Difícil adivinar lo que pasa por la mente de un asesino. Tendríamos que adentrarnos en su interior para poder comprenderlo...si que es que ésto es posible.

Juan Díaz de Garayo "El Sacamantecas" de Vitoria (II)

Posted by Oleal Crímenes On jueves, 20 de enero de 2011 1 comentarios

El día 1 de Noviembre de 1878, hallábase éste en un molino en las cercanías de Vitoria en ocasión de que estaba sola la molinera, ocupada en sus labores de cocina; entró en esta habitación, como solía hacer algunas veces, y después de hablar algunas palabras indiferentes se lanzó sobre aquélla, echándole las manos al cuello para estrangularla. Se enzarzó una desesperada lucha entre ellos, cayendo ambos al suelo, pero con tal fortuna para la molinera, que al dar con una grada que había cerca de la puerta, y al rodar sobre ella, quedó Garayo debajo, soltándola entonces, levantándose del suelo y huyendo ante los gritos de la mujer, a pesar de estar en aquel momento completamente excitado y dispuesto a repetir sus horribles crímenes.

La molinera dio parte a las autoridades, Garayo fue apresado y se le formó el consiguiente proceso. Una vez en la cárcel, el incógnito Sacamantecas tuvo la habilidad suficiente para no dejar entrever en sus declaraciones, en sus palabras ni en sus relaciones, nada que pudiera descubrir que él fue el autor de los otros espantosos delitos, que, en vano, perseguía justicia.
Durante su internamiento en la prisión se mostró grave, reservado, indiferente, sin temor alguno que le privase del apetito ni del sueño. Sufrió la condena de dos meses de prisión que le fue impuesta y salió de ella tan sereno e inofensivo, al parecer dispuesto a trabajar en sus habituales ocupaciones y a continuar su vida oscura y ordinaria.

Los últimos asesinatos

Pasaron cuatro cinco o meses, hasta que el 25 de Agosto de 1879, vagando por las inmediaciones de la ciudad, como a menudo solía hacer, se adelantó por la carretera de Castilla, hasta llegar al término medio del trayecto de los pueblos de Gomecha a Ariñez. Allí encontró a una mendiga anciana a la cual se aproximó, entablando con ella una conversación casual.

Cuando así caminaban entretenidos, Garayo le ofreció una limosna, y mientras la sacaba del bolsillo, se cercioró de que no había nadie por los alrededores. La cogió con fuerza de los brazos y trató de sacarla fuera de la carretera. En la lucha ocasionada con este motivo, cayó la anciana al suelo, dándose en la cabeza un fuerte golpe contra una piedra que le produjo una herida con abundante derrame de sangre. Al lanzarse entonces Garayo sobre ella, le dio la mendiga un terrible puntapié en el bajo vientre, que le hizo caer para atrás, casi sin sentido, aprovechando la mujer para salir huyendo y gritando hacia Vitoria, y él se fue a su casa a disponer los medios necesarios para que la agredida no divulgase el hecho ni se lo persiguiera. Forjó ante su mujer una relación del hecho diciendo que había herido sin querer a la anciana, cuyo nombre y domicilio indicó y le encargó que fuera a verla y la convenciera de no dar paso alguno contra él. Intentó la anciana un juicio de faltas pero tan buena maña se dio Garayo para no verse otra vez ante los tribunales, tan bien supo en esta ocasión como en otras, preparar las circunstancias para quedar ignorado su delito, que la anciana al fin convino en recibir veinte pesetas de indemnización amistosa y se calló.

Mientras estos arreglos se ultimaban y por si acaso la noticia, por algún descuido se divulgaba, marchó Garayo a Vizcaya a buscar trabajo en las minas de Somorrostro. Cuando la mendiga convino definitivamente en conformarse, y cuando, según él, todo peligro de denuncia había desaparecido, tomó de nuevo el camino de Vitoria por la carretera de Amurrio, Altuve y Murguía.

El día 7 de Septiembre almorzó en esta villa, tomando un par de huevos y un cuartillo de vino, y emprendió su camino hacia Vitoria a las once y media de la mañana.
Al poco tiempo distinguió en la carretera a una mujer que caminaba delante de él y en la misma dirección. Aceleró el paso, la alcanzó, la saludó y le preguntó de donde era, si era casada y si había estado en Vitoria alguna vez. La interpelada era una joven de veinticinco años, alta, agraciada y robusta, llamada D.C., natural del pueblo de Záitegui. Contestó ella que era soltera y que había estado algún tiempo sirviendo en la ciudad. Siguieron ambos hablando algún tiempo y al llegar a un lugar solitario del camino, en la cuesta de Záitegui, Garayo se detuvo un momento, dejó avanzar a D., la cogió por ambos brazos sujetándola fuertemente, la abrazó y arrastró por una senda inmediata hasta un lugar retirado, y atándola al cuello un pañuelo que la joven llevaba, la oprimió con violencia después de derribarla, mientras le exponía con ansia sus infames deseos, ofreciéndole dinero, prometiéndole absoluta reserva y amenazándola furiosamente después. La joven se resistía haciendo desesperados esfuerzos por desasirse de él, y es entonces cuando Garayo saca una navaja y le infringe graves heridas en el pecho, tratando de violarla en su agonía. Una vez la hubo violado, la remató causándole nuevas heridas en el vientre.

Después Garayo cogió la cesta en que D. llevaba un poco de aguardiente, arroz y almidón para su casa y la ocultó en unos espinos. La joven y su asesino no habían encontrado en el camino, mientras anduvieron juntos, más que a un muchacho peatón, conductor interino de la correspondencia, que solo se fijó en ellos de paso.

Cometido el crimen tomó la dirección del monte inmediato, anduvo por él algún tiempo y se sentó en unas matas a fumar un cigarro; en esta situación le halló un vecino de una de aquellas aldeas, que iba por el monte buscando una vaca, quien se sentó a su lado, conversando ambos un buen rato. Siguió después Garayo por el monte, volviendo a la carretera de Vitoria cerca de la venta del Grillo, en la cual, a las cuatro de la tarde bebió un vaso de vino, cruzando algunas palabras con un aldeano que allí se encontraban, y descansando bastante tiempo. Adelantó por último, ya cerca del anochecer hasta los puentes de Arriaga inmediatos al río Zadorra, y debajo de uno de ellos se refugió y pasó la noche.

Durmió tranquilamente en aquel solitario y escondido lugar, y en las primeras horas del día ocho adelantó hasta el pueblo de Arriaga, tomando en su taberna un poco de pan y de aguardiente. Era lo natural que siguiese después el camino comprendido, y que entrara en la ciudad, pero el horror de su nuevo crimen debía traerle trastornado entre el temor y la ansiedad, y súbitamente cambió de rumbo, volvió hacia el puente de Arriaga y separándose de la carretera subió por la asperezas del alto de Araca. Se desconoce lo que pudiera hacer en el alto durante toda la mañana, aunque es muy probable que entre el miedo a ser apresado y sus deseos carnales, buscara una nueva víctima.

La ocasión se le presentó cuando una pobre anciana llegó a tomar aquella dirección, siguiendo el solitario sendero que desde la carretera de Murguía atravesaba el monte pasando por los caseríos de Araca con dirección a varias aldeas, y entre ellas la de Nafarrete. La mujer, llamada M.A, era una labradora vecina de este pueblo, de 52 años de edad, que había venido seis días antes a Vitoria a pasar las ferias, y que volvía a su casa con una cesta sobre la cabeza, y en la que llevaba varios efectos, entre ellos un panecillo francés y atún en escabeche. Garayo salió a su encuentro como si lo hiciera por casualidad, la saludó, y caminó a su lado algunos pasos.
Empezó a llover entonces y ambos se refugiaron y sentaron debajo de un árbol del camino. Preguntó M. a Garayo la causa de encontrarse en aquel sitio y éste respondió que buscaba una yegua que se le había escapado, añadiendo M. que ella no la había visto en su camino desde la carretera. Garayo se decidió a manifestarle sus lúbricos deseos y ella ofendida se negó y se levantó dispuesta a separarse de aquel hombre. Entonces Garayo abalanzándose a la labradora, le arrancó el delantal enrollado, que le había servido de rodana para sostener la cesta en la cabeza, se lo echó al cuello, hizo un nudo y apretó hasta dejarla casi estrangulada. En esta disposición la arrastró hasta un árbol inmediato, y la despojó de todas sus ropas para abusar de ella y satisfacer sus deseos, aunque sin poder lograrlo. Respiraba aún la mujer, y para dejarla completamente rematada, sacó la pequeña navaja de que se había servido el día anterior para matar a D. y le dio con ella una puñalada en el corazón y otra en el vientre, concluyendo por abrirla de abajo arriba en la tercera. Después introdujo sus manos por la abertura del vientre, sacó fuera los intestinos y arrancó a la víctima un riñón, que arrojó próximo a la cesta.

El porqué de este horrible acto lo explicó Garayo cuando más adelante se le interrogó diferentes veces acerca del móvil que le inducía a ejecutar tan sangrientos y repugnantes excesos: “Porque decían que era “El Sacamantecas” el que hacía estas cosas, y para que así lo creyeran y nadie pensara en mí”.

Después del salvaje asesinato se limpió las manos con las ropas de su víctima, cubrió el cadáver con ellas, y sin que tan tremenda y espantosa acción le quitase el apetito, abrió la cesta, se comió el panecillo y un poco del escabeche.

Consumada la carnicería, volvió a su guarida, refugiándose en el puente seco, donde había dormido la noche anterior.

En la mañana del día nueve, muy temprano, se lavó en la orilla del río Zadorra, arrojó desde el puente la navaja al gua y entró en Vitoria no deteniéndose en su casa más que el tiempo necesario para descansar y mudarse de ropa, y sin hablar apenas con su mujer, volvió a salir de la ciudad, dirigiéndose a la villa de Alegría.

En este día tuvo noticia el Juzgado de primera instancia de Vitoria de la aparición del cadáver de la infeliz D. en el sitio denominado Carboneras de Ordumbre, inmediato a cuesta de Yurdin, término de Záitegui, y mientras se instruían en aquel sitio las primeras diligencias y averiguaciones, se denunció la existencia de otro cadáver, el de la desgraciada M, que apareció en Araca y a cuyo levantamiento acudió el Juez municipal de Vitoria, ya que el del partido se hallaba ocupado en la información anterior.

La preocupación fue colosal. Todo perdió su interés ante estos sucesos e inmediatamente se recordaron los crímenes de idéntica índole cometidos desde 1870, y con gran impotencia se comprobó que el anciano criminal acusado de aquellos crímenes, y que se encontraba preso en Vitoria, no era ni mucho menos El Sacamantecas. Este apodo bullía en todos los labios, imponía a todos, y bien pronto corrió y se afamó en las provincias inmediatas, en España entera y se transmitió en alas de la prensa al resto del mundo.

Mientras tanto Garayo llegó a la villa de Alegría y se ajustó a servir por toda la época de la sementera en casa de un labrador.

Mientras hacía el trato con éste, una niña de corta edad, hija de la casa, miraba con atención al nuevo criado, y cuando Garayo salió de la habitación, dirigiéndose la niña a su padre exclamó sobrecogida:

“¡Ay padre!, que criado más feo ha tomado usted… ¡Si parece el Sacamantecas!”

El cabo comandante del puesto de la guardia civil de Murguía, al hacer las primeras indagaciones para el descubrimiento del autor de la muerte de D., oyó la declaración del joven conductor de la correspondencia, y de los detalles dados por éste y por los aldeanos, que respectivamente le vieron después en el monte y en la venta del Grillo, recordando el aguacil del ayuntamiento de Vitoria que dichos detalles convenían con los que referían a Juan Garayo, y que éste había sido apresado y castigado en aquel mismo año por el atentado que intento cometer en la persona de la molinera, dedujo que tal vez podría haber una cierta relación entre este suceso y los últimos crímenes, y que también fuese Garayo mismo el sospechoso personaje de Yardin y de Araca. Sabía además, por habérselo oído a la interesada, que Garayo era el autor del conato de violencia cometido en la mendiga anciana en el camino de Gomeche, y con estos datos, hizo al señor Juez de primera instancia una relación razonada de sus sospechas.

Ordenó en consecuencia que se buscase a Garayo y se le condujera a la cárcel. Acudieron a la casa de Garayo, en la que solo encontraron a su mujer, respondiendo ésta al saber el motivo que allí los llevaba, que ignoraba el paradero de su marido, porque a consecuencia de haber herido a una mujer, salió de Vitoria, mientras se arreglaba el modo de que la mujer callara, mediante una indemnización para evitar el verse preso como antes; que no sabía qué habría sido de él después, y que ella misma se lamentaba siempre de que su marido se metiera en cuestiones con nadie, sin explicarse por qué había herido a aquella mujer.

El aguacil se aseguró más en sus sospechas y continuó indagando sin cesar el paradero de Garayo. Este continuaba en Alegría, y tal vez creyendo que el clamoreo de los crímenes había cesado, que se habrían olvidado y que la justicia sería impotente, como tantas otras veces para descubrirle, se decidió a volver a Vitoria, a mudarse la ropa, haciéndolo en efecto el día 21 de Septiembre, trece después de haber cometido sus últimos crímenes.

Muy tranquilo caminaba por una de las calles más céntricas y concurridas de la ciudad, cuando llegó también a ella el Sr. Pinedo, el aguacil, quien conociéndole inmediatamente, se lanzó a él y lo detuvo en medio de la estupefacción y curiosidad general del público, que oyó entonces de boca del alguacil, que aquel hombre, Zurrumbón, era “El Sacamantecas”.

Se le condujo a la cárcel de orden del señor Juez, quien con toda la habilidad que el caso requería empezó a instruir el proceso y a interrogar u explorar al presunto reo. Evitó Garayo con gran perspicacia toda respuesta que pudiera comprometerle, a pesar de cuantas pruebas se le ofrecieron, e insistió constantemente en sus negativas y en su bien estudiado papel. El señor Juez se convenció bien pronto de que Garayo era en efecto un gran criminal, pero las aferradas negaciones de éste imposibilitaban en gran parte el esclarecimiento de la verdad y la marcha del proceso.

Por espacio de diez o doce días Garayo insistió en sus absolutas negativas, y solo cuando el señor alcaide le llegó a hablar con decisión del bien de su alma, comenzó a declarar sus espantosos hechos, relatando minuciosamente uno por uno todos los que había cometido y como había torturado y violado a sus pobres víctimas.

Diez médicos forenses, estuvieron de acuerdo en que en Garayo no había el más mínimo ápice de locura, sino que por el contrario era un hombre capaz de decidir y de actuar con total libertad.

El 11 de Noviembre de ese mismo año, fueron leídas y publicadas las sentencias en las cuales se condenaba a Juan Díaz de Garayo (Zurrambón), a la pena de muerte en garrote, y a las indemnizaciones y pagos consiguientes.

El Sacamantecas se mostró en este terrible acto tan sereno, tan entero y tan extraordinario como cuando cometía sus infames hechos. Oyó impasible la sentencia de muerte y dijo a los escribanos que no sabiendo escribir no podría firmarlas, y que lo hicieran a su ruego los señores procuradores, como así lo hicieron.

Al retirarse estos señores y al cerrar la puerta de la celda el llavero, llamó a éste y le manifestó que deseaba pedirle un favor; que siendo día de mercado y teniendo de seguro preparada comidas en las casas de la inmediata Plaza del Mercado para los que acuden a comprar y vender, le agradecería muchísimo que mandaran traer para él un buen plato de carne en guisado. El llavero, asombrado de aquella inesperada pretensión, en tan terribles momentos, y recordando que a las once de la mañana había tomado Garayo su rancho diario, y que comió con extraordinario apetito, dio cuenta al alcaide de tan especial empeño, sorprendiéndose éste también de que en tan críticas circunstancias capaces de abatir al hombre más insensible, diese Garayo tales pruebas de despreocupación, y mandó en efecto traer un plato de carne guisada, que el reo comió con ansia y complacencia, consumiéndolo completamente.

(Garrote Vil en que murió Garayo)

Garayo de ordinario, comía y dormía perfectamente durante el proceso, antes y después de la sentencia, y fue siempre su trato comedido y respetuoso para los empleados y para cuantos le visitaron.

Los detalles del proceso y las confesiones particulares de Garayo, demostraron que en medio de tan tristísimo estado de alarma, trabajaba como de costumbre en Vitoria, y que comía, bebía y dormía bien, sin preocupación alguna y sin que nadie se fijara en él para nada.

El día 11 de Mayo de 1881, llegó desde Burgos a Vitoria el verdugo más famoso de la época, Gregorio Mayoral. En el Polvorín viejo de Vitoria, se cubrió la cabeza de Garayo con un capuchón negro, y fue sentado en el garrote vil. El verdugo comenzó a girar el torno hasta romper las vértebras cervicales del Sacamantecas y murió asfixiado.

Su cadáver se expuso públicamente para que fuera visto por todos aquellos vecinos que deseaban verlo muerto, y fue enterrado en una fosa común del cementerio de Santa Isabel en Vitoria....


Fuentes de datos: 
*“El Sacamantecas” Ricardo Becerro Bengoa – Revista de España nº 136 – Septiembre de 1891 – Hemeroteca Digital.
*Diario  “La Dinastía”- 10-8-1895 – Barcelona.
Imágenes:
*Internet

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Terrorífico. Que miedo.