Difícil adivinar lo que pasa por la mente de un asesino. Tendríamos que adentrarnos en su interior para poder comprenderlo...si que es que ésto es posible.
Mostrando entradas con la etiqueta Envenenadoras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Envenenadoras. Mostrar todas las entradas

La Envenenadora Pilar Prades Santamaría

Posted by Anónimo On miércoles, 6 de abril de 2011 5 comentarios

Pilar Prades Santamaría nació en el Bejís, municipio de Castellón de la Plana, en 1928. Hija de un matrimonio humilde, que había tenido cuatro hijos y una hija, la oveja negra fue Pilar. Como tantas otras jóvenes de la época, a los 12 años se traslada a Valencia para servir. Analfabeta y con carácter introvertido, cambia varias veces de casa hasta que en 1954 se empleó en la de la familia Villanova-Pascual, dueños de una chacinería. Al poco tiempo de entrar a trabajar, demostró un cariño exagerado por la señora.
Doña Adela Pascual tomaba con frecuencia agua de Vichy e infusiones de boldo, debido a ciertas molestias de hígado que tenía. Esto le vino de perlas a Pilar, que ponía mucho interés en que la señora tuviera siempre a mano una tisana. A pesar de tan “excelentes cuidados”, doña Adela iba empeorando por días, pero no tanto como para presagiar su fallecimiento.
Murió en mayo de 1955 después de una terrible agonía. Los médicos diagnosticaron “colapso de pancreatitis hemorrágica”.
A los pocos días Pilar fue despedida por el viudo.

Pero se ve que en aquellos años no era difícil encontrar empleo como sirvienta, ya que se fue derecha a un mercado y allí la recomendaron para el que sería su segundo empleo como sirvienta. De esa forma entra a trabajar en casa de la familia Alpere-Greus. Desde el primer momento se gana la confianza de los señores, que la tienen por trabajadora, atenta y cariñosa. Los jueves, día de salida, los emplea en ir a bailar o en visitar a la tía de un antiguo novio con el que se iba a casar, pero que no lo hizo porque él tenía cuatro años menos que ella y, en el último momento, prefirió a otra más joven.
Cuando en el baile lograba a algún muchacho, le contaba una historia triste sobre sus ancianos padres, a los que no podía ir a verlos al pueblo, a pesar de estar enfermos, por no disponer del dinero para el billete de autocar. Más de uno “picó” y dio lo poco que tenía, dinero que ella guardaba hasta conseguir comprar alguna sábana o mantelería para el ajuar. Siempre soñó con casarse.

No había pasado mucho tiempo en su nuevo empleo cuando a la señora le salieron unas manchas extrañas en los brazos. Cosa lógica si se tiene en cuenta que otro de los síntomas del envenenamiento por arsénico consiste en una pigmentación negruzca en la piel, en zonas descubiertas y en zonas de roce.
La señora se hizo reconocer por un médico de su familia y le diagnosticaron alergia.

Pilar se despide de esta familia y entra a trabajar en casa de don Manuel Berenguer, prestigioso médico militar.

Hay que reconocer que Pilar le echaba cada vez más valor, se lanzaba sin paracaídas. Tenía tanta confianza en sí misma que no le importaba meterse en la boca del lobo. No le asustaba la idea de que un médico se diera cuenta de sus aficiones.
Entró en esa casa recomendada por una amiga que prestaba allí sus servicios, Aurelia Sanz, y había conocido a Pilar en las salidas de los jueves, que ambas aprovechaban para pasear.
Las dos amigas trabajan juntas y se llevan bien, hasta que ambas se fijaron en el mismo joven, que prefirió a Aurelia. Los celos, por parte de Pilar, hacen su aparición; pero no unos celos normales sino provenientes de otra pasión: la envidia.
Aurelio cayó enferma, aparentemente de la gripe, pero la enfermedad se complicó con vómitos, diarreas, hinchazón de extremidades unidos a dolores quemantes en las manos y pies. Se le diagnosticó “polineuritis progresiva de origen desconocido”. La internaron en un hospital y eso le salvó la vida, aunque quedó paralítica con atrofia de pies y manos.

Al poco tiempo cayó enferma doña Carmen Cid, esposa del doctor Berenguer. También al principio pareció gripe, complicada con vómitos, dificultad para ingerir los alimentos y sed intenta que permitía a Pilar darle líquidos a los que añadía el veneno.
Poco a poco los síntomas se complicaron hasta igualar a los de Aurelia. Mientras tanto, Pilar estaba pendiente de ella, mostrándose cada vez más solícita y empleando siempre el mismo veneno: el matahormigas Diluvio, cuyo envase presentaba una calavera con dos tibias cruzadas y, debajo, la palabra veneno, bien visible. Como es lógico, ese frasquito lo tenía a buen recaudo.
El doctor Berenguer empezó a sospechar y decidió hacer la prueba del propatiol para detectar tóxicos. El resultado fue definitivo: arsénico.
El veneno lo ponía pilar todos los días en el desayuno, ya que era el único momento en que la señora comía sola, sin el resto de la familia.
Al ver confirmadas sus sospechas, el médico como primera medida despidió a Pilar, para luego ponerse en contacto con el chacinero Villanova. Después de intercambiar impresiones con él, presentó la denuncia en la comisaría de Policía.
Pilar fue detenida y confesó usar matarratas y matahormigas para envenenar a sus víctimas. Declaró que en el caso de Adela Pascual, lo que pretendía era hacerse dueña de la casa.
Exhumaron a doña Adela, la mujer del chacinero, y analizando sus vísceras se evidenció la presencia de arsénico; el hígado y los riñones presentaban cambios degenerativos.
Pilar Prades fue condenada a la pena de muerte por el primer delito, y a veinte años por cada uno de los otros dos. Recurrió a la sentencia, pero el Tribunal Supremo rechazó el recurso.


Aislada en la celda de condena a muerte, pensó siempre en el indulto. Durante su internamiento estuvo siempre bien atendida por el personal de la prisión. Salía a pasear por la mañana y por la tarde, acompañada de una celadora. Incluso, los días buenos y soleados, comía al aire libre.
Existen fotografías de la época muestran a una Pilar aparentemente relajada y feliz en compañía de funcionarias con las que, al parecer, se llevaba muy bien.
Pilar, de apariencia frágil, con su poco más de metro y medio de estatura y una cara de rasgos suaves, miraba a la cámara como si aquello no fuera con ella.

La víspera de la ejecución, y con la tranquilidad que le daba el creer firmemente en el indulto, hacía ganchillo. Junto a ella, una amiga, antigua reclusa y en esa fecha en libertad, quiso acompañarla en esos duros momentos.
El verdugo, Antonio López Guerra, llegó esa noche pasada las diez. Cenó y se dispuso a esperar si se procedía o no a la ejecución. A las seis de la mañana seguía la espera.
Todos estaban ya reunidos: el presidente de la Audiencia, el abogado, fiscal, administrador. A este último, dado su nerviosismo, se lo tuvieron que llevar. El indulto no llegaba y comenzaron a perder los nervios; se fueron marchando todos entre sollozos, de modo que cuando se ordenó la ejecución únicamente estaban en el patio de la prisión la Guardia Civil, el sacerdote, y los indispensables Pilar Prades y el ejecutor de sentencias.
En el último momento, al ver el patíbulo preparado para la ejecución, Pilar perdió la serenidad y pedía compasión y clemencia.

Pilar Prades fue la última mujer condenada a garrote vil. La sentencia se cumplió el 19 de mayo de 1959.


Para estudiar un crimen hay que estudiar al criminal. Por la forma de actuarse desprendía que Pilar poseía un egocentrismo afectivo dominado por la envidia y los celos. Quiso acaparar para sí la atención y el cariño de los demás. Envenenó a Adela Pascual para hacerse dueña y señora de la casa y del negocio. Por eso nada más volver del entierro se puso al frente de la chacinería.
Una de las características del egocéntrico es la ambición marcada y el deseo desmesurado de trepar.
Intentó matar a Aurelia por la envidia y los celos porque no pudo soportar que el joven prefiriera a la otra.
Una de las características del que delinque por culpa de los celos es la actitud tranquila, su acto le parece lógico y ético. En Pilar no dejó huella alguna de remordimiento, al pensar que se había ganado con creces esa satisfacción.
También se destaca en ella una labilidad impulsiva y a la vez fluctuante, que le impide pensar en las consecuencias de sus actos; tiende a contemplar la pena o el castigo como algo lejano e improbable. Por eso cuando algo fallaba no se paraba, sino que elaboraba otro plan que ejecutaba rápidamente. Todo ello la hizo inintimidable.
Su agresividad era continuada, constante, fría, lúcida, metódica y, como se pudo comprobar, peligrosísima.
No se conmovía por el sufrimiento ajeno, a pesar de ver y comprobar los síntomas terribles que producía el arsénico. Le era indiferente ver sufrir a las víctimas y a sus familiares.

Este suceso lo tituló la prensa como “La envenenadora de Valencia”, levantando las protestas de algunos valencianos que aclaraban que era de un pueblo de Castellón de la Plana. Nadie la quería como paisana.

Fuente de datos:
*”Envenenadoras” – Marisol Donis – La esfera de los libros
*Hemeroteca ABC

Violette Nozières

Posted by Anónimo On miércoles, 3 de noviembre de 2010 6 comentarios

 (Violette Nozières despues de ser interrogada por el juez)

El espantoso crimen cometido por la envenenadora Violette Nozières, despertó la indignación de toda Francia, país de la envenenadora, y sobresaltó sobremanera a la opinión pública. 

Aparecían en este crimen elementos tan extraordinarios que alcanzaron en horror todo lo que los trágicos antiguos pudieron imaginar en sus dramas inmortales: los pocos años de la criminal, que ni siquiera había alcanzado la mayoría de edad a los ojos del Código Civil, aunque sí respecto del Penal: su sexo femenino, la fría tranquilidad con que preparó el doble parricidio, el mimo y cariño de que la rodeaban esos padres que ella pensaba matar, la cautela con que procedió después de cometido el crimen, enviando una carta a sus padres, que creía muertos, para lanzar a la Policía sobre la pista del suicidio, y, por encima de todo, el sagrado horror en que se hallaba poseída una madre, colocada por las terribles exigencias del juez instructor en presencia de la hija miserable que acababa de matar a su padre.

El drama comienza un lunes 21 de agosto de 1.933, cuando se descubre en una casa de la calle de Madagascar, cerca de la Puerta de Charenton, en la extremidad sur de Paris, una doble tentativa de suicidio. El hombre, el marido, ya había muerto; la mujer estaba moribunda.

 (La calle de Madagascar donde Violette vivía con sus padres)

Las cañerías del gas abiertas daban suponer que se trataba de una muerte voluntaria. Pero la hija, que vivía con el matrimonio, había desaparecido de repente. Nacieron entonces las primeras sospechas. Se decide por la autoridad la autopsia del cadáver, mientras la madre, milagrosamente salvada, descubre que la han robado. En el laboratorio no tarda en tenerse la prueba de que la muerte es debida a haber ingerido una fuerte dosis de un somnífero: la madre habla y dice:

“Durante todo el día del lunes no se ha separado de nosotros nuestras hija Violette; ha salido solamente para ir a buscar los tres sellos que su padre y yo hemos tomado contra la jaqueca.”

Durante ocho días millares de policías buscan a Violette Nozières por todo el país, hasta que una denuncia de haberla visto la entrega a la justicia y ella confiesa el crimen. Pero en cambio niega el haber querido dar muerte a su madre:

“Por eso di a mi padre la dosis más fuerte: trituré cuarenta pastillas de somenal para él y sólo di seis a mi madre.”

La criminal cuenta el drama con una serenidad pasmosa: mientras sus padres se retorcían en el suelo, tratando de reunirse, ella, sin apiadarse de sus gemidos los desvalijaba; robaba dos billetes de mil francos guardados en un cajón; se inclinaba sobre su madre medio muerta, y de su misma cintura recoge una bolsa que contenía otros mil francos. Y, finalmente, después de cubrir las puertas con unas cortinas para que la asfixia fuera inevitable, desaparece de la casa y no se acuerda de sus padres hasta el día siguiente, para representar una comedia atroz, para llegar a llorar sobre sus cadáveres unas lágrimas hipócritas, con la convicción de que así nada se opondría ya a que ella entrara en posesión de la herencia de sus víctimas, los ciento sesenta y cinco mil francos que eran su fortuna.

Porque Violette Nozières no era una criminal vulgar salida de las bajas capas sociales; sus padres pertenecían a esa pequeña burguesía trabajadora y previsora, que era tan numerosa en Francia. Había recibido una educación esmerada; no hacía mucho seguía los cursos del Instituto Fenelón, mezclada con las hijas de ricos y adinerados burgueses. Su padre tenía un buen empleo en una gran Compañía Ferroviaria.

Cuando volvió a su casa al día siguiente, la visión de su madre, viva aún, y sobre todo, la presencia de los policías, le inspiraron un pánico indecible, y es entonces cuando desaparece.

 (La parricida la tarde de su detención)

Ese fue el drama en su horrible sencillez. Mientras la parricida comenzaba su expiación en un calabozo de la cárcel de la Petite Roquette esperando el fallo del Tribunal llamado al juzgarla, su madre, una de las víctimas de la tragedia vivía los tristes días entre el recuerdo de su marido muerto y la imagen de su hija envenenadora.

 (La prisión de La Requette donde fue encarcelada)

  (La madre de Violette abandona el hospital después de recuperarse del envenenamiento)

Apenas salida del hospital, la infortunada mujer quiso ir a rezar sobre la tumba de su marido, que había sido llevado a su pueblo natal de Neuvy sur Loire.

 (La madre de la parricida visita, al salir del hospital, el pueblo de Neavy sur Loire, donde esté enterrado su marido)

Mujer delgada, más bien alta, de rasgos finos, mostraba la expresión de una anciana destrozada por los sufrimientos, y pasó a refugiarse en casa de unos cuñados, aquejada de una gran depresión moral. Increíblemente, en un futuro mostraría una gran energía siendo su única meta el deseo de que su marido fuera vengado. Con gran entereza resistió la patética escena del careo con su hija que, para explicar su acto monstruoso lanzó graves acusaciones contra el padre muerto por sus manos.
Las acusaciones que lanzaba Violette sobrecogieron a la opinión pública.
Según contó, sufrió abusos sexuales por parte de su padre desde los doce años, y su madre, conocedora de los mismos hacía caso omiso de ellos cerrando los ojos a la situación.

Aquella escena, según han confesado quienes asistieron a ella, fue algo tan trágico que no se recordaba cosa parecida en los anales de la Justicia. Al verse en presencia de su hija, que después de su doble crimen osaba aún lanzar sobre la memoria de su víctima turbias calumnias, la madre, a pesar de su extrema debilidad, tuvo fuerzas para reprochar a la culpable su acción pidiéndole que se matara ella también.
La terrible imprecación resonó en el auditorio, sobrecogido de espanto. La acusada rompió en sollozos y arrancándose de los brazos que la sujetaban se arrojó a los pies de su madre suplicando:

- “¡Mamá! ¡Te lo suplico! ¡Perdóname!
A lo que la madre respondió:
- ¡Jamás!

 (La abuela de violette besa el ataud con los restos de su yerno)

Violette había nacido a las cuatro de la tarde del día 11 de enero 1915 en Neuvy-sur-Loire (Nièvre) única hija del matrimonio compuesto por Bautista Nozières, mecánico del ferroviario Paris-Lyón-Mediterráneo, y de Germaine, Hezard , ambos divorciados y casados en segundas nupcias en 1914.
En el pueblo donde había pasado Violette sus primeros años, se recordaba las numerosas escapadas de la joven, que ya a los quince años lograba escabullirse de la casa de sus padres apenas cerraba la noche, para no volver hasta el día siguiente. También se hablaba de su conducta el último verano, en que llamó la atención por su modo de vestir y su manera de ser. D
esde pequeña había causado preocupaciones a sus padres. Por su mala conducta la echaron de un colegio, y más tarde, pasaba el día entero en el barrio Latino, donde re relacionaba con pésimas amistades.

También se especulaba con la posibilidad de que Violette debía haber tenido un cómplice, que era buscado activamente, aunque ella insistía en afirmar que nadie la había ayudado.
Se creía, según algunas fuentes, que Violette mantenía relaciones con un joven que la dominaba y al que ella mantenía. La joven intentaría así acabar con la vida de sus padres para hacerse con la herencia familiar y comenzar una vida austera junto a su amante.

 (Fotografía policial de Violette)

Hacía cincuenta años que en Francia no se había guillotinado más que a una sola mujer, porque los Tribunales franceses procuraban evitar el suplicio a las mujeres, sin embargo Violette fue condenada a la pena de muerte el 13 de octubre de 1934. Sin embargo esta pena le fue conmutada por el de cadena perpetua el 25 de diciembre de 1934.

 (Grupo de testigos llamados a declarar en el juicio)

Su conducta ejemplar hizo que su condena se redujera a 12 años de trabajos forzados y fue puesta en libertad el 18 de agosto de 1945.

Posteriormente se casó y consiguió el perdón de su madre, muriendo el 26 de noviembre de 1966, aquejada de un cáncer de huesos.

La Envenenadora Carmen Martínez

Posted by Anónimo On viernes, 30 de julio de 2010 0 comentarios

(Foto de Interner - Sin datos)

Felipe Conesa era un empresario propietario de una fábrica de sombreros que gozaba de una saneada economía a finales del siglo XIX, residentes en el barrio de Torreto, en Zaragoza. El y su mujer Carmen Martínez se entregaban por completo al negocio y junto con su hija de doce años de edad, formaban una pareja feliz.
El trabajo no faltaba y el negocio iba en alza, gracias también a la colaboración de Antonio Aragonés, de treinta años de edad, soltero, al que mantenían como encargado de la fábrica, y gracias también al buen hacer de Antonio, Felipe podía permitirse un respiro cada tarde y acudir a una tertulia entre amigos, en un horno cercano a su domicilio.

 (Zaragoza a finales del siglo XIX - Imagen de Aquí)

El día 30 de diciembre de 1890, ya a última hora de la tarde, Felipe Conesa salió de su casa como cada tarde, camino del Horno de Pan. La calle estaba desierta debido al fuerte y frío viento que soplaba esa tarde noche. Ni una mísera luz de gas la iluminaba aparecía oscura como la boca de un lobo. Minutos después su mujer y su hija oyen gritos, se asoman a la ventana alarmadas a ver lo que sucede pero no consiguen ver nada debido a la oscuridad. Provistas de un quinqué bajan a la calle y se encuentran con el cuerpo ensangrentado de Conesa. Ambas comienzan a gritar pidiendo auxilio a los que acude gran cantidad de gente entre vecinos y guardias quienes comprueban que Felipe Conesa ya está muerto como consecuencia de haber recibido en su cuerpo once puñaladas. Del agresor o agresores no hay ni rastro.

Desde el mismo instante todos sospechaban de Antonio Aragonés, pues todos los comentarios apuntaban a que era el amante de Carmen Martínez. Fue detenido e ingresado en prisión declarándolo todo.

Unos años antes Antonio y Carmen comenzaron una relación sentimental tan intensa que los llevó a planear el asesinato de Conesa. Fue Antonio quien toma la iniciativa y contacta con María Borborio, antigua amante suya de cincuenta y cinco años, mujer alcahueta y que además se dedicaba a componer y proporcionar polvos y pócimas venenosas a quien quisiera deshacerse de alguien que le molestara. 
A Antonio le suministró un sobre con una mezcla de cantáridas y arcillas, asegurándole que era un veneno de gran eficacia. Carmen sería la encargada de mezclarlo en las comidas y bebidas de Felipe, pero después de varias dosis, el único resultado que obtuvo fue una ligera indisposición de la víctima y que orinara un extraño líquido de color rojo. El reo parecía no estar dispuesto a morirse.

Decide entonces la pareja ir a pedir explicaciones a la Borborio y le exigen un nuevo veneno eficaz, obteniendo de ella la promesa de que en esta ocasión no habría fallos.
Cuando la pareja se hubo marchado, María Borborio reclama la presencia de Mariano Ballado y Demetrio Alonso, ofreciéndole a los mismos cuarenta duros por asesinar a Felipe Conesa. Entre todos trazan un plan y lo llevan a cabo el referido 30 de diciembre y consumando el crimen.

 
El crimen tuvo gran repercusión en toda Zaragoza, presente en la entrada de los inculpados en los juzgados: los cinco aparecen custodiados. Carmen, de treinta y tres años, vestida con falda, mantón y mantilla negra. Antonio con traje y corbata, María de negro y marrón. Todos en sus declaraciones niegan tener relación alguna, y Antonio y Carmen niegan sus amores.
Pero de nada les sirvió estas negaciones: Todos fueron condenados a muerte.

Fuente de datos:
Envenenadoras – La crónica negra de los 40 casos más célebres cometidos por mujeres en España – Marisol Donis.