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Considerado el primer asesino en serie moderno, la morbosa figura de este criminal de los bajos fondos londinenses sigue envuelta en el misterio ciento veintidós años después de su primera actuación.
A pesar del obsesivo interés por su figura, los ríos de tinta gastados en tratar desenmascararle han sido en vano, la especulación ha vencido la verdad y sólo nos ha quedado el misterio.
Lo único cierto es que una serie de horrorosos crímenes, inicialmente conocidos como los “asesinatos de Whitechapel”, aterrorizó esa empobrecida zona del este de Londres.
Witechapel
A ciento veintitrés años de haberse cometido, la identidad del asesino (o asesinos) permanece en el anonimato. Aparte de esto, también parece claro que los crímenes fueron actos indiscriminados propios de un asesino en serie que carece, en el sentido estricto de las clásicas excusas para matar, y que no mata por celos, venganza o avaricia. Asesina porque tiene un deseo irreprimible de hacerlo. Casi siempre obtiene una excitación sexual al matar y mutilar.
El anonimato del asesino ante una policía impotente y el salvajismo de los asesinatos reflejados en la prensa abonaron la leyenda de Jack. Las víctimas, prostitutas ocasionales, eran asesinadas en lugares públicos, en las callejuelas putrefactas y oscuras de la ciudad. La forma de las heridas, indicaban que el asesino presuntamente tenía cierto conocimiento de anatomía. Pero ¿quién fue realmente este verdugo?
Muchos son los sospechosos que tanto la policía de esa época como modernos investigadores han denunciado como la persona que estaba detrás de la misteriosa sombra de Jack, el destripador. Muchas de ellas son verdaderas especulaciones, como el caso del afamado escritor Arthur Conan Doyle, autor de Sherlock Holmes, quien sospechaba que el verdadero asesino no era un hombre, sino una mujer quien se disfrazaba de hombre para despistar a los miembros de Scotland Yard.
No obstante, esta teoría nunca fue tomada en serio y la posición tanto de agentes como de investigadores fue la de buscar a un hombre, esto no sólo por algunos testimonios recibidos sino también porque probaba la facilidad con que éste tenía acceso a las prostitutas.
También se consideraba probable que el asesino supiera el manejo de alguna herramienta filuda o quirúrgica debido a las mutilaciones que realizaba a sus víctimas, ante esto último eran conocidas las sospechas que el asesino sería un médico, por ello, muchos describían a Jack como un sujeto que llevaba siempre un maletín de doctor, y por último, se sabía que el hombre conocedor de armas punzo cortantes era diestro, por las cortadas de izquierda a derecha que realizaba.
(Mapa Victoriano de Londres marcado con siete puntos rojos donde fueron encontrado las víctimas)
La lista de sospechosos era y es tan amplia como la de las teorías de la conspiración. Alrededor de más de ciento setenta hombres, de las más variadas profesiones y ocupaciones, han sido sospechosos de los macabros crímenes: sastres, peluqueros, soldados, marineros, burgueses, desarrapados y hasta notables escritores, como Lewis Carroll, y miembros de la realeza, como Alberto duque de Clarence, han sido acusados de ser Jack el Destripador, sin que ninguna de las hipótesis se hayan podido probar.
Esta incógnita es la que precisamente suscita hoy el morbo y la fascinación por la historia de un asesino que nunca fue capturado y del que no se sabe con certeza quién fue.
Pocos casos en la historia criminal han sido tan ampliamente debatidos y tan pobres en datos fehacientes, así como no está claro quién de los sospechosos es el verdadero asesino, tampoco lo está el número de sus víctimas.
Se ha barajado siempre la cifra de cinco mujeres por los documentos policiales, pero los documentos policiales, ahora sacados a la luz revelan que hubo al menos once asesinatos cometidos por la misma persona entre abril de 1888 y principios de 1891. Además se han señalado marcadas similitudes en las víctimas: eran prostitutas que trabajaban en la zona, fueron asesinadas de madrugada, degolladas de la misma forma y todas, aparentemente, confiaban en el asesino, pues solo hay leves indicios de forcejeo previo al crimen.
Las prostitutas asesinadas en rincones oscuros, sufrieron severas mutilaciones y sus gargantas fueron cortadas de izquierda a derecha, lo que sugiere, como ya se ha apuntado, que el criminal era diestro.
(Mary Ann Nichol)
Según el informe policial de la muerte de Mary Ann Nichol, elaborado por el superintendente J.Keating:
“El testigo encontró el cuerpo de una mujer acostada sobre su espalda con sus ropas un poco por encima de sus rodillas. Luego otro transeúnte también en camino a su trabajo, se detuvo a observar. Como estaba oscuro ninguno advirtió la sangre en el suelo. Ambos siguieron su camino con la intención de comunicar el incidente al primer policía que encontrara en su camino”.
“A mi llegada a la escena, descubrí inmediatamente que las vísceras habían sido extraídas del cuerpo. Su quijada había sido destrozada y le había abierto el abdomen”.
Los recortes de prensa se sumaron al drama del caso con sus descripciones que muchas veces bordearon el sensacionalismo, dando detalles totalmente morbosos:
“Le faltan cinco dientes y tiene una pequeña laceración en la lengua. Un moretón le corre por la parte baja de la mandíbula en el lado derecho de la cara. Este pudo haber sido causado por un puñetazo o por la presión de un pulgar”, publicaba el londinense Times refiriéndose a la primera víctima de Jack el Destripador, May Ann Nichols, llamada Polly.
Nichols, junto a Eddowes y las otras víctimas, formaban parte de las 1.600 prostitutas que operaban en el East End de Londres, habitada por unas 900.000 personas, de las que 80.000 residían en Whitechapel. Los pobres constituían el 8 por ciento de la población del este londinense: chapuceros, recaderos en el mercado o aprendices de diversos oficios.
(Westworth-Street-Whitechapel)
La segunda víctima es Annie Chapman, Alias Siffrey, prostituta de cuarenta y siete años.
El cadáver se encuentra el sábado 8 de septiembre: la cabeza casi separa del cuerpo por un golpe proporcionado de izquierda a derecha, se mantiene en su sitio gracias a un pañuelo atado alrededor del cuello: el abdomen está completamente abierto y los intestinos han sido depositado en uno de sus costados; el útero, parte de la vagina y dos tercios de la vejiga han sido extraídos.
(Annie Chapman)
Tras el segundo asesinato cometido, el de Annie Chapman, se provoca una gran agitación en todo el East End, tanto es así que el día 9, por la mañana, la policía decide dar alguna señal tranquilizadora. En primer lugar difunde un genérico, y probablemente inventado, retrato robot de un sospechoso, después procede a una docena de detenciones y, finalmente, por la tarde, anuncia con un pasquín el arresto del culpable: es el zapatero Jhon Pizer, llamado “Mandil de cuero”. Este inocente sobrenombre, que le habían dado en el barrio desde hacía ya algún tiempo, mucho antes de que se iniciara la trágica serie de delitos, asume ahora un tono siniestro y constituye el principal indicio en su contra.
Mandil de cuero de se había convertido, de hecho, después del 8 de septiembre en objeto de una verdadera psicosis colectiva: contribuyeron a crearla el descubrimiento del primer cadáver a dos pasos del matadero; la referencia, durante las averiguaciones, a un cuchillo de zapatero o matarife como posible arma del delito (zapateros y matarifes acostumbraban a protegerse, durante su trabajo, con mandiles de cuero): el descubrimiento cerca del cuerpo de Annie Chapman, de un mandil de este género, y, finalmente, la suposición general de que el asesino se hubiera visto obligado a ponerse tal vestimenta protectora para no manchar la ropa de sangre. Así, en poco tiempo, un siniestro personaje, apodado “Mandil de cuero”, tomó cuerpo en la imaginación de la gente, y muchos individuos fueron mirados con sospechas por el mero hecho de poseer un mandil de ese tipo.
(Viñetas sobre los sucesos editadas por el periódico de la policía)
Fue arrestado un hebreo polaco de treinta y tres años que fue descrito por la prensa con todos los rasgos distintivos del “monstruo”: ojos brillantes, paso afelpado “como el de un felino”, labios finos “cuya crueldad está acentuada por unos bigotes que caen”, rizos de pelo sobre lacara y acento gutural.
La única pega es que Pizer tenía una coartada de hierro. La policía se vio obligada, por tanto, a dar marcha atrás, pero mientras, por la calle, la muchedumbre ha comenzado a molestar a los hebreos, tanto es así que Pizer deberá ser retenido otro día en prisión para evitarle un posible linchamiento.
La tercera y cuarta víctima de Jack son descubiertas, una tras otra, en la noche del 30 de septiembre, entre la una y las tres menos cuartos. La primera, Elizabeth Stride, ha sido degollada, pero no presenta otras heridas. La otra, Catherine Eddowes, ha sido sometida, por el contrario, a un verdadero martirio.
(Elizabeth Stride)
(Catherine Eddowes)
Durante la redada, rápidamente iniciada, la policía descubre algunas huellas del asesino en fuga. Saliendo de Mitre Square, después de haber matado a Catherine Eddowes, El Destripador ha enfilado primero Goulston Street, donde ha dejado algunas señales de su paso por allí, para desembocar después en Dorset Street: aquí se ha lavado las manos ensangrentadas en una fuentecilla.
Los indicios de Goulston Street se encuentran en un estrecho callejón entre dos establos. Allí, El Destripador ha abandonado un trozo de mandil ensangrentado de su última víctima, y ha escrito con tiza sobre la pared la siguiente frase: “Los judíos ya no serán acusados sin razón”, destinada a constituir desde ese comienzo uno de los puntos más misteriosos del enigma entero.
Dos son los elementos significativos de esta misteriosa pintada; el primero es que la palabra judíos (jews en inglés) está escrita mal (juwes): el segundo es que la frase puede ser interpretada tanto como una defensa como una acusación.
(Charles Warren)
El alto comisario de Scotland Yard, sir Charles Warren dispuso en primer lugar el rastreo de Withechapel con un balance de más de mil detenciones efectuadas, en gran parte, arbitrariamente, sin encontrar un solo caso algo que justificase la acción de la policía.
El tan aberrante nombre que lo lanzó a la fama fue obtenido en una de las cartas que supuestamente el asesino había escrito a la Agencia Estatal de Noticias de Londres, el 25 de septiembre de 1888, diecisiete días después de su segundo asesinato, y firmada por “Jack El Destripador”.
El asesino escribió en esa carta lo siguiente:
“Querido Jefe, desde hace días oigo que la policía me ha capturado, pero en realidad todavía no me han encontrado. No soporto a cierto tipo de mujeres y no dejaré de destriparlas hasta que haya terminado con ellas. El último es un magnífico trabajo, a la dama en cuestión no le dio tiempo a gritar. Me gusta mi trabajo y estoy ansioso de empezar de nuevo, pronto tendrá noticias mías y de mi gracioso jueguecito...
Firmado: Jack el destripador."
Otro de los textos que se ha mantenido durante mucho tiempo inédito es la carta titulada “desde el infierno”, enviada a la policía por el presunto asesino, aunque su verdadera veracidad ha sido puesta en duda y se supone que fue el invento de un par de periodistas sensacionalistas en busca de las noticias.
Existen al menos 150 cartas de diferentes personas y países que se confiesan ser Jack el Destripador.
La emblemática carta, presenta un tono irónico y un humor negro de lo más macabro, especialmente si se considera el regalo que acompañó a la misiva:
“Desde el infierno le envío la mitad de un riñón que tomé de una prostituta y que conservé para ustedes después de freír el otro. Estaba muy bueno, de verdad”.
En otra parte escribe:
“Querido Jefe: te escribo esto desde mi cama, pues tengo la garganta irritada pero en cuanto me mejore empezaré a trabajar el 13 de este mes. Te sorprenderá saber que la otra noche el pequeño Jacky estaba en la zona cuando le buscabais. ¡Qué divertido saber que la policía me espera!
Creo que mi próxima misión será aniquilarte. Te arrancaré el hígado antes de que mueras y te lo mostraré. Firma, Jack el Destripador.”
La carta estaba escrita por el presunto asesino con leras rojas, e iba acompañada de un boceto de la cara de un hombre que asegura ser el criminal. “Ese soy yo”. Pero el dibujo no proporcionó la identidad del asesino, sino que se convirtió en otro de los misterios del caso.
El cuarto y último delito atribuido a Jack El Destripador es descubierto en la mañana del 9 de noviembre. La víctima es Mary Kelly. A la víctima, destripada como las otras, le han sido cortado los pezones y extraído los órganos vitales que han sido distribuidos por toda la habitación.
(Mary Kelly)
Después de este asesinato, un alto funcionario de Scotland Yard hizo corres la voz de que Jack el Destripador había muerto, sin proporcionar, no obstante, más detalles ni la identidad del asesino.
Sin embargo posteriormente se produjeron otros asesinatos similares, que no tuvieron ninguna repercusión ni fueron relacionados en modo alguno con Jack, a pesar de para la mayoría de las mentes, El Destripador seguía vivo.
Con el correr de los años la leyenda del Destripador no solo no se ha difuminado, sino que ha aumentado.
Jack el Destripador fue el primer caso criminal que no sólo atrajo la atención local, sino que la noticia tuvo repercusiones en todo el mundo. Hay incluso quienes afirman que autor de los asesinatos pudo haber emigrado a Estados Unidos o hasta Australia.
Una de las más recientes teorías asegura que Jack el Destripador pudo haber sido un marino mercante, a quien se le sigue la pista incluso hasta Nicaragua. En este país, y durante un periodo de diez días, en enero de 1889, el público fue informado de la muerte de seis prostitutas a manos de un presunto asesino en serie.
La imagen de Jack el Destripador ha dejado una huella indeleble en la historia.
Las víctimas de Jack el Destripador
Realmente no se sabe a ciencia cierta el número de víctimas asesinadas por Jack el Destripador. En el periodo comprendido desde el 3 de abril de 1888 y el 13 de febrero de 1891 se produjeron once homicidios de los cuales solamente cinco fueron atribuidos al Destripador debido al modus operandi, idéntico en las cinco víctimas: Corte en la garganta, lesiones faciales progresivas, mutilación abdominal y extracción de órganos internos. Todas estas similitudes se dieron en los asesinatos de Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes, y Mary Jane Kelly, no así en los de las dos primeras víctimas de la ola de asesinatos: Emma Elizabeth Smith y Martha Tabram.
Mary Ann Nichols, asesinada el viernes 31 de agosto de 1.888.
Annie Chapman, asesinada el 8 de septiembre de 1.888.
Elizabeth Stride, asesinada el 30 de septiembre de 1.888.
Catherine Eddowes, asesinada el 30 de septiembre de 1.888.
Mary Jane Kelly, asesinada el 9 de noviembre de 1.888
Después de Mary Kelly se relacionan cuatro casos más:
Rose Mylett, alias Lizzie Davis, asesinada el 26 de diciembre de 1888.
Alice Mcjenzie, llamada Annie Pipa de Arcilla, asesinada el 17 de Julio de 1889.
Mujer no identificada, encontrada hecha pedazos en el Támesis el 10 de septiembre de 1889.
Francés Cole, llamada Nell Pelo de Zanahoria, asesinada el 17 de julio de 1889.
Fuente de Datos:
*”Tras la pista de Jack el Destripador” – Javier Espinosa
*”Los Grandes Enigmas de la Historia” – Editorial Planeta
Juan Díaz de Garayo – Su Vida
Juan Díaz de Garayo nació en Eguilaz, pueblo situado a corta distancia de la villa de Salvatierra, provincia de Álava, el 17 de octubre de 1821. Fueron sus padres unos laboriosos y honrados labradores que tuvieron nueve hijos, a los cuales, como era la costumbre, dedicaron a la labranza o al servicio doméstico. Atrasada entonces sobremanera la educación escolar, no pudieron dedicarle en su niñez ni juventud tiempo a recibirla en escuela alguna, así que no llegaron nunca a saber leer ni escribir, enterándose solo a fuerza de tiempo y de práctica de las rutinarias tareas de la agricultura.
A los catorce años, en 1835 y en plena guerra civil fue enviado por su padre a servir a los pueblos inmediatos para ganarse un jornal ocupándose en las tareas de labrador, pastor, y carbonero, mostrando siempre bunas predisposiciones para el trabajo y buena conducta.
En 1850 llevaba siete años trabajando en la villa de Alegría, sirviendo en casa de un herrero, cuando llegó a enterarse por una joven amiga suya, A.B. apodada la Zurrumbona, de que ésta tenía en Vitoria una hermana viuda labradora, que llevaba en arriendo algunas tierras y útiles de labranza, y que se quejaba de que en su viudez no podía atender sus obligaciones como debiera, siendo éstas explotadas por los criados, y que nada le era más necesario que casarse de nuevo con un hombre entendido en las labores del campo. Le insinuó su amiga que le convenía dirigirse a casa de su hermana para que entrara en ella como criado práctico y conocedor de la agricultura, y en efecto, con una recomendación suya se dirigió a la ciudad.
Excelente maña se dio para Garayo para recomendarse a la viuda, manifestándole sus conocimientos en el laboreo y dirección de tierras; y como ella le indicara que si bien se decidía a tomarle de criado no podían pensar en casarse hasta que pasara el tiempo que se prescribe a las viudas, se conformó Garayo a permanecer en la casa como criado, animando a la viuda a hacer la nueva sementera, puesto que la época era la propicia y proponiéndole comprar por su parte una pareja de bueyes, ya que en casa de su amo, el herrero de Alegría, tenía depositado algún dinero, producto de sus ahorros y de su metódica vida de largo tiempo. Aceptó la viuda el plan, conviniendo ambos en guardar la mayor reserva acerca de sus propósitos de casamiento hasta el tiempo oportuno. Sus planes se desarrollaron tal y como tenían pensado, casándose al fin ambos, pasando el mote de La Zurrumbona también a Garayo, que desde entonces fue llamado Zurrumbón.
Desde aquella época hasta 1863, en que su esposa falleció, vivieron ambos en la mayor armonía y concordia, sin que Garayo faltara a su mujer por ningún concepto. Durante este periodo de trece años tuvieron cinco hijos, de los que sobrevivieron tres: dos hijos y una hija. Muerta su esposa, y teniendo Garayo que ocuparse de las labores del campo, empezó a reinar el abandono en su casa, y a perderse poco a poco la educación de sus hijos. Para corregir este inconveniente, Garayo pensó en casarse de nuevo y así lo hizo contrayendo segundas nupcias con J.S., para desgracia completa de la familia.
Era su nueva mujer de carácter áspero y de violente genio con los que, en vez de asegurar la paz de la casa, la disipó, entablándose entre ella y sus hijastros constantes reyertas; arraigándose los odios y dando lugar a que aquellos huyeran de su casa, colocándose como criado el mayor y haciéndose vagabundos y pordioseros los menores.
Fuera de la casa los hijos, sin amparo ni guía, se vieron envueltos en las tristes consecuencias que trae la vida de la miseria y del abandono. Garayo, movido por sus sentimientos de padre, alguna vez volvió a recoger a los dos menores, pero éstos, ante la repulsión que sentían hacia la madrastra, y alentados por las novedades de la vida libre, no se detuvieron muchas horas en el hogar paterno.
Vino su casa muy a menos en los siete años que duró este segundo matrimonio, y la miseria, la guerra doméstica y el abandono de sus hijos debieron causar honda revolución en el espíritu de Garayo, hasta entonces pacífico, laborioso y económico.
En 1870, su mujer, que había sufrido una enfermedad variolosa, muere de repente cuando se hallaba ya en la convalecencia, y en este tiempo es cuando Garayo mató a la joven M. en el arroyo del Polvorín.
Poco tiempo después contrajo matrimonio con A.L., con la cual vivió en perpetua discordia, empeorándose más y más la situación de su casa, ya que él se ocupaba como podía como simple bracero y ella se daba a menudo a la embriaguez.
Esta situación duró cinco años, hasta el 1876, durante cuyo periodo asesinó él a A.S. en el término de Labizcarra, a la joven A. en el camino de Gamarra y a M.C. en la Zumaquera.
Tenía Garayo cerca de cincuenta y un años cuando cometió estos dos últimos crímenes.
Garayo era un tipo vulgar y ordinario, de regular estatura, ceñudo y repulsivo aspecto, y vestía como los braceros pobres del campo, boina azul vieja y mugrienta, remendada chaqueta de color oscuro y pantalón de percal.
Su rostro no tenía nada de simpático ni de regular: angosta y corta la frente, estaba marcada en su parte alta, que ceñía el aplastado y desordenado cabello laso entrecanoso, por una profunda cicatriz. Bajo sus pobladas y ceñudas cejas apenas se acertaban a distinguir unos ojos pequeños, profundos, vízco el derecho y constantemente inclinados ambos hacia el suelo; su nariz era larga y abultada en la punta, los pómulos muy marcados y apretados, de tinte moreno tostados, la boca con profundas arrugas o surcos laterales. Su cabeza ofrecía relevantes irregularidades, era ancha en su base de oreja a oreja y más larga en esta línea, que de adelante a atrás; alta y estrecha en su cima semi-calva, mal cubierta por largos y enredados mechones de pelo, con un desarrollo mucho mayor en el parietal derecho que en el izquierdo; casi plana y sin marcada prominencia occipital en la parte del cogote, inclinada constantemente hacia la izquierda y sostenida por un cuello musculoso, oscuro, robusto y ancho.
Esta fisonomía tenía mayor aspecto de imponente repulsión, cuando una vez preso, Garayo se dejó la barba que le cubría hasta la mitad de los pómulos, que rizada, áspera y negra-gris ocultaba sus anchas mandíbulas y que sólo se presentaba simétricamente canosa debajo de los extremos del bigote por ambos lados de la punta.
Su cuerpo mostraba todos los caracteres del hombre dedicado a las rudas faenas del campo, pero en amplio desarrollo. A un pecho fornido, extenso y saliente correspondía una espalda ancha y maciza, y en sus brazos y piernas, notábase la consistencia nutrida y poderosa de los miembros que a una musculatura resistente y elástica, dan vigor unos nervios enérgicos y un ejercicio constante.
Su salud fue siempre excelente; la vida en sus tres primeras cuartas partes metódica y sobria, y su trato y sus costumbres, según el testimonio de los que le conocieron, vulgar, sencilla y sin ningún carácter especial ni tendencias predominantes.
Y con este aspecto repulsivo y nada simpático, y con esa constitución y ese cerebro característico e irregular, llego a los cuarenta y nueve años, es decir, más allá de la época del completo desarrollo físico y fisiológico, sin entrar en la práctica del vicio, sin que hubiera que reprocharle por ninguna falta grave, sin cometer ningún crimen.
Garayo no sabía leer ni escribir, no tenía más educación que la común entre las gentes de su clase, conocía perfectamente su oficio de labrador rutinario y no se elevó nunca, ni podía elevarse en sus aspiraciones intelectuales más allá del corto horizonte en el que había nacido y vivido. Era egoísta, agarrado, escéptico en materia de ilusiones y muy inclinado por su robusta naturaleza a los goces materiales.
Buen esposo y buen padre durante los trece años de su primer matrimonio, cambió bruscamente de carácter, de afecciones y de sentimientos al estallar la discordia y el desarreglo en su casa durante el segundo, y perdió para siempre el afecto a sus hijos y su hogar.
El egoísmo adquirió absoluto desarrollo en su mente y en su corazón, haciéndole indiferente a toda esperanza, y pensando tan solo en acumular con su trabajo algunas sobras que le diesen para vino o placeres carnales.
Una vez en esta desastrosa senda, su perversidad le llevó a cometer los primeros asesinatos, sirviéndole sin duda la impunidad del primero, el aliciente para cometer los siguientes, siempre en la idea de que no sería descubierto.
En 1876 enviudó de nuevo, quedando, al parecer envuelta en el misterio la muerte de esta su tercera esposa , referida así por el mismo Garayo:
“"En la noche del 3 de Abril de 1876, al volver del campo donde estuve trabajando todo el día, desde las cinco de la mañana, al subir a la habitación nuestra, encontré la puerta cerrada, y como al llamar no me contestó nadie, metí la mano por la gatera y saqué la llave que yo mismo dejé allí cuando me marché por la mañana, quedándose mi mujer en la cama, buena y sana. Al entrar en la alcoba, vi que estaba agonizando. Salí asustado y busqué un médico, el cual, al ver que mi mujer no hablaba y que iba a expirar, mandó que viniese un cura y le diera la Unción, que era lo único que podía hacer por ella."
Un mes más tarde, Garayo contrajo matrimonio con una pobre viuda de avanzada edad llamada J.I. Vivió algún tiempo con ella en pasajera paz, pero pronto se vieron interrumpidas por continuas discordias, hondas y mutuas recriminaciones y completo desarreglo doméstico.
¿Tuvo Garayo imitadores?
Durante el periodo de los dos últimos años de la guerra civil y en los dos siguientes, la memoria de los pasados crímenes parecía haberse olvidado bastante, porque no hubo nuevos atentados que lamentar, cuando en el comienzo mismo del año 1878, el día 2 de Enero, se descubrió otro tan horrible y más sangriento que los anteriores. Unos labradores hallaron en el encuentro de los caminos de los pueblos de Mendiola y Castillo, y no lejos de la carretera de Arechavaleta, en las inmediaciones de Vitoria, el cadáver de una mujer de cincuenta y cinco años, vecina de Mendiola y llamada M.R. Había sido asesinada y horriblemente mutilada, tenía grandes heridas en el pecho y en el bajo vientre, con la mayor parte de las vísceras fuera y como arrancadas violentamente. La mano derecha también había sido cortada con brutal energía.
Aquella infeliz madre de familia, había ido en la tarde del año nuevo al pueblo de Arechavaleta a comprar un poco de vino a la taberna, llevando en una cesta bacalao y chocolate. Después que puso el vino en una botella, la colocó también en la cesta, y ya cerca del anochecer, emprendió el camino hacia Olárizu y Mendiola. Poco debió andar cuando fue asaltada por el criminal o criminales que concluyeron con su existencia, porque el arroyo u orilla del camino donde se la encontró no distaba mucho de la carretera que pasaba por Arechavaleta. A su lado se halló la cesta con los objetos obtenidos.
¿Quién fue el autor de aquel crimen horrendo? Garayo, durante la formación de los procesos que se siguieron, lo negó continuamente.
De otras averiguaciones practicadas a la raíz del suceso, nade se pudo deducir.
Al tenerse noticia de este crimen, la opinión pública volvió a recordar con más fuerza que nunca los anteriores delitos y se demostró que aquél misterioso ser, o aquellos hábiles criminales que durante cuatro años habían aterrado al país con sus salvajes asesinatos y violaciones. Vivía o vivían aún.
Produjo esta lógica consecuencia el más profundo terror. La fantasía de las gentes al conocer los detalles del crimen del camino de Mendiola, al saber que el asesino había arrancado las entrañas a su víctima, se fijó en aquellas sabidas y viejas narraciones de ciertos hombre monstruos que brutalmente asesinaban niños y hombres “para sacarles las mantecas y hacer con ellas ciertas composiciones de maravillosa eficacia para combatir la tuberculosis”.
Y bautizó desde entonces al presunto autor de los crímenes del campo de Vitoria con el nombre de “El Sacamantecas”, pintándolo todo en el mundo de la imaginación a su modo, y asustando las mujeres a los niños nombrándolo así.
Las autoridades buscaban una explicación racional a aquel tremendo misterio, porque ni el más leve indicio, ni la huella más pequeña, pudo nunca guiarles al descubrimiento de los autores.
No se habían acallado ni mucho menos las protestas contra tal hecho y los temores que produjo, cuando, como si la audacia del crimen hubiera llegado a su apogeo, se anunció dos meses después, el 28 de febrero de 1878, que dentro de Vitoria, en una de sus calles más concurridas, aunque retirada y de no muy buena fama, se acababa de cometer otro espantoso crimen, de idénticas formas que el anterior, pero más infame aún si cabe.
En efecto, hallábase en su casa la niña M.L., de once años de edad, cuando llamó a la puerta de su habitación un hombre viejo, que al responder aquélla le preguntó “si había en la casa algún cuarto vacío”, contestando negativamente la niña, y entonces el viejo, cogiéndola por el cuello la derribó, le impidió que gritara, la violó lentamente y, sacando después una navaja, le causó varias heridas mortales en el vientre.
Pudo gritar la niña al sentir que otra persona se acercaba y entonces el viejo huyó apresuradamente. Al volver la casa la madre de la infeliz criatura, a las siete de la tarde, la encontró en tan terrible estado, y después de haber dado parte del hecho, aún se la pudo trasladar al hospital, donde murió el día 3 de Marzo siguiente.
Dio la desgraciada allí, con todos sus detalles las señas del asesino, el cual había sido visto también en las inmediaciones de la casa por una vecina, y una vez apresado, fue reconocido tres veces por su víctima en el hospital, declarando el viejo que era suya la navaja que había encontrado la justicia, pero negando siempre y rotundamente el haber tomado parte en el crimen.
Se creyó entonces descubierta la tremenda historia del feroz violador y asesino. “El Sacamantecas”, se dijo, ha caído en poder de la justicia, un oscuro y al parecer inofensivo anciano de setenta y cinco años de edad, llamado el A. que vivía ganando algunos cortos jornales.
Sin embargo, las más severas y hábiles pesquisas y tareas de los tribunales no lograron demostrar que hubiese cometido más crímenes que el de la niña M. La sala de la Audiencia de Burgos, reconociéndole autor del hecho, le condenó a veinte años de cadena, pero habiendo interpuesto recurso de casación en el ministerio fiscal, fue admitido por el Supremo Tribunal, anulada la sentencia anterior, y condenado a la pena de muerte, que sufrió en Vitoria el 19 de Mayo de 1880.
Por aquél entonces también apareció en el campo, en el término de N… el cadáver de una joven que había sido víctima de los más infames ultrajes. Se siguió la causa contra J., un pastor en el que recaían vehementes sospechas, y que había sido visto en Vitoria pocos días antes del crimen, desapareciendo después por largo tiempo, pero no pudo obtenerse ningún resultado positivo.
Esta asombrosa repetición de crímenes de idéntica índole y forma, han hecho sospechar que, dada la impunidad y el misterio que rodearon a los primeros, pudo haber algún o algunos malvados imitados y continuadores de los que habían cometido aquéllos, y que tal vez, al amparo del siniestro velo que ocultaba al criminal iniciador, hubo en Vitoria y sus cercanías quienes se atrevieron a consumar y repetir nuevas infamias.
“El Sacamantecas” tuvo indudablemente imitadores.
Fuentes de datos:
*“El Sacamantecas” Ricardo Becerro Bengoa – Revista de España nº 136 – Septiembre de 1891 – Hemeroteca Digital.
*Diario “La Dinastía”- 10-8-1895 – Barcelona.
Imágenes:
*Internet
El día 1 de Noviembre de 1878, hallábase éste en un molino en las cercanías de Vitoria en ocasión de que estaba sola la molinera, ocupada en sus labores de cocina; entró en esta habitación, como solía hacer algunas veces, y después de hablar algunas palabras indiferentes se lanzó sobre aquélla, echándole las manos al cuello para estrangularla. Se enzarzó una desesperada lucha entre ellos, cayendo ambos al suelo, pero con tal fortuna para la molinera, que al dar con una grada que había cerca de la puerta, y al rodar sobre ella, quedó Garayo debajo, soltándola entonces, levantándose del suelo y huyendo ante los gritos de la mujer, a pesar de estar en aquel momento completamente excitado y dispuesto a repetir sus horribles crímenes.
La molinera dio parte a las autoridades, Garayo fue apresado y se le formó el consiguiente proceso. Una vez en la cárcel, el incógnito Sacamantecas tuvo la habilidad suficiente para no dejar entrever en sus declaraciones, en sus palabras ni en sus relaciones, nada que pudiera descubrir que él fue el autor de los otros espantosos delitos, que, en vano, perseguía justicia.
Durante su internamiento en la prisión se mostró grave, reservado, indiferente, sin temor alguno que le privase del apetito ni del sueño. Sufrió la condena de dos meses de prisión que le fue impuesta y salió de ella tan sereno e inofensivo, al parecer dispuesto a trabajar en sus habituales ocupaciones y a continuar su vida oscura y ordinaria.
Los últimos asesinatos
Durante su internamiento en la prisión se mostró grave, reservado, indiferente, sin temor alguno que le privase del apetito ni del sueño. Sufrió la condena de dos meses de prisión que le fue impuesta y salió de ella tan sereno e inofensivo, al parecer dispuesto a trabajar en sus habituales ocupaciones y a continuar su vida oscura y ordinaria.
Los últimos asesinatos
Pasaron cuatro cinco o meses, hasta que el 25 de Agosto de 1879, vagando por las inmediaciones de la ciudad, como a menudo solía hacer, se adelantó por la carretera de Castilla, hasta llegar al término medio del trayecto de los pueblos de Gomecha a Ariñez. Allí encontró a una mendiga anciana a la cual se aproximó, entablando con ella una conversación casual.
Cuando así caminaban entretenidos, Garayo le ofreció una limosna, y mientras la sacaba del bolsillo, se cercioró de que no había nadie por los alrededores. La cogió con fuerza de los brazos y trató de sacarla fuera de la carretera. En la lucha ocasionada con este motivo, cayó la anciana al suelo, dándose en la cabeza un fuerte golpe contra una piedra que le produjo una herida con abundante derrame de sangre. Al lanzarse entonces Garayo sobre ella, le dio la mendiga un terrible puntapié en el bajo vientre, que le hizo caer para atrás, casi sin sentido, aprovechando la mujer para salir huyendo y gritando hacia Vitoria, y él se fue a su casa a disponer los medios necesarios para que la agredida no divulgase el hecho ni se lo persiguiera. Forjó ante su mujer una relación del hecho diciendo que había herido sin querer a la anciana, cuyo nombre y domicilio indicó y le encargó que fuera a verla y la convenciera de no dar paso alguno contra él. Intentó la anciana un juicio de faltas pero tan buena maña se dio Garayo para no verse otra vez ante los tribunales, tan bien supo en esta ocasión como en otras, preparar las circunstancias para quedar ignorado su delito, que la anciana al fin convino en recibir veinte pesetas de indemnización amistosa y se calló.
Mientras estos arreglos se ultimaban y por si acaso la noticia, por algún descuido se divulgaba, marchó Garayo a Vizcaya a buscar trabajo en las minas de Somorrostro. Cuando la mendiga convino definitivamente en conformarse, y cuando, según él, todo peligro de denuncia había desaparecido, tomó de nuevo el camino de Vitoria por la carretera de Amurrio, Altuve y Murguía.
El día 7 de Septiembre almorzó en esta villa, tomando un par de huevos y un cuartillo de vino, y emprendió su camino hacia Vitoria a las once y media de la mañana.
Al poco tiempo distinguió en la carretera a una mujer que caminaba delante de él y en la misma dirección. Aceleró el paso, la alcanzó, la saludó y le preguntó de donde era, si era casada y si había estado en Vitoria alguna vez. La interpelada era una joven de veinticinco años, alta, agraciada y robusta, llamada D.C., natural del pueblo de Záitegui. Contestó ella que era soltera y que había estado algún tiempo sirviendo en la ciudad. Siguieron ambos hablando algún tiempo y al llegar a un lugar solitario del camino, en la cuesta de Záitegui, Garayo se detuvo un momento, dejó avanzar a D., la cogió por ambos brazos sujetándola fuertemente, la abrazó y arrastró por una senda inmediata hasta un lugar retirado, y atándola al cuello un pañuelo que la joven llevaba, la oprimió con violencia después de derribarla, mientras le exponía con ansia sus infames deseos, ofreciéndole dinero, prometiéndole absoluta reserva y amenazándola furiosamente después. La joven se resistía haciendo desesperados esfuerzos por desasirse de él, y es entonces cuando Garayo saca una navaja y le infringe graves heridas en el pecho, tratando de violarla en su agonía. Una vez la hubo violado, la remató causándole nuevas heridas en el vientre.
Al poco tiempo distinguió en la carretera a una mujer que caminaba delante de él y en la misma dirección. Aceleró el paso, la alcanzó, la saludó y le preguntó de donde era, si era casada y si había estado en Vitoria alguna vez. La interpelada era una joven de veinticinco años, alta, agraciada y robusta, llamada D.C., natural del pueblo de Záitegui. Contestó ella que era soltera y que había estado algún tiempo sirviendo en la ciudad. Siguieron ambos hablando algún tiempo y al llegar a un lugar solitario del camino, en la cuesta de Záitegui, Garayo se detuvo un momento, dejó avanzar a D., la cogió por ambos brazos sujetándola fuertemente, la abrazó y arrastró por una senda inmediata hasta un lugar retirado, y atándola al cuello un pañuelo que la joven llevaba, la oprimió con violencia después de derribarla, mientras le exponía con ansia sus infames deseos, ofreciéndole dinero, prometiéndole absoluta reserva y amenazándola furiosamente después. La joven se resistía haciendo desesperados esfuerzos por desasirse de él, y es entonces cuando Garayo saca una navaja y le infringe graves heridas en el pecho, tratando de violarla en su agonía. Una vez la hubo violado, la remató causándole nuevas heridas en el vientre.
Después Garayo cogió la cesta en que D. llevaba un poco de aguardiente, arroz y almidón para su casa y la ocultó en unos espinos. La joven y su asesino no habían encontrado en el camino, mientras anduvieron juntos, más que a un muchacho peatón, conductor interino de la correspondencia, que solo se fijó en ellos de paso.
Cometido el crimen tomó la dirección del monte inmediato, anduvo por él algún tiempo y se sentó en unas matas a fumar un cigarro; en esta situación le halló un vecino de una de aquellas aldeas, que iba por el monte buscando una vaca, quien se sentó a su lado, conversando ambos un buen rato. Siguió después Garayo por el monte, volviendo a la carretera de Vitoria cerca de la venta del Grillo, en la cual, a las cuatro de la tarde bebió un vaso de vino, cruzando algunas palabras con un aldeano que allí se encontraban, y descansando bastante tiempo. Adelantó por último, ya cerca del anochecer hasta los puentes de Arriaga inmediatos al río Zadorra, y debajo de uno de ellos se refugió y pasó la noche.
Durmió tranquilamente en aquel solitario y escondido lugar, y en las primeras horas del día ocho adelantó hasta el pueblo de Arriaga, tomando en su taberna un poco de pan y de aguardiente. Era lo natural que siguiese después el camino comprendido, y que entrara en la ciudad, pero el horror de su nuevo crimen debía traerle trastornado entre el temor y la ansiedad, y súbitamente cambió de rumbo, volvió hacia el puente de Arriaga y separándose de la carretera subió por la asperezas del alto de Araca. Se desconoce lo que pudiera hacer en el alto durante toda la mañana, aunque es muy probable que entre el miedo a ser apresado y sus deseos carnales, buscara una nueva víctima.
La ocasión se le presentó cuando una pobre anciana llegó a tomar aquella dirección, siguiendo el solitario sendero que desde la carretera de Murguía atravesaba el monte pasando por los caseríos de Araca con dirección a varias aldeas, y entre ellas la de Nafarrete. La mujer, llamada M.A, era una labradora vecina de este pueblo, de 52 años de edad, que había venido seis días antes a Vitoria a pasar las ferias, y que volvía a su casa con una cesta sobre la cabeza, y en la que llevaba varios efectos, entre ellos un panecillo francés y atún en escabeche. Garayo salió a su encuentro como si lo hiciera por casualidad, la saludó, y caminó a su lado algunos pasos.
Empezó a llover entonces y ambos se refugiaron y sentaron debajo de un árbol del camino. Preguntó M. a Garayo la causa de encontrarse en aquel sitio y éste respondió que buscaba una yegua que se le había escapado, añadiendo M. que ella no la había visto en su camino desde la carretera. Garayo se decidió a manifestarle sus lúbricos deseos y ella ofendida se negó y se levantó dispuesta a separarse de aquel hombre. Entonces Garayo abalanzándose a la labradora, le arrancó el delantal enrollado, que le había servido de rodana para sostener la cesta en la cabeza, se lo echó al cuello, hizo un nudo y apretó hasta dejarla casi estrangulada. En esta disposición la arrastró hasta un árbol inmediato, y la despojó de todas sus ropas para abusar de ella y satisfacer sus deseos, aunque sin poder lograrlo. Respiraba aún la mujer, y para dejarla completamente rematada, sacó la pequeña navaja de que se había servido el día anterior para matar a D. y le dio con ella una puñalada en el corazón y otra en el vientre, concluyendo por abrirla de abajo arriba en la tercera. Después introdujo sus manos por la abertura del vientre, sacó fuera los intestinos y arrancó a la víctima un riñón, que arrojó próximo a la cesta.
Empezó a llover entonces y ambos se refugiaron y sentaron debajo de un árbol del camino. Preguntó M. a Garayo la causa de encontrarse en aquel sitio y éste respondió que buscaba una yegua que se le había escapado, añadiendo M. que ella no la había visto en su camino desde la carretera. Garayo se decidió a manifestarle sus lúbricos deseos y ella ofendida se negó y se levantó dispuesta a separarse de aquel hombre. Entonces Garayo abalanzándose a la labradora, le arrancó el delantal enrollado, que le había servido de rodana para sostener la cesta en la cabeza, se lo echó al cuello, hizo un nudo y apretó hasta dejarla casi estrangulada. En esta disposición la arrastró hasta un árbol inmediato, y la despojó de todas sus ropas para abusar de ella y satisfacer sus deseos, aunque sin poder lograrlo. Respiraba aún la mujer, y para dejarla completamente rematada, sacó la pequeña navaja de que se había servido el día anterior para matar a D. y le dio con ella una puñalada en el corazón y otra en el vientre, concluyendo por abrirla de abajo arriba en la tercera. Después introdujo sus manos por la abertura del vientre, sacó fuera los intestinos y arrancó a la víctima un riñón, que arrojó próximo a la cesta.
El porqué de este horrible acto lo explicó Garayo cuando más adelante se le interrogó diferentes veces acerca del móvil que le inducía a ejecutar tan sangrientos y repugnantes excesos: “Porque decían que era “El Sacamantecas” el que hacía estas cosas, y para que así lo creyeran y nadie pensara en mí”.
Después del salvaje asesinato se limpió las manos con las ropas de su víctima, cubrió el cadáver con ellas, y sin que tan tremenda y espantosa acción le quitase el apetito, abrió la cesta, se comió el panecillo y un poco del escabeche.
Consumada la carnicería, volvió a su guarida, refugiándose en el puente seco, donde había dormido la noche anterior.
En la mañana del día nueve, muy temprano, se lavó en la orilla del río Zadorra, arrojó desde el puente la navaja al gua y entró en Vitoria no deteniéndose en su casa más que el tiempo necesario para descansar y mudarse de ropa, y sin hablar apenas con su mujer, volvió a salir de la ciudad, dirigiéndose a la villa de Alegría.
En este día tuvo noticia el Juzgado de primera instancia de Vitoria de la aparición del cadáver de la infeliz D. en el sitio denominado Carboneras de Ordumbre, inmediato a cuesta de Yurdin, término de Záitegui, y mientras se instruían en aquel sitio las primeras diligencias y averiguaciones, se denunció la existencia de otro cadáver, el de la desgraciada M, que apareció en Araca y a cuyo levantamiento acudió el Juez municipal de Vitoria, ya que el del partido se hallaba ocupado en la información anterior.
La preocupación fue colosal. Todo perdió su interés ante estos sucesos e inmediatamente se recordaron los crímenes de idéntica índole cometidos desde 1870, y con gran impotencia se comprobó que el anciano criminal acusado de aquellos crímenes, y que se encontraba preso en Vitoria, no era ni mucho menos El Sacamantecas. Este apodo bullía en todos los labios, imponía a todos, y bien pronto corrió y se afamó en las provincias inmediatas, en España entera y se transmitió en alas de la prensa al resto del mundo.
Mientras tanto Garayo llegó a la villa de Alegría y se ajustó a servir por toda la época de la sementera en casa de un labrador.
Mientras hacía el trato con éste, una niña de corta edad, hija de la casa, miraba con atención al nuevo criado, y cuando Garayo salió de la habitación, dirigiéndose la niña a su padre exclamó sobrecogida:
“¡Ay padre!, que criado más feo ha tomado usted… ¡Si parece el Sacamantecas!”
El cabo comandante del puesto de la guardia civil de Murguía, al hacer las primeras indagaciones para el descubrimiento del autor de la muerte de D., oyó la declaración del joven conductor de la correspondencia, y de los detalles dados por éste y por los aldeanos, que respectivamente le vieron después en el monte y en la venta del Grillo, recordando el aguacil del ayuntamiento de Vitoria que dichos detalles convenían con los que referían a Juan Garayo, y que éste había sido apresado y castigado en aquel mismo año por el atentado que intento cometer en la persona de la molinera, dedujo que tal vez podría haber una cierta relación entre este suceso y los últimos crímenes, y que también fuese Garayo mismo el sospechoso personaje de Yardin y de Araca. Sabía además, por habérselo oído a la interesada, que Garayo era el autor del conato de violencia cometido en la mendiga anciana en el camino de Gomeche, y con estos datos, hizo al señor Juez de primera instancia una relación razonada de sus sospechas.
Ordenó en consecuencia que se buscase a Garayo y se le condujera a la cárcel. Acudieron a la casa de Garayo, en la que solo encontraron a su mujer, respondiendo ésta al saber el motivo que allí los llevaba, que ignoraba el paradero de su marido, porque a consecuencia de haber herido a una mujer, salió de Vitoria, mientras se arreglaba el modo de que la mujer callara, mediante una indemnización para evitar el verse preso como antes; que no sabía qué habría sido de él después, y que ella misma se lamentaba siempre de que su marido se metiera en cuestiones con nadie, sin explicarse por qué había herido a aquella mujer.
El aguacil se aseguró más en sus sospechas y continuó indagando sin cesar el paradero de Garayo. Este continuaba en Alegría, y tal vez creyendo que el clamoreo de los crímenes había cesado, que se habrían olvidado y que la justicia sería impotente, como tantas otras veces para descubrirle, se decidió a volver a Vitoria, a mudarse la ropa, haciéndolo en efecto el día 21 de Septiembre, trece después de haber cometido sus últimos crímenes.
Muy tranquilo caminaba por una de las calles más céntricas y concurridas de la ciudad, cuando llegó también a ella el Sr. Pinedo, el aguacil, quien conociéndole inmediatamente, se lanzó a él y lo detuvo en medio de la estupefacción y curiosidad general del público, que oyó entonces de boca del alguacil, que aquel hombre, Zurrumbón, era “El Sacamantecas”.
Se le condujo a la cárcel de orden del señor Juez, quien con toda la habilidad que el caso requería empezó a instruir el proceso y a interrogar u explorar al presunto reo. Evitó Garayo con gran perspicacia toda respuesta que pudiera comprometerle, a pesar de cuantas pruebas se le ofrecieron, e insistió constantemente en sus negativas y en su bien estudiado papel. El señor Juez se convenció bien pronto de que Garayo era en efecto un gran criminal, pero las aferradas negaciones de éste imposibilitaban en gran parte el esclarecimiento de la verdad y la marcha del proceso.
Por espacio de diez o doce días Garayo insistió en sus absolutas negativas, y solo cuando el señor alcaide le llegó a hablar con decisión del bien de su alma, comenzó a declarar sus espantosos hechos, relatando minuciosamente uno por uno todos los que había cometido y como había torturado y violado a sus pobres víctimas.
Diez médicos forenses, estuvieron de acuerdo en que en Garayo no había el más mínimo ápice de locura, sino que por el contrario era un hombre capaz de decidir y de actuar con total libertad.
El 11 de Noviembre de ese mismo año, fueron leídas y publicadas las sentencias en las cuales se condenaba a Juan Díaz de Garayo (Zurrambón), a la pena de muerte en garrote, y a las indemnizaciones y pagos consiguientes.
El Sacamantecas se mostró en este terrible acto tan sereno, tan entero y tan extraordinario como cuando cometía sus infames hechos. Oyó impasible la sentencia de muerte y dijo a los escribanos que no sabiendo escribir no podría firmarlas, y que lo hicieran a su ruego los señores procuradores, como así lo hicieron.
Al retirarse estos señores y al cerrar la puerta de la celda el llavero, llamó a éste y le manifestó que deseaba pedirle un favor; que siendo día de mercado y teniendo de seguro preparada comidas en las casas de la inmediata Plaza del Mercado para los que acuden a comprar y vender, le agradecería muchísimo que mandaran traer para él un buen plato de carne en guisado. El llavero, asombrado de aquella inesperada pretensión, en tan terribles momentos, y recordando que a las once de la mañana había tomado Garayo su rancho diario, y que comió con extraordinario apetito, dio cuenta al alcaide de tan especial empeño, sorprendiéndose éste también de que en tan críticas circunstancias capaces de abatir al hombre más insensible, diese Garayo tales pruebas de despreocupación, y mandó en efecto traer un plato de carne guisada, que el reo comió con ansia y complacencia, consumiéndolo completamente.
(Garrote Vil en que murió Garayo)
Garayo de ordinario, comía y dormía perfectamente durante el proceso, antes y después de la sentencia, y fue siempre su trato comedido y respetuoso para los empleados y para cuantos le visitaron.
Garayo de ordinario, comía y dormía perfectamente durante el proceso, antes y después de la sentencia, y fue siempre su trato comedido y respetuoso para los empleados y para cuantos le visitaron.
Los detalles del proceso y las confesiones particulares de Garayo, demostraron que en medio de tan tristísimo estado de alarma, trabajaba como de costumbre en Vitoria, y que comía, bebía y dormía bien, sin preocupación alguna y sin que nadie se fijara en él para nada.
El día 11 de Mayo de 1881, llegó desde Burgos a Vitoria el verdugo más famoso de la época, Gregorio Mayoral. En el Polvorín viejo de Vitoria, se cubrió la cabeza de Garayo con un capuchón negro, y fue sentado en el garrote vil. El verdugo comenzó a girar el torno hasta romper las vértebras cervicales del Sacamantecas y murió asfixiado.
Su cadáver se expuso públicamente para que fuera visto por todos aquellos vecinos que deseaban verlo muerto, y fue enterrado en una fosa común del cementerio de Santa Isabel en Vitoria....
Fuentes de datos:
*“El Sacamantecas” Ricardo Becerro Bengoa – Revista de España nº 136 – Septiembre de 1891 – Hemeroteca Digital.
*Diario “La Dinastía”- 10-8-1895 – Barcelona.
Imágenes:
*Internet
Pocos crímenes han adquirido en el tiempo una resonancia tan grande como los realizados por Juan Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña, “El Sacamantecas”.
En un tiempo en que la leyenda popular estaba casi olvidada, relativa a los misteriosos criminales de ese nombre tuvo por desgracia una realización especial, aunque no exacta, en aquellos días, y los espantosos sucesos ocurrieron precisamente en un país modelo siempre de buenas costumbres, en una comarca que nunca albergó ni produjo malhechores numerosos ni grandes criminales, en una ciudad que veía pasar los años sin que verdugo alguno viniera a visitarla.
Un hombre oscuro, no viciado por malos ejemplos, exageradas ideas, ni por otros géneros de causas a que comunmente se achaca la perversión popular, manchó con sus infames actos la respetada historia social del pueblo, no sin que de parte de todo su vecindario se elevara la más enérgica y legítima furiosa protesta contras los inauditos y salvajes atentados que aquél cometiera misteriosamente y con inexplicable insistencia
Excitada como es natural la curiosidad pública, no solo de España sino del extranjero, bosquejó rápidamente
en las páginas de los diarios, para satisfacerla, la historia de los crímenes del Sacamantecas, ateniéndose estrictamente a los datos más fehacientes y verídicos que se recogieron durante su procesamiento, todos los cuales fueron rigurosamente comprobados.
Los primeros crímenes
El día 2 de abril de 1870, a la caída de la tarde, salieron de la ciudad de Vitoria por el Portal del Rey, dirigiéndose hacia los términos del Polvorín por la carretera de Navarra adelante, un hombre de pobre aspecto como de unos cincuenta años de edad y una mujer joven aún, baja de estatura, gruesa y regularmente vestida. Era él un labrador apellidado Garayo y ella una infeliz extraviada llamada M., muy conocida en la ciudad entre la gente de cierto género de vida. Habían convenido ambos salir a estar juntos un raro en las afueras, siguiendo el curso arriba del arroyo Recachiqui. Al hallarse a bastante distancia de la carretera, se sentaron en una hondonada y Garayo sacó tres reales del bolsillo para comprar los servicios de la mujer. Ella comenzó a increparle pues la cantidad le parecía poca, lo cual dio origen a una disputa.
Se intercambiaron duras palabras y entonces Garayo, arrojándose sobre ella, la derribó en tierra, la sujetó fuertemente, impidiéndole que gritara, le oprimió la garganta con las manos hasta dejarla medio estrangulada, y para acabar de matarla le sumergió la cabeza en un pequeño remanso de agua, que hacía el arroyo, sujetándola con las manos y sosteniéndola en tal posición con una rodilla sobre las espaldas, hasta que observó que había muerto. A continuación la desnudó de todas sus ropas, la extendió boca arriba sobre el arroyo, la contempló algún tiempo y, arrojando después los vestidos sobre ella, huyó hacia la ciudad cuando ya se había hecho de noche por completo.
Se intercambiaron duras palabras y entonces Garayo, arrojándose sobre ella, la derribó en tierra, la sujetó fuertemente, impidiéndole que gritara, le oprimió la garganta con las manos hasta dejarla medio estrangulada, y para acabar de matarla le sumergió la cabeza en un pequeño remanso de agua, que hacía el arroyo, sujetándola con las manos y sosteniéndola en tal posición con una rodilla sobre las espaldas, hasta que observó que había muerto. A continuación la desnudó de todas sus ropas, la extendió boca arriba sobre el arroyo, la contempló algún tiempo y, arrojando después los vestidos sobre ella, huyó hacia la ciudad cuando ya se había hecho de noche por completo.
El cadáver fue descubierto a la mañana siguiente por el criado de una casa de Vitoria que caminaba por las orillas del Recachiqui recogiendo plantas medicinales e inmediatamente regresó a Vitoria para dar parte a las autoridades, que procedió a las oportunas diligencias e identificó a la víctima, cuyo marido cumplía entonces una condena en presidio, y aunque se tenía la seguridad de que había sido víctima de un crimen, nada pudo descubrirse y la causa fue archivada.
Garayo guardó siempre un absoluto sigilo, continuó trabajando en sus habituales ocupaciones y, como ningún antecedente sospechoso había contra él, procuró aparecer tan impasible como los demás al oír las noticias de aquél descubrimiento.
No había transcurrido un año, cuando el 12 de Marzo de 1871, y también a la misma hora de la tarde, poco antes del anochecer, Garayo conversaba en una de las aceras del Portal del Rey con otra mujer, de alguna más edad que la anterior llamada A.S., pobremente vestida, que era viuda sin hijos, y que vivía ganando algunos humildes jornales una veces, e implorando la caridad pública otras. A A.S. Garayo le propuso que saliera con él a dar un paseo por el campo y ella le manifestó que no había comido en todo el día, entonces él le entregó un real para que comiera algo y le indicó que la esperaría en la carretera de Navarra y que no tardase.
La mujer fue a una taberna, tomó un pedazo de pan y un vaso de vino y se reunió de nuevo con Garayo. Juntos caminaron por la carretera hasta el amino del Polvorín viejo, por el cual se encaminaron hasta llegar al de Arana, tomando por detrás de la casa del carbonero y campo inmediato, hasta el término llamado Labizcarra. Ambos se sentaron y después de un tiempo Garayo entregó a la mujer una cantidad de dinero inferior a la que habían acordado por prestarle sus servicios, lo cual dio lugar a una fuerte discusión en la que terminó él por abalanzarse sobre la mujer, derribarla y estrangularla oprimiendo su cuello con las manos. Cuando se hubo cerciorado de que estaba muerta, se dirigió ya de noche a la ciudad, entró en su casa y se acostó.
La mujer fue a una taberna, tomó un pedazo de pan y un vaso de vino y se reunió de nuevo con Garayo. Juntos caminaron por la carretera hasta el amino del Polvorín viejo, por el cual se encaminaron hasta llegar al de Arana, tomando por detrás de la casa del carbonero y campo inmediato, hasta el término llamado Labizcarra. Ambos se sentaron y después de un tiempo Garayo entregó a la mujer una cantidad de dinero inferior a la que habían acordado por prestarle sus servicios, lo cual dio lugar a una fuerte discusión en la que terminó él por abalanzarse sobre la mujer, derribarla y estrangularla oprimiendo su cuello con las manos. Cuando se hubo cerciorado de que estaba muerta, se dirigió ya de noche a la ciudad, entró en su casa y se acostó.
El cadáver de la infeliz fue hallado el día 13, tendido boca arriba, con la cara hinchada, herida y ensangrentada y con una extensa equimosis en el cuello. Nada pudo averiguar la autoridad judicial acerca de aquel crimen, quedando su autor tan tranquilo como después de haber cometido el primero. Desgraciadamente, nadie los había presenciado ni sospechado; único autor y testigo de ellos, hallaba su impunidad en el mismo sacrificio de sus víctimas y en la vulgar modestia y oscuridad de su vida y de su nombre, durante largos y largos periodos. Por la ausencia de todo rastro que pudieran comprometerle, ningún temor llegó a abrigar de que se conocieran sus feroces atentados.
Esta impunidad debió alentar a su menguado espíritu a proseguir adelante en tan horrible conducto, pero no sin dejar que transcurriera largo tiempo, para que tales crímenes se hubieran casi olvidado. Aguijoneado por la perversidad debió salir algunas veces fuera de Vitoria a buscar nuevas víctimas, y en una de ellas, el día 21 de
Agosto de 1872, poco después de las doce de la mañana, se dirigía por la carretera de Ochandiano hacia el pueblo de Gamarra mayor. Los labradores que trabajaban en aquellos campos se habían retirado a comer; no se veía a nadie en todo el contorno, y solo distinguió Garayo que desde Gamarra hasta Vitoria avanzaba, en dirección contraria a la suya una robusta y agraciada joven, casi una niña, que según se vería después no contaba más que 13 años de edad. Verla y sentir el criminal encendidos sus infames deseos fue obra de un momento. Al pasar a su lado, sin decirle palabra, le echó la mano izquierda al cuello, la rodeó del talle con el brazo derecho, la arrastró fuera de la carretera, a una de las acequias inmediatas y allí, para impedir que sus gritos llamaran la atención, la oprimió con fuerza el cuello hasta dejarla casi asfixiada, tendida en el suelo.
La infeliz A. era una criada de Gamarra que había sido enviada por su amo a hacer unos encargos a Vitoria, distante de he dicho pueblecito unos cuatro kilómetros. Y allí, en pleno día cuando caminaba entretenida a pocos pasos de la casa de sus amos, cayó en manos peligrosas y ansiosas de muerte.
No debió poder la infeliz darse cuenta siquiera de lo que le ocurría; Garayo la trató de ahogar entre sus mortíferos puños y la hizo perder el sentido. En tal estado y en lucha con los tormentos de agonía fue violada, ocupándose después el asesino en concluirla de ahogar, y en arrastrarla por fin hasta lo más escondido de la acequia para ocultar su crimen por el mayor tiempo posible. Después, Garayo se mantuvo escondido en el campo, y sobre las dos de la tarde, antes de que los labradores volvieran a sus faenas, se desplazó a lo largo de las acequias evitando todo encuentro, y volvió a dirigirse a la ciudad.
La ausencia prolongada de la víctima llamó la atención de sus amos que no se explicaban por qué habría podido quedarse tal vez en Vitoria, y cuando al día siguiente se disponían a hacer sus averiguaciones sobre su paradero, supieron que unos pastores habían descubierto un cadáver en aquellas inmediaciones, que resultó ser el de la joven sirvienta. Se supo que había sido estrangulada; su cara lívida y abultada, y la extensa equimosis del cuello lo demostraban claramente.
En su cuerpo, en sus ropas, y en los alrededores del sitio donde fue hallado, se verían señales de que el asesino la arrastró inhumanamente antes o después de matarla. El atentado de que fue víctima quedó también demostrado en el examen forense.
El suceso creó una considerable indignación en Vitoria y en todas las aldeas inmediatas, sobrecogiendo a la población el hecho de que este tipo de crímenes se estuviera repitiendo en pocos años, llegándose a creer de que existían uno o varios criminales misteriosos, hábiles y perversos.
Empezó entonces a cundir el terror por la comarca, procurándose de que las mujeres se alejaran de los pueblos sin ir bien acompañadas.
Las autoridades trabajaban con especial ahínco junto con el cuerpo de policía tratando de descubrir al autor o autores de los sucesos, sin que se obtuviera resultado alguno. Se encontraban en un callejón sin salida cuando otro nuevo crimen, de idéntico aspecto, vino a completar el cuadro ocho días después de cometido el anterior.
Garayo había salido de su casa el 29 de agosto del mismo año, y a los pocos pasos se encontró con MC, de veintitrés años, de la cual se tenían noticias de su mala conducta y costumbres. Se detuvo con ella, le manifestó sus deseos sexuales y con vino con ella en encontrarse en el cruce de caminos de la Zumaquera, donde se reunieron, avanzando por él hasta un puente sobre un riachuelo, que atraviesa dicho camino. Se sentaron a su orilla y volvió a repetirse la misma escena: Garayo sacó dos reales del bolsillo ofreciéndoselos a la mujer, que se negó a recibirlos objetando que era poco dinero. Garayo le llegó a ofrecer hasta cuatro y ella seguía oponiéndose y acusándolo de tacaño. Se abalanzó entonces sobre ella echándole las manos al cuello y oprimiendo hasta dejarla casi estrangulada.
Cuando la creyó muerta se detuvo a contemplarla un momento y la infeliz, en su agonía, realizó un movimiento que excitó más aún al asesino. Volvió a lanzarse sobre ella, le sacó una horquilla del cabello y buscando la región del corazón la introdujo en su carne hasta dejarla clavada por completo en el cadáver. Después la arrastró hasta el mismo borde del agua, y como ya había anochecido, se dirigió tranquilamente a su casa, cenó, se acostó y reposó con sosegado sueño hasta el día siguiente en que, como de costumbre, volvió a sus ocupaciones ordinarias.
El cadáver fue descubierto al día siguiente, y como en los casos anteriores, las tareas de investigaciones que se hicieron para encontrar al asesino resultaron infructuosas, sobreseyéndose nuevamente la causa.
En determinado momento de la investigación recayeron hipotéticas sospechas sobre un soldado del regimiento que se encontraba entonces de guarnición en Vitoria. Se le formó el consiguiente proceso hasta que, demostrada su inocencia, fue puesto en libertad.
La alarma creció de un modo enorme, por lo que la justicia multiplicó sus trabajos de investigación sin descanso. El cuerpo de orden público removió cuantos antecedentes tenía acerca de las gentes sospechosas de la ciudad y los pueblos colindantes, y se forjó, por necesidad en el ánimo de la gente, la personificación del terrible y misterioso personaje que había venido a sembrar el luto y la consternación en las familias.
Se especulaba sobre el lugar de donde habían venido el asesino o los asesinos, sobre cómo vivían, en donde se ocultaban para acechar a sus víctimas, y sobre todo, quién o quienes podían ser, en una ciudad pequeña en donde se conocía a todo el mundo y en donde hasta el momento, jamás había llegado persona alguna que fuera desconocida.
Nada se llegó a saber. El misterio daba a tan sangrientos sucesos mayor carácter de espanto; las inmediaciones de la ciudad y de las aldeas se despoblaban en cuanto avanzaba la tarde, y ni en éstas se abría a nadie la puerta sin tomar las pertinentes precauciones, ni las mujeres se aventuraban a recorrer solas ciertas calles y parajes poco concurridos, en cuanto la luz del sol desaparecía.
Se puso en boca de todos, el nombre de “El Sacamantecas”, nombre dado en la época a personas que supuestamente se dedicaban matar y a sacar las grasas de las víctimas a las que mataban, y comerciaban luego con ella, pues existía el rumor de que se podía curaba la tan extendida tuberculosis.
Garayo mientras tanto, cegado y decidido más y más cada día en su horrible y sangrienta idea, pero cauteloso siempre, dejó transcurrir un año desde el primer crimen de la Zumaquera, y una tarde del mes de agosto de 1873 condujo también a las inmediaciones del Polvorín, cerca de Recachiqui a una joven de mala vida, con la que pasó algún rato. Volvió a repetirse la escena de siempre: Garayo la entregaba poco dinero y en la lucha entablada, pudo la mujer gritar mientras él la agarraba del cuello y dar lugar a que a los gritos acudieran algunos soldados de la guardia del Polvorín, ante cuya presencia el criminal emprendió la fuga.
En Junio de 1874 Garayo, que caminaba solitario por el camino de la Zumaquera, dio con una mujer anciana y enferma, que vivía implorando la caridad, Al aproximarse a ella, y sin decir una palabra, le echó las manos al cuello, intentando derribarla, pero resistente la mujer, empezó a defenderse y dar voces, cuando a la sazón aparecieron otras dos mujeres que venían por un camino inmediato.
Huyó entonces Garayo, y la pobre anciana, que quedó quejándose sentada en el borde del camino, dijo a las que se aproximaban:
“¡En buena hora han pasado ustedes por aquí, porque si no ese demonio de Garayo, que debe estar borracho, me hubiese matado sin haberle dado motivo para ello!”
De estos conatos tuvo conocimiento la justicia.
Pasaron cuatro años de letargo en los instintos homicidas de Garayo, (de 1874 a 1878), para volver a despertar de nuevo con mayor violencia aún si cabe...
(Continuará)
(Continuará)
Fuentes de datos:
*“El Sacamantecas” Ricardo Becerro Bengoa – Revista de España nº 136 – Septiembre de 1891 – Hemeroteca Digital.
*Diario “La Dinastía”- 10-8-1895 – Barcelona.
Imágenes:
*Internet


















