Difícil adivinar lo que pasa por la mente de un asesino. Tendríamos que adentrarnos en su interior para poder comprenderlo...si que es que ésto es posible.

Mercaderes De La Muerte - II

Posted by Oleal Crímenes On miércoles, 1 de septiembre de 2010 0 comentarios

 (Edimburgo en la primera mitad de1800)
La cadena de homicidios

Sin embargo, para que el negocio funcione, han de procurar ante todo eliminar personas cuya desaparición no sea advertida por nadie, y que además, han de matar con una técnica que no despierte las sospechas del “cliente”.
Deciden así asesinar solamente a vagabundos, borrachos, viejos mendigos y deshechos humanos sin nadie en el mundo. La segunda dificultad la resuelven con una técnica particular: asaltando a sus víctimas cuando están borrachas o mientras duermen. Es suficiente taparles la nariz y la boca para provocar su muerte por asfixia: se puede justificar su muerte por un ataque de apoplejía o por el bloqueo de las vías respiratorias.


La primera víctima de Burke y Hare es Abigail Simpson, una vieja que, licenciada de su puesto de fregona, vive de pedir limosna en el mercado de la verdura. Ellos, conociendo su inclinación por el alcohol, la invitan a beber en la taberna de la mujer de Hare. La mujer está feliz y acepta y enseguida se emborracha. Cuando cae al suelo, ambos se cercioran de que nadie les vea, y la arrastran a una habitación del primer piso donde la matan. Burke le sujeta las piernas mientras hare la sofoca.
Al día siguiente el profesor Knox recibe el primero de una larga serie de cadáveres, todos de personas muertas por ataques de apoplejía.

Después de la señora Simpson le toca el turno a otra vagabunda, prima de la mujer de Burke. Luego le toca el turno a dos mendigas, madre e hija, después a una abuela con su nieto.
También estos dos últimos vivían de la caridad: la hija de la mujer había muerto de tuberculosis, y el yerno, padre del niño, era un marinero desaparecido en un naufragio. Ahora la vieja y el niño sobrevivían hurgando en las basuras, consiguiendo de vez en cuando algo caliente de los criados de las casas nobles, y durmiendo donde les pillaba. Burke y Hare los observaban durante unos días y luego deciden que les conviene, pues el doctor Knox debería pagar muy bien el cadáver de un niño.

(Margaret Docherty llegó a Edimburgo en busca de su hijo empleado en el campo. Fue una de las víctimas.)

No tienen dificultades para acercarse a ellos y convencerles para que les sigan a la posada de Hare, fingiendo compasión y prometiéndoles un plato de sopa caliente. La mujer y el niño comen ávidamente la comida que les ofrecen y aceptan de buen grado la propuesta de que pasen la noche en una de las habitaciones libres de la pensión.
Siguiendo una técnica ya probada, esperan a que los dos se hayan dormido. Luego entran en la habitación, pero la vieja, con el ruido de los pasos se despierta. Cuando ve las manos de Hare extenderse hacia su cuello lanza un grito de terror y se levanta rápidamente del lecho. El grito despierta también al niño que corre hacia su abuela gritando auxilio. Los asesinos pierden la cabeza e intentan impedir a toda costa que continúen los gritos. Aún a riesgo de hacerlos pedazo, cogen dos sillas y se lanzan sobre la vieja y el niño, que intentan inútilmente defenderse. Las sillas caen sobre los desdichados con violencia y frecuencia creciente. Continúan golpeando poseídos de una furia salvaje hasta que las víctimas caen literalmente masacradas. Para justificar el estado de los cadáveres, los asesinos declaran al profesor Knox que la vieja y el niño han sido atacados por una carroza. Como de costumbre,
Knox no tiene dudas y les paga veinticinco libras.


 (Mary Patterson, de extraordinaria belleza, fue muerta en Abril de 1828.)

 (Jaime el Loco era muy conocido en la ciudad. fue asesinado en octubre de 1828. Su madre y su hermana lo buscaron infructuosamente tras su desaparición)

Como se ha dicho, no es posible conocer el número exacto de las víctimas de Burke y Hare. Tan solo se sabe que ambos, un poco antes de ser detenidos, habían reunido una discreta suma que es administrada, como fondo común por sus mujeres.

Precisamente es este dinero lo que desencadena los primeros sinsabores en el grupo. Helen Mac Dougal acusa a la mujer de Hare de retener una parte de la caja. Las dos mujeres pelean. Al día siguiente Hare oye proponer a Burke eliminar a la propietaria de la taberna y vender su cadáver.
Las sospechas recíprocas y el miedo conducen a una bronca general, y la banda de disuelve. Burke y Helen se van a vivir a otra fonducha en las afueras de Edimburgo, pero pronto se enteran de que Hare y su mujer han “completado” otro asunto. Temiendo que pueda surgir una peligrosa competencia, vuelven a la pensión y se hace la paz.

Interviene la policía

Hasta este momento la policía de Edimburgo, que, sin embargo da una caza incesante y encarnizada a los “resurreccionistas”, no sospecha ni siquiera de la existencia de una banda de traficantes de cadáveres. Se ha señalado la desaparición de algunas víctimas, pero nadie le ha dado demasiada importancia, pues en el fondo se trataba de chusma. Pero el final de los cuatro está cerca.

Cierto día William Hare pide a un tal Gary, que vive en la pensión con su mujer, que le ceda la habitación por una noche, con la excusa de que vendría a visitarlos una parienta y no tenían habitación para ella.
La solicitud despierta sospechas de Gary por dos razones. La primera es que como conoce la pensión, sabe que en ese momento hay al menos tres habitaciones libres. La segunda es que Hare nunca ha demostrado un excesivo interés por la suerte de sus parientes. Pero no puede negarse a la solicitud: es un cliente e incluso está retrasado unos días en el pago.
En realidad Hare ha alejado al inquilino porque su habitación le sirve para otra eliminación. En efecto, conduce a la estancia a una mendiga alcoholizada y la mata con la ayuda de Burke.
Al día siguiente los dueños de la posada restituyen la habitación a Gary y su mujer y les invitan a participar en una pequeña fiesta “en familia”. Pero durante la cena, algunas frases pronunciadas por los cuatro, completamente borrachos, despiertan las sospechas de Gary. Después de comer, el hombre, que ha quedado solo en la bodega, va a registrar debajo de un montón de heno apilado en un rincón. Levanta la paja y primero aparece un brazo, luego todo el cuerpo de una mujer. Está muerta. Espantado llama a su mujer y luego corre a avisar a un amigo suyo de la policía, el agente Fisher.


El policía no se cree la historia de Gary, pero por escrúpulo profesional acepta seguirlo a la taberna, Cuando llega allí, heno y cadáver han desaparecido. Fisher interroga a Hare pero éste parece caer de las nubes: sí, una mendiga un poco achispada había pasado la noche en la posada, pero por la mañana se había marchado. El agente acepta la versión, pero poco después se encuentra con la mujer de Hare y también la interroga. La mujer no ha tenido tiempo de ponerse de acuerdo con su marido e incurre en la contradicción acerca de un detalle: en efecto declara que la mujer se había ido la noche anterior. Fisher empieza a sospechar. Se aleja de la posada pero regresa al anochecer, cuando todos duermen, y realiza un registro. En el suelo encuentra un montón de paja, lo remueve y descubre, oculto de mala manera, un camisón de dormir manchado de sangre. Ahora el agente empieza a creer que el relato de su amigo Gary es verdadero y comienza investigar.
Ciertos rumores, captados en los ambientes de la mala vida edimburguesa, le inducen a echar una ojeada al cuarto trastero del profesor Knox. Aquí encuentra en un baúl, el cuerpo de una vieja, Gary la reconoce inmediatamente como la parienta de Hare a la que había cedido la habitación.

Burker, Hare, Helen Mac Dougal y Liz Legg son arrestados. Los magistrados se dan cuenta inmediatamente de con quién tienen que vérselas pero el caso se presenta más difícil de lo previsto pues aunque se sospecha que Burke y Hare han matado a muchas personas, la desaparición de los cadáveres hace fallar el principio de la acusación. Nadie puede ser condenado por un crimen si falta el cuerpo del delito. No existe más que un cadáver, el de la vieja encontrado en el sótano de Knox. Así pues, los culpables solo pueden ser juzgados por un solo delito y además no es posible probar la culpabilidad de ambos en el asesinato de la vieja. La declaración de Gary no es suficiente, pues solo prueba que ambos han mentido con respecto al cadáver de la taberna, no que realmente hayan matado a la mujer.


El abogado no tiene elección y tiene que recurrir a la estratagema legal “testigo del rey”, que consiste en convencer a uno de los acusados que testifique contra su cómplice a cambio de la impunidad.
William Hare parece el más maleable y sobre él recae la elección del abogado. Hare no tiene dificultades en traicionar a su cómplice. Su respuesta es de un cinismo tal que el abogado abandona la celda disgustado. La idea de haber tenido que acordar aquel absurdo “arreglo” para conseguir mandar a la horca al menos a uno de los asesinos le atormentará toda la vida.
La triste fama de los “fabricantes de cadáveres” se ha extendido ya por toda Inglaterra y célebres abogados se ofrecen para defender a Burke, pero sus discursos no sirven para nada. Hare levanta su dedo acusador sobre su ex cómplice y proporciona las pruebas de su culpabilidad.

Tras un largo proceso, John William Burke es condenado a muerte. En cambio Helen Mac Dougal es absuelta por insuficiencia de pruebas. William Hare y Liz Legg son puestos en libertad. La mujer morirá poco después, mientras que Hare, obligado a ocultarse bajo nombres falsos para escapar al odio de la gente, vagará como un perro durante el resto de sus días.

El fin de Hare y de Burke

De todas formas la justicia divina no tarda en caer también sobre Hare. Un día, mientras andrajoso y hambriento hurgaba en los montones de basura de uno de los muelles del puerto, buscando algún resto de comida, es reconocido por un grupo de descargadores. A los gritos de éstos acudieron unos marineros entre los cuales estaba uno que había estado embarcado en el mismo velero en el que navegaba el padre del niño muerto con su abuela. Ambos habían naufragado juntos, y sobre una chalupa el otro le había dicho: “Si tienes la suerte
De volver a Edimburgo, júrame que tomarás contigo a mi hijo”. Después, el mar embravecido lo engulló. Pero cuando pudo regresar a Edimburgo fue incapaz de encontrar a la abuela y al niño, y andando por las tabernas y ambientes de mala vida, buscando noticias de ellos, oyó hablar de los fabricantes de cadáveres y de que circulaba el rumor de que entre sus víctimas también estaban la vieja y su nieto. Cuando se celebró el juicio tuvo la certeza de ello.

 (Declaraciones en el Juicio)

Así, cuando oyó los gritos de los descargadores, se convirtió en una fiera e instigó a los demás a que hicieran con él lo mismo que él había hecho con sus víctimas. Se lanzan contra él y lo muelen a patadas y golpes. Llegan los agentes que los separan, pero el hombre está tan malherido que muere en el hospital dos días más tarde.

El 28 de enero de 1829 Jhon William Burke sube a la horca, sin demostrar emoción alguna. Es un hombre tosco y cruel, y muere de la misma forma que había vivido.
Su cadáver permaneció colgado en la horca durante tres días, según una costumbre bastante común en aquella época.

 (El ahorcamiento de Wiliam Burker el 28 de enero de 1929 ante la multitud enfurecida de Edimburgo. Su cadáver fue diccesionado y expuesto públicamente)

El profesor Knox, rodeado de la agresiva hostilidad de sus conciudadanos, se ve obligado a abandonar Edimburgo. Posteriormente, tras haber ejercido durante algunos años en Londres, se retira a Hackney, donde terminará sus días solo y olvidado de todos.

Fuente de Datos: 
*Grandes Enigmas De La Historia

0 comentarios: