Difícil adivinar lo que pasa por la mente de un asesino. Tendríamos que adentrarnos en su interior para poder comprenderlo...si que es que ésto es posible.
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Lizzie Borden (II)

Posted by Anónimo On sábado, 8 de octubre de 2011 0 comentarios


Miembros del Jurado

El Juicio
El juicio comienza en New Bedford el 5 de junio de 1893. La acusación corre a cargo del fiscal del distrito, Hosea Knowlton, el mismo que dirigió las investigaciones, mientras que la defensa está encomendada a George C. Robinson, rey de la abogacía local y ex gobernador de Massachussetts. En la presidencia del Tribunal toman asiento el presidente Albert Mason y los jueces auxiliares. A la derecha se encuentran los doce jurados, y en el fondo de la sala, detrás del público,  se aglomeran unos cuarenta periodistas.

Al abrirse la vista, el abogado Robinson logra un primer éxito al conseguir que se declare nulo el testimonio obtenido en el proceso de instrucción: Lizzie no había sido informada de que sus palabras podían ser utilizadas en su contra. El segundo golpe magistral de la defensa consiste en anular la declaración del farmacéutico, que se negó a vender el ácido prúsico a Lizzie: la joven no está acusada de envenenamiento y, sea como fuere, no se produjo la venta.
La acusación contraataca demostrando que en la mañana del delito Lizzie llevaba un vestido de seda con rayas blancas y azules, mientras que la vecina señora Churchill recuerda un vestido de algodón con rombos, que a pesar de ello, no se ha encontrado. También va en contra de la acusada el testimonio de mis Russell, que declara haber sorprendido a su amiga, en la mañana del domingo, quemando en una estufa un vestido “manchado de barniz”. ¿Se trataba quizás del vestido estampado con rombos empapado de sangre? El episodio resulta, sin duda, sospechoso, pero no basta para proporcionar una prueba indiscutible de la culpabilidad de Lizzie, menos aún si consideramos  que la defensa lleva las de ganar en todos los demás detalles de lo ocurrido: el cuerpo de Abby no estaba “a la vista” como pretendía la policía y, por consiguiente, era muy posible que Lizzie hubiera subido al piso superior sin verlo; en cuanto al arma del delito, en la bodega se había encontrado un hacha con el mango partido, cuyo corte encajaría perfectamente en las heridas, pero los encargados de la investigación se embrollan tanto en sus declaraciones, qie el abogado Robinson no tiene que esforzarse mucho para anularlas. Por otra parte no existe móvil alguno, y a la acusación no se ocurre nada mejor que suponer un odio genérico de Lizzie hacia su madrastra; el padre había sido asesinado posteriormente para evitar que se enfrentara a una tragedia de tal magnitud o para evitar que hablara.

El Juicio



Lo cierto es que en el juicio contra Borden, la acusación –más que contra la escasez de pruebas – se ve obligada a combatir una desesperada batalla contra el espíritu de toda una época: una mezcla de antiguos y nuevos prejuicios que crea en torno a la acusada una insalvable red defensiva. Pero ¿cuáles son, en concreto, estos prejuicios?
En primer lugar, la repugnancia “ideológica”, totalmente burguesa, a imaginarse a una “chica bien”, una lady, cometiendo un parricidio.
En segundo lugar el sexo de la acusada. Lizzie aparece, desde el comienzo como una desgraciada joven, una desventurada huérfana. Es la imagen de la mujer “ángel del hogar”, e hija cariñosa, que es más fuerte en el subconsciente colectivo, que cualquier indicio, prueba o sospecha.
En tercer lugar, la vida virtuosa de Lizzie, parroquiana practicante, pilar de las sociedades filantrópicas,  y dedicada a las buenas obras.

No puede extrañarnos, por consiguiente, que el jurado – el 20 de junio de 1893 – emita un veredicto unánime de absolución total.
Lizzie Borden merecerá, una vez más aunque brevemente, la atención de los periódicos: en 1897, debido a un extraño y nunca explicado, episodio de hurto en una joyería de la ciudad.




Lizzie muere el 1 de junio de 1927 y recibe sepultura, de acuerdo con sus deseos, junto a la tumba de sus padres.

Vuelve a abrirse el caso

Medio siglo más tarde es formulada una nueva hipótesis sobre el caso: su autor es el famoso escritor de novelas negras Patrick Quentin. Según éste, el asesino habría sido el propio Andrew Borden, eliminado posteriormente por su hija Lizzie. Veamos el escenario.
El viejo Andrew tiene suficientes motivos para odiar a su segunda esposa por su mezquindad, desaliño y avidez. Decide en consecuencia asesinarla.
Lo intenta primero con el veneno, el martes, pero no logra los resultados apetecidos. El jueves, Andrew Borden decide recurrir a un sistema más enérgico. Espera a que su cuñado se vaya y se dirige al granero a por un hacha y lleva consigo el arma a la casa, escondida en un cesto de peras.
Poco después se produce el momento ideal mientras Lizzie se encuentra en el cuarto de baño del semisótano y Brigdet en el jardín donde no puede oír nada. A las 9:30 todo ha terminado. Andrew se cambia de ropa y sale a la calle.
Pero Lizzie sospecha desde hace tiempo las intenciones homicidas que aletean a su alrededor, e incluso ha intentado indagar sobre el intento de envenenamiento, haciendo una visita a una farmacia para asegurarse sobre la forma en que su padre habría podido obtener el ácido prúsico. En la mañana del jueves, puesta en guardia por la precipitada salida del padre, se dedica a registrar la casa y encuentra el cadáver de Abby, justo en el momento en el que el padre regresa a casa. Respecto a lo ocurrido a continuación, ni siquiera Quentin tiene las ideas muy claras. Quizá Lizzie mata a su padre a sangre fría, o con el hacha que ha encontrado al lado del cadáver de su madrastra, para evitarle la vergüenza de un juicio, quizás se produce un trágico incidente durante la discusión.

Calavera del Jackson Borden

Calavera de Abby

Vente años más tarde surge una hipótesis totalmente distinta, formulada por el criminólogo Edward Radin. La culpable sería la sirvienta Bridget Sullivan.
Maggie – según el razonamiento de Radin – es, junto con Lizzie la única persona de la casa que ha tenido la oportunidad de llevar a cabo materialmente ambos delitos. El punto más débil de esta tesis es que Radin no logra imaginar un móvil concreto, a excepción de un resentimiento generalizado de la sirvienta hacia sus amos.

Más recientemente se hizo otro intento de aclarar también este punto: lo llevó a cabo Lilian de la Torre, otra novelista de fama.
Su hipótesis afirma que el nudo de la tragedia debe buscarse en el robo cometido en casa de los Borden el año anterior al crimen. Según Lilian de la Torre, era Bridget la que había forzado el escritorio. Borden la descubrió, pero no la denunció para mantenerla a su merced, obligándola a trabajar poco menos que por un trozo de pan, a cambio de guardar silencio sobre el “vergonzoso episodio”. Asó que, tras un año de fatigas, privaciones y humillaciones, toda la rabia reprimida de Maggie explotó repentinamente desembocando en un doble raptus homicida.

Un móvil para Lizzie
Hasta 1967 no se produjo una auténtica revisión del caso en el libro “A prívate Disgrace. Lizzie Borden in Daylighy (es decir, “Una desgracia familiar. Lizzie borden a la luz del sol”), de Victoria Lincoln.

El primer descubrimiento que hizo Victoria Lincoln es que Lizzie padecía una lesión en el lóbulo temporal que le provocaba crisis epilépticas de tal entidad que la hacían actuar en semitrance, especialmente durante los periodos menstruales; y la fecha fatídica del 4 de agosto de 1892 coincidió precisamente con la fase final de un ciclo menstrual especialmente duro.
Pero la reconstrucción no se limita a trazar un cuadro clínico que posibilitaría un raptus de locura homicida. De las investigaciones de Victoria Lincoln surge por fin un móvil correcto.
La tesis afirma que las raíces de la tragedia deben buscarse en la llegada del tío John. Morse tenía la intención de establecerse en la granja de Swansea y el viejo Andrew había pensado aprovechar aquella ocasión para ceder dicha propiedad a su esposa. El traspaso debía efectuarse precisamente en la mañana del 4 de agosto, en el banco, sin que Lizzie lo supiera.
Pero Lizzie comprende de inmediato el significado de la llegada del tío.

Lizzie con su abogado en el juicio


El primer impulso de locura homicida estalla a la mañana siguiente, cuando se recibe una nota – enviada por el tío John que reclama a  Abby con el pretexto de visitar a un enfermo. Lizzie, al comprender el manejo, pierde el control invadida por la rabia y se encarna con su madrastra. El tío John, tras esperar inútilmente en el banco, vuelve hacia la casa en el momento exacto que tiene lugar la tragedia: desde la calle oye los gritos, y aterrorizado, se precipita a visitar a sus sobrinos para evitar verse envuelto el delito.

Mientras tanto, en casa de los Borden, Lizzie recompone su aspecto y recibe al padre – que también regresa para ver qué ha sucedido – con la noticia de que su madrastra ha salido para visitar a un enfermo. Tranquilizado el viejo Borden (que imagina que la mujer y el cuñado ya están juntos en el banco) decide descansar un momento antes de volver al banco para dar fin a la operación. Pero le esperan diez hachazos mortales. La reconstrucción de Victoria Lincoln es indudable que hace encajar a muchas piezas del rompecabezas y proporciona cierta lógica a la trama. Salvo en dos puntos.
El primero sigue haciendo referencia al móvil para el asesinato del padre, que sigue resultando gratuito; el segundo consiste en especial de la ropa con manchas de sangre.
A menos que – incluso sin contradecir la hipótesis del vestido quemado en la estufa – todo ello no pueda explicarse de una forma mucho más sencilla, tal y como lo ha intentado la “bordenólaga” Ann Jones, en base a dos descubrimientos: El primero, basado en algunos informes médicos que permanecieron ignorados, nos dice que los dos delitos no provocaron en realidad el “mar de sangre” que supuso la fantasía popular. El segundo, igualmente refrenado por algunos elementos que permanecieron ocultos en el desarrollo del juicio, afirma que los vestidos que Lizzie llevaba aquella mañana no estaban tan inmaculados como siempre se ha escrito. Pero se trataba de sangre que fue definida como menstrual, y, que por consiguiente, vergonzosa, y sobre la que ningún caballero se hubiera atrevido a insistir.
De esta forma, las prendas ensangrentadas terminaron en cierto barreño del lavadero, lleno de prendas sucias y del que – como puede leerse en las actas del proceso – “ambas partes han decidido de común acuerdo, no hablar en el transcurso de las vistas”.

Por consiguiente, ¿fue realmente Lizzie Borden culpable?

Fuentes de Datos:
“Lizzie Borden cogió un hacha” – “Los Grandes Enigmas de la Historia” – Editorial Planeta

Lizzie Borden (I)

Posted by Anónimo On viernes, 30 de septiembre de 2011 1 comentarios


Lizzie Borden cogió un hacha…


El cuerpo de un hombre de edad tendido en el sofá de un salón burgués en un charco de sangre: ha sido asesinado con diez golpes de hacha. El rostro y la cabeza se han convertido en una masa informe. Pocos metros más allá, otro cadáver destrozado: se trata de una mujer, la esposa del hombre asesinado en el diván. El asesino se ha encarnizado con ella de una forma aún más bestial, destrozándole el cráneo con diecinueve golpes de hacha.
Un doble homicidio absurdo, despiadado, sin un móvil aparente. Un “caso” que, de inmediato despierta gran atención entre la opinión pública.

No se encuentra el arma del delito, hay misteriosas huellas en el desván, un “tercer hombre” vaga como un espectro alrededor de la casa del crimen, el hacha mortal ha sido descargada por una mujer desnuda (se dice que no quiso mancharse las ropas de sangre): elementos de investigación, rumores incontrolados, fantasías morbosas: todo ello se mezcla para enturbiar las aguas cada vez más. ¿Quién ha asesinado a los ancianos y por qué razón? Las hipótesis del robo, la venganza, el delito pasional, político o cometido por un loco, van descartándose una tras otra.
Pero el suceso ha suscitado demasiado interés y es obligado encontrar un culpable para arrastrarlo ante el tribunal. Por ello, y para responder a la terrible acusación, acaba ante los jueces la hija menor del matrimonio asesinado. Se llama Lizzie Borden, un nombre destinado a perdurar en los textos de criminología.

¿Pobre joven inocente o monstruo sanguinario? La mayoría de la gente que sigue el juicio no tiene duda alguna: Lizzie es pura como un ángel y es impensable que haya podido mancharse con tal delito. Por otra parte, no existen pruebas y la defensa tiene que esforzarse demasiado para destruir el frágil castillo de indicios levantado por la acusación.
De esta forma, la acusada queda formalmente absuelta entre el júbilo de sus defensores.

Más de un siglo después, el caso sigue abierto. Tiene todos los elementos de la novela negra clásica: sólo hay que encontrar la solución.

Los Protagonistas
En 1892, Fall River, en Massachussetts, es una agradable ciudad de 80.000 habitantes con una sola industria importante, la fábrica de algodón.
En el número 92 de la calle 2 vive la familia Borden. El apellido es típicamente local. Se remonta a los primeros asentamientos de inmigrantes ingleses en el siglo XVIII, y hacia finales del XIX es el segundo de la ciudad en cuanto a frecuencia.

Andrew Jackson Borden, el padre

El padre,  tiene unos setenta años, cabellos y barba blancos, rostro anguloso, nariz arrogante y boca fina. De joven fue empresario de pompas fúnebres y sigue vistiendo de tétrico color negro. Es presidente de la Unión Savings Bank, además de ser miembro de varios consejos directivos de algunas instituciones financieras y de empresas de manufacturas. Es también propietario de diversos inmuebles en la ciudad, entre ellos el impresionante Borden Block, y de algunos terrenos al otro lado del río Taunton, por un valor de más de un cuarto de millón de dólares, (lo que significa que era un millonario de aquella época), y constituye el ejemplo del `perfecto capitalista de finales del siglo XIX, industrioso, rapaz, puritano y avaro.

Con él vive su esposa Abby, con la que contrajo matrimonio tras la prematura muerte de su primera esposa, Sara Morse, ocurrida en 1862.

Abby Borden

Abby tiene poco más de sesenta años y es una especie de barril ambulante: más de ochenta kilos con una altura aproximada de metro y medio. Su carácter no es mejor que su aspecto: es mezquina, cotilla, siempre quejándose y desmesuradamente ansiosa de dinero.


Con esta simpática pareja viven las dos hijas del primer matrimonio Andrew: Emma Leonora de cuarenta y un años y Lizzie, la protagonista principal del drama.

Lizzie Borden tiene treinta y un años, es pequeña, regordeta y plácida, pero con frecuentes crisis histéricas. Está en posesión de un título de bachillerato elemental, es parroquiana de la Iglesia Congregacionista Central, colabora en algunas obras pías, como la Unión Femenina Cristiana para la Templanza y la Misión Flor y Fruto, además de enseñar catequesis en una clase dominical para jóvenes.

Lizzie Borden

Por último, también vive en la casa una sirvienta de origen irlandés, Bridget Sullivan, conocida como Maggie. Maggie tiene veintiséis años: es una personalidad borrosa, temerosa, se la trata con altanería y se la obliga a realizar los trabajos más humildes a cambio de un salario mísero.

Bridget Sullivan

El Escenario
La casa de los Borden tiene dos plantas: en principio fue construida para albergar a dos familias, y ha conservado en su distribución algunas de sus características de su primitivo destino
En la planta baja (donde se encuentran en salón, el cuarto de estar, el comedor y la cocina) se puede entrar tanto por la puerta principal, que da a un vestíbulo, como por la puerta lateral, que da a la cocina. Desde el vestíbulo, un tramo de escalera conduce al primer piso, donde se encuentran tres dormitorios: Los de Lizzie y Emma, más un dormitorio de invitados. La habitación y el gabinete del matrimonio Borden , que se encuentran también en el primer piso, están totalmente separados de la zona y solo puede llegarse a ellos desde la entrada lateral, gracias a una escalera secundaria que luego sube hasta el desván, en el que se aloja Maggie.
La casa tiene en la parte posterior un jardín con algunos árboles frutales y un granero, utilizado como trastero, con una gran habitación a ras de tierra y un desván.
No es indudablemente una vivienda digna de una familia acomodada como son los borden. En la casa no hay electricidad ni agua corriente (salvo en la cocina), y tampoco existe un baño digno de tal nombre: solo una pequeña toilette en el semisótano.

Casa de los Borden

Esta casa no satisface a las hijas de Borden, especialmente a la más joven, que no puede refrenar su impaciencia. Lizzie desearía una casa moderna, con todas las comodidades y también algunos lujos, como por ejemplo muebles nuevos y quizá un piano que le permitiera desarrollar cierta vida social.
Pero estas aspiraciones mundanas chocan con el puritanismo (y sobre todo con la avaricia) del viejo, y son la causa de muchas de las famosos “crisis histéricas” de Lizzie.

Existen también otros motivos de tensión. En 1887, Andrew Borden ha recuperado la casa en la que vivía una hermana de Abby, en la Calle 4, y la ha puesto a nombre de su esposa. Pero la transacción ha provocado la tormenta en la familia, que papá Borden se ve obligado a hacer grandes concesiones a sus hijas: una importante asignación semanal, el regalo de algunos títulos y acciones e incluso la propiedad de otro apartamento en Ferry Street. Pero la administración de la casa de Ferry Street resulta pronto demasiado gravosa para las dos mujeres y el viejo Andrew se ve obligado a “recuperarla” de manos de sus hijas, añadiendo a la lista “otro regalito” en dinero contante y sonante para terminar definitivamente con el asunto.
Lizzie, la más agresiva de las dos hermanas, ha logrado un extra: un viaje por Europa que le ha costado un buen dinero al viejo avaro, pero que ha logrado que la familia recupere su paz durante algunos meses.
Pero al final Lizzie reaparece, tan batalladora como antes, y la tensión vuelve a incrementarse.

El Drama
El drama estalla imprevisible en una tórrida mañana de agosto de 1892, cuando se descubren los cuerpos de Andrew y de Abby, salvajemente asesinados a hachazos.
Tras algunas dudas, las sospechas de la policía se centran en Lizzie, que permaneció en la casa, según ella sin enterarse de nada, durante las dos horas cruciales en que sus padres fueron asesinados.
La posición de Lizzie, agravada por una serie de contradicciones, conduce fatalmente a su enjuiciamiento formal por el doble asesinato. Pero el proceso que se celebra en New Bedford en 1893, concluye con un veredicto de absolución, en parte por el carácter circunstancial de las pruebas y en parte a causa de la simpatía general que se ha despertado por la “infortunada joven”: pocos son los  que están dispuestos a creer que una chica decente, una “lady”, pueda haber cometido tan horrendo crimen.

El “caso Borden” concluye así con una anulación: pero sólo desde el punto de vista procesal, porque desde entonces Lizzie ha sido llevada innumerables veces ante un jurado ideal de ensayos, novelas y evocaciones, con toda una serie de “revelaciones” y soluciones alternativas que han acabado por convertir al doble crimen de Fall River en un clásico de la criminología actual.

Veintinueve hachazos
El jueves 4 de agosto de 1892. Andrew Jackson Borden, de setenta y nueve años, y su esposa Abby, de poco más de sesenta, son asesinados a hachazos en su casa, en el número 92 de la calle 2. La noticia provoca enorme estupor en la pequeña ciudad, ya que los Borden son una familia respetable, en el sentido de que el viejo Andrew, que empezó en su juventud como empresario de pompas fúnebres, se ha abierto camino invirtiendo sabiamente su dinero en manufacturas, inmuebles y terrenos, convirtiéndose así en uno de los personajes ciudadanos.

El día del delito, Andrew había bajado a desayunar hacia las siete con su esposa (con la que había contraído segundas nupcias) y con un invitado, John Winnicum Morse, hermano de su primera esposa, agricultor y vendedor de caballos en Darmouth. No están presentes las hijas de Andrew: Lizzie, la más joven, está durmiendo todavía, mientras que Emma, la mayor, ha ido a visitar a una amiga en Fairhaven, a unos veinte kilómetros de Fall River. Terminado el desayuno, servido por la doncella, Birgget Sullivan, conocida por Maggie.

John Morse sale por asuntos de negocios, mientras que los cónyuges Borden prestan su atención a los asuntos domésticos. A las 9, Lizzie se levanta, y poco después el padre sale para ir al banco. Regresa hacia las 10:30. En casa sólo está Maggie y Lizzie. Esta última sale a su encuentro en el rellano de la escalera que da al vestíbulo y le informa de que su madrastra ha salido “porque ha recibido una nota de una persona enferma”. Andrew se retira al salón a descansar y también Maggie aprovecha la pausa en el trabajo, que durará hasta la hora de la comida, para echarse un sueñecito en su habitación del desván.
A las 11:15 la despiertan los gritos de Lizzie “Maggie – grita la joven- ¡papá está muerto! Alguien ha entrado y lo ha matado.” La sirviente corre a buscar al médico de la familia, el doctor Bowen, que llega pocos minutos más tarde  junto con Adelaide Churchill, una vecina de los Borden, y con Alice Rusell, una amiga de Lizzie. Poco después llega también un policía que ha sido avisado por teléfono por otro vecino. El cadáver de Andrew yace tendido sobre el sofá, en un charco de sangre.

El cuerpo de Andrew Jackson borden

La muerte, según se comprobará más tarde, se produjo entre las 10:45 y las 11:15 y se ha debido a diez golpes propinados “con un instrumento cortante”, presumiblemente un hacha”. Ante este horrible espectáculo, Lizzie permanece sorprendentemente serena: no se deja llevar por la histeria, no derrama ni una lágrima: se limita a preguntar si pueden informar inmediatamente a su hermana lo ocurrido por medio de un telegrama. Sólo entonces alguien pregunta dónde está la esposa del difunto. Lizzie dice que le ha parecido oírla regresar y Maggie, acompañada por la señora Churchill, sube al piso de arriba para buscarla. Las dos mujeres se encuentran ante una escena aún más macabra que la del piso bajo: el cuerpo de Abby borden, destrozado por diecinueve hachazos, yace en el fondo de la habitación de invitados, entre la cama y la toilette.


El cuerpo de Abby

El estado de coagulación de la sangre y la temperatura del cadáver permitirán posteriormente establecer que el homicidio se ha producido alrededor de las 9:30, es decir, más o menos una hora antes del asesinato del marido.
Mientras tanto, regresa también el tío John, que al ver la aglomeración de gente y el vaivén, tiene una reacción muy curiosa: no entra en casa ni hace preguntas. Se dirige al jardín para comerse un par de peras, y solo después de ello se decide a cruzar el umbral de la puerta principal.

Las primeras investigaciones
La primera hipótesis de la policía es la de que el doble crimen haya sido cometido por alguien que ha penetrado en la casa con la intensión de robar o vengarse. El viejo Andrew no era, sin duda alguna, una persona amable, en especial con los campesinos de sus tierras, que más de una vez se habían rebelado contra su prepotencia y tacañería. En los últimos meses, además, Borden había denunciado algunos robos: una vez alguien robó dinero y joyas de su escritorio tras forzarlo; otra vez habían desaparecido algunos pichones del granero.
La policía toma en cuenta también otro episodio ocurrido el martes anterior al crimen: los borden habían sufrido trastornos gástricos y Lizzie había confiado a su amiga Alice Rusell la preocupación que sentía al pensar que sobre su familia pendía una misteriosa amenaza.

Los investigadores, sin embargo, descartaron la hipótesis tanto del robo (en la casa no faltaba nada) como de la venganza (no avalada por ningún enfrentamiento directo). Además, la propia dinámica del delito hace que resulte muy improbable la intervención de alguien del exterior: ¿cómo habría podido actuar el asesino sin que nadie le molestase a pesar de la presencia de Lizzie y la sirvienta? ¿Dónde podía haberse escondido en el intervalo entre el primer delito y el segundo? ¿Cómo podría haberse alejado de la casa (indudablemente con las ropas llenas de sangre y con el arma del delito) sin que nadie le viera?

Plano de la casa y lugar donde se encontraron los cuerpos

La atención de la policía empieza a centrarse en los habitantes de la casa. El primer sospechoso es el tío John, cuyo extraño comportamiento al regresar a la casa el día del delito despierta gran perplejidad. Pero John dispone de una coartada de gran solidez: en el momento en que el viejo Andrew estaba siendo asesinado se encontraba visitando a una pareja de sobrinos suyos, Le toca el turno entonces a Lizzie. Cuando es interrogada sobre sus movimientos entre las 9:30 y las 11:15, la joven proporciona una primera versión de los hechos. Nada más entregar a su madrastra la nota de la persona enferma – afirma – se había trasladado a la toilette del semisótano, donde había permanecido los veinte minutos en que se cometió el primer asesinato. Al regresar a la planta baja no volvió a ver a su madrastra, peri sin darle la menor importancia, se había dedicado a recoger y arreglar la casa, pensando que había salido con prisa sin detenerse a despedirse.
Tras el regreso del padre había ido al granero a buscar unos plomillos para su caña de pescar y se había quedado unos veinte minutos en el desván del granero, comiéndose algunas peras. Cuando finalmente regresó, encontró la puerta principal abierta – habiéndola dejado cerrada – y a su padre asesinado.

Lizzie es presionada
El testimonio de Lizzie tiene demasiados puntos oscuros, de muy difícil aceptación. Ante todo la nota: la joven afirma que la madrastra había salido después de recibir un mensaje en el que se le pedía que acudiera a la cabecera de un enfermo. Pero la hoja de papel ha desaparecido y ni siquiera se consigue encontrar al enfermo, a pesar de publicar un anuncio en los periódicos. Al final Lizzie recuerda por casualidad que “quizás” la nota haya sido quemada en la estufa del doctor Bowen. El médico, cuando se le pregunta, admite haber tirado una hoja de papel, pero excluye terminantemente que se tratara de la famosa nota. Luego está la posición del cuerpo de Abby. Según el informe de los investigadores, el cadáver yacía “a la vista” ¿Cómo no se dio cuenta Lizzie de ello cuando se encontraba en el rellano del primer piso, en el momento del regreso del padre?

Lizzie


Por último, existen algunas incongruencias en los movimientos de Lizzie durante la última media hora antes del descubrimiento de los cadáveres. ¿Por qué fue a buscar los plomillos si hacía más de cinco años que no iba de pesca y en la casa no había ni caña ni sedal? ¿Por qué se había entretenido un cuarto de hora en el desván del granero (un auténtico baño turco) mordisqueando unas peras,  cuando una hora antes había rechazado el desayuno y se había limitado a beberse un café, alegando que sentía molestias en el estómago? Y ¿Por qué la policía no encontró huella alguna en el polvoriento suelo del desván?
Para complicar más la situación de Lizzie, declara Eli Bence,  dependiente de la farmacia D.R. Smitch, en South Main Street: el miércoles anterior a la tragedia, la mujer había intentado comprar ácido prúsico (para exterminar las polillas, dijo), pero él se negó a vendérselo.
Esta revelación presta nueva importancia a las molestias estomacales que la familia Borden había padecido precisamente esos días. Quizás – se empieza a pensar - , Lizzie realizó su primer intento de envenenar al padre y a la madrastra el martes, fingiendo padecer náuseas ella también para no levantar sospechas. Luego, el miércoles intentó comprar el ácido prúsico para rematar su obra, pero ante la negativa del farmacéutico, decidió cambiar el envenenamiento por un sistema más drástico.

Hay un hecho a favor de Lizzie: en sus ropas no se encontró rastro de sangre, a excepción de “una manchita de un tamaño ligeramente superior a una cabeza de alfiler·, según reza el informe policial.
No obstante, veintinueve hachazos no son un “modus operandi” que permita al asesino mantener sus ropas inmaculadas. En teoría, Lizzie podía haberse cambiado de ropa nada más cometer los delitos, pero los investigadores no encontraron ninguna prenda con manchas sospechosas en toda la casa. ¿Quizás cometió el crimen vistiendo un impermeable y un gorro de baño? ¿O había empleado como delantal la chaqueta del padre que se encontró empapada de sangre sobre el brazo del sillón y no colgada en el perchero? ¿O incluso - hipótesis que hizo temblar de morbosidad a las beatas de Fall River – había llevado a cabo el asesinato totalmente desnuda? Son preguntas sin respuestas destinadas a permanecer así incluso después del juicio.

(Continuará)



Fuentes de Datos:
“Lizzie Borden cogió un hacha” – “Los Grandes Enigmas de la Historia” – Editorial Planeta

Hildergart, El Asesinato De La Mujer Perfecta

Posted by Anónimo On viernes, 18 de marzo de 2011 4 comentarios

(Aurora y Hildegart ante su vivienda)

Aurora Rodríguez Caballeira era una mujer extraña y de fuerte carácter, conocida entre su círculo de relaciones por su vehemente defensa del socialismo. Su activismo político se asociaba con ciertas ideas sobre la creación de un huevo ser humano, capaz de alumbrar una era de paz social y prosperidad. Lo que podría ser considerado como sencillo planteamiento filosófico, utopía tantas veces soñada a lo largo de la historia, ella se atrevió a convertirlo en algo tangible. 
Así, Aurora decidió concebir un hijo, al que negó cualquier tipo de acceso a su padre biológico. Podría, de esa forma, moldear su mente hasta convertir al vástago en el primer ejemplar de una nueva raza. El delirio cobró forma al quedarse embarazada Aurora en el Ferrol. 
El 9 de diciembre de 1914 nació en Madrid Hildegart, el objeto del experimento. Su nombre no fue elegido al azar, sino que lo seleccionó su madre, según sus propias palabras, como símbolo de sabiduría, aunque en la etimología original alemana, ni se escribe así ni significa lo que Aurora creía. 

Se cuenta que, tiempo antes, ya había intentando moldear la mente de su sobrino Pepito Arriola, como niño prodigio de la interpretación pianística. Con ese antecedente, Aurora se dedicó en cuerpo y alma a crear la imagen perfecta en la persona de su hija Hildegart. ¿Cómo conseguir su objetivo? El método consistía en la enseñanza continua, casi obsesiva, de lo que Aurora consideraba como básico. Su esfuerzo hizo que Hildegart fuera capaz de escribir, incluso a máquina, tocar el piano y leer, a una edad en la que el resto de los niños apenas si acertaban a recorrer torpemente las letras. 
El programa ideado para la niña hizo de ella toda una celebridad: sus habilidades y conocimientos llegaron a abarcar desde muy temprano ámbitos asombrosos, desde el conocimiento de idiomas hasta saberes científicos y los relacionados con la sexualidad humana, añadiendo a todo ello un tinte ideológico muy marcado y gobernado hasta el más mínimo detalle por Aurora.

 (Hildegart)

No extrañará que, en ese ambiente, los estudios de Hildegart fueran sobresalientes en todos los aspectos, llegando a licenciarse en derecho con casi 18 años de edad. Aquello únicamente era el principio del programa, la niña creció en un ambiente político muy activo, y desde muy temprano participó en debates y discusiones, publicó columnas de opinión en diarios importantes, y como miembro muy activo del Partido Socialista, se convirtió en el centro de un grupo de pensamiento que abogaba por una reforma en la moral sexual y era partidaria de prácticas eugenésicas. Todo aquello hizo que Aurora fuera recorriendo con éxito, paso a paso, el plan que había sido diseñado con frialdad muchos años antes. Al fin se había dado a conocer a “la nueva mujer”, que fue escuchada por políticos y grandes hombres de su época, que gritaba pidiendo libertad sexual, política y jurídica para las mujeres, que escribía con calidad excepcional y era capaz de asombrar a todo el que atendía a sus conferencias. Las actividades políticas y culturales de la niña, ya al borde de convertirse en mujer, llamaron la atención incluso de varias publicaciones a lo largo y ancho de todo el mundo. 
Sin duda, su futuro como líder social y político serían venturoso, el plan marchaba a la perfección y Aurora se sentía como un demiurgo extasiado ante su obra maestra. Todo un caso que parece extraído de una película de ciencia ficción, cercano a la fantasía de Un mundo feliz, de Huxley, el éxito de un experimento para crear un ser humano encauzado con exactitud por las vías surgidas de los designios de una madre, hasta que una pequeña pistola terminó brutalmente con el sueño de la mujer perfecta.

La Muerte de la Virgen Roja
Como sucede con los monstruos de las novelas góticas, Hildegart, a la que llegó a conocerse como “la virgen roja”, empezó a pensar por sí misma y a esbozar sus propios planes más allá de los deseos y proyectos de su “creadora”. Para empezar su propia revolución, decidió abandonar el Partido Socialista para pasar a formar parte del Partido Republicano Federal. La idea contrarió a su madre, pero como la actividad pública de la niña no disminuyó, sino que su lucha por la liberación sexual de la mujer fue en aumento, el primer choque grave con el plan maestro fue diluyéndose. Entre libros, panfletos políticos y ampliando sus estudios, esperando ser mayor de edad para poder dedicarse a la abogacía, nada parecía que la inseparable pareja terminaría estallando en un mar de sangre.

¿Qué sucedió para que Aurora decidiera acabar con la vida de su “monstruo”? ¿Acaso decidió Hildegart apartarse para siempre de los estrictos planes de su madre? No se conoce con exactitud que pudo suceder, pero se afirma que Hildegart pudo haberse enamorado de un hombre, cosa inadmisible por parte de Aurora y que por varias diferencias de criterio, la niña había pensado en separar su vida del programa que hasta entonces se había sometido. Cada vez que Hildegart osaba sugerir tal cosa, su madre amenazaba con suicidarse, ahondando cada vez más en su propio mundo de locura. Aurora pensaba que sus enemigos políticos deseaban arrebatarle la obra de su vida y, ante tan terrible escenario para ella, tomó la más trágica de las decisiones: terminar con el experimento antes de que fuera conducido lejos de su influencia. El Heraldo de Madrid narró de esta forma, en su edición del viernes 9 de junio de 1933, los detalles del asesinato:

He aquí un parricidio que apasionará a los juristas tanto o más que a la opinión indocta. La muerte de la señorita Hildegart a manos de su propia madre que, enamorada de su obra hasta el paroxismo, la destruye antes que verla desvirtuada por el influjo extraño de un amor no previsto (…).

(Imagen de Hildegart poco antes de ser asesinada - ABC)

Aurora Rodríguez vivía acompañada de su hija y de una sirvienta en un modesto cuarto de la Calle de Galileo, número 57, piso cuarto, derecha. En una de las habitaciones del fondo habíase instalado la alcoba donde, sobre unas camas turcas, descansaban madre e hija. La cama que aparecía pegada a la pared era la que habitualmente ocupaba Hildegart. 

De las declaraciones de la criada que servía a ambas mujeres, Julia Sanz García, y por declaraciones hechas ante los vecinos y coincidentes con las prestadas ante el juez instructor se dedujo que Aurora Rodríguez había premeditado y preparado su crimen durante varios días antes. Había probado el revólver en la azotea de la casa, la noche anterior al día del suceso para ver si tenía pulso y firmeza para disparar; había convenido con una vecina el que ésta recogiera a dos perros, propiedad de la criminal, y que se hiciera cargo de ellos durante varios meses, mediante una pensión de cuatro pesetas diarias; había confiado a esta misma vecina varios tiestos con plantas y arbustos que guarnecían su azotea; había ordenado a la criada que llevara al domicilio de una amiga otros tres animales, un gato, un alcotán y una tortuga que también tenía en el piso; y a primera hora de la mañana del día del crimen ordenó a la criada que fuera a llevar los perros a su nuevo alojamiento, para así quedar sola con su hija en la casa, y perpetrar, sin que nadie se lo estorbara, el asesinato, disparando a quemarropa cuatro tiros contra la joven, que aún se hallaba acostada y durmiendo cuando las balas le destrozaron la cabeza y el pecho.

A las ocho y media comenzaron a ladrar con fuerza algunos perros que había en el patio del inmueble. Nadie oyó los disparos que se hicieron en el cuarto ocupado por Hildegart y su madre.
Cometido el crimen, Aurora no pensó ni por un momento en el suicidio, como lo había anunciado al saber que Hildegart deseaba separarse de ella: sólo pensó en escapar de las iras del vecindario, que la odiaba por el verdadero secuestro de que hacía víctima a su hija, y que, al descubrirse el crimen, hubiera intentado lincharla.
Aurora salió de la casa a esa hora. El hijo de la portera barría la escalera. La vio salir despeinada y con un abrigo de caracú sobre los hombros, La señora Rodríguez bajó tranquilamente. En el portal se entretuvo unos instantes para hablar con la portera:

-Agradeceré a usted –dijo – que vea a Julia y le diga que espere aquí a Basilia, una mujer que ha quedado en venir para llevarse al gato. Cuando venga la señora suba con ella. Tardaré en regresar…

La portera cumplió el encargo. Julia esperó la llegada de la persona que le habían anunciado, y las dos mujeres subieron juntas al cuarto. Nada anormal advirtieron al entrar en él. Julia tuvo necesidad de penetrar en la alcoba y, con el horror que es de suponer, vio sobre el lecho, bañada en sangre, a su señorita. 
Aterrada, dio gritos en demanda de auxilio. Acudieron algunos vecinos y entre todos trasladaron a la que suponían gravemente herida a una Policlínica instalada en la calle Fernández de los Ríos. El facultativo de guardia, doctor D. Valentín Camino, no pudo hacer otra cosa que certificar la defunción. La señorita Hildegart presentaba cuatro heridas. Dos en la cabeza, una en la región malar y otra en el cuello. Alguno de los disparos tuvo que hacerse a quemarropa, toda vez que parte del rostro de la víctima aparecía chamuscado por efecto del fogonazo.

 (El cadáver de Hildegart)

Ciertamente, la escena tuvo que ser sobrecogedora. A las nueve menos cuarto de esa mañana, tal y como narran los periódicos, Aurora fue a buscar el consejo de un amigo, el político Juan Botella Asensi, a quien logra despertar en su hogar gracias a su insistencia, a pesar de las negativas a ser recibida por parte de las sirvientas. Y, ante el político, Aurora afirma con frialdad que ha matado a su hija. El hombre, inicialmente escéptico, accede a acompañar a Aurora hasta el Juzgado de guardia en taxi. En el edificio judicial ya se tenía conocimiento del hecho, pues varios agentes habían sido enviados por los vecinos. Comenzó así el recorrido de esta historia por los juzgados, algo que mantuvo al público durante meses en vilo.

(A su llegada a la carcel de mujeres - Mundo Gráfico 31-10-1933)

Antes de la celebración del juicio, Aurora pasó el resto de 1933 en la Cárcel de Mujeres, donde protagonizó diversos altercados. Ante sus continuos insultos y agresiones hacia una vigilante, tuvo que ser recluida en una celda de castigo. Este comportamiento errático e irracional, contrastaba mucho con la frialdad con que había confesado su crimen el mismo día en que lo cometió. 

 (Aseándose en su celda - Mundo Gráfico - 31-10-1933)

Varios médicos examinaron el caso y, a pesar de lo que pudiera parecer, determinaron que la mujer no padecía ningún tipo de locura, aunque con el paso del tiempo surgieron opiniones contrarias. Por ejemplo, después del juicio, pasado ya un año de la fecha del parricidio, la Sociedad de Neurología y Psiquiatría se ocupó de estudiar la historia clínica de Aurora Rodríguez. El informe incide en que la autora del crimen se encontraba afectada por un proceso de paranoia y se lamentaba de que, a lo largo del proceso, no se hubiera ahondado lo suficiente en el asunto de su salud mental. 


(Reclusas haciéndole la cama - Mundo Gráfico- 31-10-1933)

El juicio, con jurado popular, que se inició a finales de mayo de 1934, llegó a su fin con veredicto de culpabilidad y una sentencia que condenaba a Aurora Rodríguez a cumplir veintiséis años de prisión.

Así era Hildegart
José Montero Alonso, glosaba en la publicación Nuevo Mundo del 16 de junio de 1933, la figura de Hildegart Rodríguez:

Era alta, fuerte, varonil, y había en ella al mismo tiempo un aire infantil, un no sé qué de adolescencia. Nadie viéndola imaginaría que tras aquel aspecto de muchacha campesina había un espíritu que no sentía el menor temblor al asomarse a los abismos de la vida personal o social. El alma tenía en ella audacias magníficas, ambiciones poderosas. Quería que todo fuese mejor, más puro, más sincero y más feliz: un espíritu mejor, un amor mejor, una Humanidad mejor. Asombra lo que aquella frente casi niña logró albergar. Lenguas, Derecho, Medicina, Ciencia Social. ¿Adónde hubiera llegado esta muchacha que en plena juventud aparecía ya con los oros granados de la madurez?

 (El entierro de Hildegart acompañado de una gran multitud)

Hace unos meses publicó la escritora un artículo en el que subconscientemente hablaba de su muerte. Era un artículo sobre “Endocrinología, delincuencia y eugenesia”. Comentaba la importancia de lo sexual como antecedente y explicación del delito. Y citaba casos en que el crimen respondía a una degeneración de las glándulas internas, que había que buscarse en la deficiente constitución de éstas la raíz de un hecho a primera vista injustificable. No pensaría Hildegart al trazar estas líneas que probablemente, unos meses más tarde, al querer hallar una explicación a lo inexplicable de su muerte, habría que ir a esa zona oscura y bárbara de lo sexual. 

Esos tiros de una madre sobre su hija dormida hieren también el romántico poema maternal, tejido hasta hoy, tradicionalmente, con sacrificios y ternuras.

Pobre Hildegart. Sus veinte años magníficos, palpitantes de promesas, de audacias y de rebeldías, se han abatido trágicamente. Ella soñaba una vida mejor, y ha entrado en la gran sombra, acaso porque la única vida mejor es la de la muerte.

Fuente de Datos:
*El asesinato de la mujer Perfecta – Alejandro Polanco Masa- Historia de Iberia Vieja.
* Hemeroteca Periódico “El Heraldo de Madrid” - 1933
*Hemeroteca “Mundo Gráfico” – 1933
Imágenes:
*Hemeroteca “El Heraldo de Madrid”
*Hemeroteca “Mundo Gráfico”
*ABC