradores hallaron en el encuentro de los caminos de los pueblos de Mendiola y Castillo, y no lejos de la carretera de Arechavaleta, en las inmediaciones de Vitoria, el cadáver de una mujer de cincuenta y cinco años, vecina de Mendiola y llamada M.R. Había sido asesinada y horriblemente mutilada, tenía grandes heridas en el pecho y en el bajo vientre, con la mayor parte de las vísceras fuera y como arrancadas violentamente. La mano derecha también había sido cortada con brutal energía.

Aquella infeliz madre de familia, había ido en la tarde del año nuevo al pueblo de Arechavaleta a comprar un poco de vino a la taberna, llevando en una cesta bacalao y chocolate. Después que puso el vino en una botella, la colocó también en la cesta, y ya cerca del anochecer, emprendió el camino hacia Olárizu y Mendiola. Poco debió andar cuando fue asaltada por el criminal o criminales que concluyeron con su existencia, porque el arroyo u orilla del camino donde se la encontró no distaba mucho de la carretera que pasaba por Arechavaleta. A su lado se halló la cesta con los objetos obtenidos.

¿Quién fue el autor de aquel crimen horrendo? Garayo, durante la formación de los procesos que se siguieron, lo negó continuamente.

De otras averiguaciones practicadas a la raíz del suceso, nade se pudo deducir.

Al tenerse noticia de este crimen, la opinión pública volvió a recordar con más fuerza que nunca los anteriores delitos y se demostró que aquél misterioso ser, o aquellos hábiles criminales que durante cuatro años habían aterrado al país con sus salvajes asesinatos y violaciones. Vivía o vivían aún.
Produjo esta lógica consecuencia el más profundo terror. La fantasía de las gentes al conocer los detalles del crimen del camino de Mendiola, al saber que el asesino había arrancado las entrañas a su víctima, se fijó en aquellas sabidas y viejas narraciones de ciertos hombre monstruos que brutalmente asesinaban niños y hombres “para sacarles las mantecas y hacer con ellas ciertas composiciones de maravillosa eficacia para combatir la tuberculosis”. 
Y bautizó desde entonces al presunto autor de los crímenes del campo de Vitoria con el nombre de “El Sacamantecas”, pintándolo todo en el mundo de la imaginación a su modo, y asustando las mujeres a los niños nombrándolo así.

Las autoridades buscaban una explicación racional a aquel tremendo misterio, porque ni el más leve indicio, ni la huella más pequeña, pudo nunca guiarles al descubrimiento de los autores.

No se habían acallado ni mucho menos las protestas contra tal hecho y los temores que produjo, cuando, como si la audacia del crimen hubiera llegado a su apogeo, se anunció dos meses después, el 28 de febrero de 1878, que dentro de Vitoria, en una de sus calles más concurridas, aunque retirada y de no muy buena fama, se acababa de cometer otro espantoso crimen, de idénticas formas que el anterior, pero más infame aún si cabe. 
En efecto, hallábase en su casa la niña M.L., de once años de edad, cuando llamó a la puerta de su habitación un hombre viejo, que al responder aquélla le preguntó “si había en la casa algún cuarto vacío”, contestando negativamente la niña, y entonces el viejo, cogiéndola por el cuello la derribó, le impidió que gritara, la violó lentamente y, sacando después una navaja, le causó varias heridas mortales en el vientre.
Pudo gritar la niña al sentir que otra persona se acercaba y entonces el viejo huyó apresuradamente. Al volver la casa la madre de la infeliz criatura, a las siete de la tarde, la encontró en tan terrible estado, y después de haber dado parte del hecho, aún se la pudo trasladar al hospital, donde murió el día 3 de Marzo siguiente.
Dio la desgraciada allí, con todos sus detalles las señas del asesino, el cual había sido visto también en las inmediaciones de la casa por una vecina, y una vez apresado, fue reconocido tres veces por su víctima en el hospital, declarando el viejo que era suya la navaja que había encontrado la justicia, pero negando siempre y rotundamente el haber tomado parte en el crimen.

Se creyó entonces descubierta la tremenda historia del feroz violador y asesino. “El Sacamantecas”, se dijo, ha caído en poder de la justicia, un oscuro y al parecer inofensivo anciano de setenta y cinco años de edad, llamado el A. que vivía ganando algunos cortos jornales.

Sin embargo, las más severas y hábiles pesquisas y tareas de los tribunales no lograron demostrar que hubiese cometido más crímenes que el de la niña M. La sala de la Audiencia de Burgos, reconociéndole autor del hecho, le condenó a veinte años de cadena, pero habiendo interpuesto recurso de casación en el ministerio fiscal, fue admitido por el Supremo Tribunal, anulada la sentencia anterior, y condenado a la pena de muerte, que sufrió en Vitoria el 19 de Mayo de 1880.

Por aquél entonces también apareció en el campo, en el término de N… el cadáver de una joven que había sido víctima de los más infames ultrajes. Se siguió la causa contra J., un pastor en el que recaían vehementes sospechas, y que había sido visto en Vitoria pocos días antes del crimen, desapareciendo después por largo tiempo, pero no pudo obtenerse ningún resultado positivo.

Esta asombrosa repetición de crímenes de idéntica índole y forma, han hecho sospechar que, dada la impunidad y el misterio que rodearon a los primeros, pudo haber algún o algunos malvados imitados y continuadores de los que habían cometido aquéllos, y que tal vez, al amparo del siniestro velo que ocultaba al criminal iniciador, hubo en Vitoria y sus cercanías quienes se atrevieron a consumar y repetir nuevas infamias.
“El Sacamantecas” tuvo indudablemente imitadores.

Fuentes de datos:
*“El Sacamantecas” Ricardo Becerro Bengoa – Revista de España nº 136 – Septiembre de 1891 – Hemeroteca Digital.
*Diario “La Dinastía”- 10-8-1895 – Barcelona.
Imágenes:
*Internet

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