(Maqueta del Brequet-XIX-superbidón Cuatro Vientos y Collar y Barberán subiendo al avión en Madrid)
(Capitán. D. Mariano Barberán Trós de Ilarduya)
Mariano Barberán Nació en Guadalajara, en 1895. Ingresó en la academia militar de Ingenieros en 1910 y en 1916 construía carreteras en Marruecos. En 1919 se hizo observador de aeroplanos y en 1923 logró el título de piloto.
Estudió topografía y hacía experimentos con aparatos eléctricos así como estudios de navegación aérea con ondas radioeléctricas. Se arriesgaba la vida volando y soñaba con hacer un vuelo trasatlántico hacia América.
(Teniente. D. Joaquín Collar Sierra)
Joaquín Collar Serra nació en Figueras, en 1907, era profesor de la Escuela de Caza de Alcalá, y había alcanzado gran notoriedad en la sublevación republicana del Aeródromo de Cuatro Vientos. Había estado destinado en el Sahara en 1930, y era un extraordinario cazador y tirador.
Después de cuarenta horas de vuelo, y de haber recorrido unos 8.000 kilómetros, aterrizaron en Camagüey, habiendo vencido los 6.300 kilómetros del Atlántico Central, la ruta más difícil que tardaría tiempo en ser superada nuevamente. Un día después La Habana les tributó un rendimiento grandioso.
El 20 de Junio despegaron hacia México DF. Llovía pero la climatología no era desfavorable para la navegación. El plan de Barberán era atravesar los 120 kilómetros del estrecho de Yucatán y hacer la mayor parte del recorrido siguiendo el trazado del ferrocarril hasta México DF, según declaraciones que hizo en La Habana al mecánico Modesto Madariaga, mientras le revisaba el avión y reparaba el depósito grande, que sufría alguna pérdida.
(Ambos pilotos con sus monos de trabajo en el aeropuerto de Tablada horas antes de emprender el viaje)
Barberán abandonó la vía férrea para evitarse las mil revueltas que necesitaba el ferrocarril para salvar aquella orografía tan escabrosa y penetró en el valle de la Cuacamaya, cuya humedad produce profundas nieblas. El aparato debió rozar las copas de los árboles y tuvo que efectuar un aterrizaje forzado. Diversos testigos le vieron descender “como si quisiera aterrizar entre la lluvia”.
El depósito del avión era la pieza más delicada, pues al formar parte del fuselaje debía absorber los esfuerzos correspondientes en los momentos más críticos: los despegues y los aterrizajes. Por tanto, si el avión tuvo una pérdida de combustible, o si chocó con las copas de los árboles y tuvo que hacer un aterrizaje forzoso, la mesa de navegación debió de resultar fatal para Barberán, que debió de resultar con una pierna rota.
Collar, desorientado y en medio de una naturaleza hostil y con su compañero herido, debió sentirse aliviado cuando se acercaron varios indios.
Lo que viene después son conjeturas. Quizás les ofreció dinero para que les ayudaran, quizás los nativos se los llevaron a su cabaña y allí resolvieron matarles o los asesinaron allí mismo para robarles. Luego arrojarían los cadáveres y restos del avión a una sima, y para disimular el asesinato tuvieron la astucia de lanzar al río Tonto, de fuerte corriente, una cámara salvavidas que apareció dieciocho días más tarde en la costa.
Según parece, lo primero que codiciarían los indios serían las botas de los aviadores, pues en aquella zona selvática de México morían dos millares de personas al año a causa de mordedura de serpiente, por lo tanto, unas botas podían valer una vida.
Pero los pilotos tenían otras pertenencias: uno de los asesinos, Bonifacio Carrera, fue visto con un reloj de pulsera y en un carnaval lució una cazadora y casco de cuero. Según otros testimonios posteriores, Carrera cambiaba en Córdoba, cabecera de la comarca, cantidades de dólares e incluso su madre pagó algún servicio en esa moneda. Por esas razones, otros ladrones torturaron a su esposa para que confesara dónde escondía el dinero.
(Collar y Barberán recibiendo un homenaje en La Habana el 18 de junio de 1933)
Cuando los periodistas se dirigían hacia el lugar donde los dos pilotos habían sido asesinados, Julio Avendaño, cacique de la zona y antiguo oficial de la revolución mexicana se lo impidió retirándoles las escoltas para que se expusieran a los peligros de la selva y para evitar el interrogatorio. Aún así pudieron interrogarlos y hacer un detallado atestado sobre el suceso:
El señor Antonio Avendaño Alva, vecino de los lugares dónde aconteció el suceso, declaró que entre las 13 0 14 horas del día 20 de Julio de 1933, estando comiendo en su casa, oyó el ruido del motor de un avión y salió al patio a verlo con su familia, dándose cuenta de que venía como de Tabasco con rumbo hacia Córdoba o Veracruz.
Intentaron dirigirse hacia el lugar en que los pilotos habían sido enterrados, pero dado que el territorio era peligroso y habitual de asesinos y ladrones, decidieron regresar y denunciar los hechos a la policía, que se desplazó al lugar de los hechos. Encontraron las aldeas desiertas, pues los habitantes se habían refugiado en el rancho del cacique Avendaño para evitar el interrogatorio policial y la confesión del crimen. Aún así dos inspectores lograron interrogarlos y hacer un detallado atestado de lo ocurrido que enviaron al procurador de la República el 24 de Octubre de 1941:
En el atestado figuran testimonios concluyentes sobre el crimen del que se extraen los siguientes:
El 20 de Junio de 1933 desaparece el avión Cuatro Vientos cuando efectuaba un viaje de buena voluntad de España a México.
Los hechos en los que se practican las diligencias se encuentra sobre la ruta que seguía dicho avión en su trayecto hacia México DF, y sobre estos lugares fue buscado el aeroplano empeñosamente, a raíz de los hechos, además de que los restos del aparato aún yacen en estos contornos, según se dice por los testigos que a continuación se expresan.
El señor Antonio Avendaño Alva, vecino de los mismos lugares donde aconteció la tragedia, declaró que entre las 13 o 14 horas del día 20 de Julio de 1933, estando comiendo en su casa, oyó el ruido del motor de un avión y salió al patio a verlo con su familia, dándose cuenta de que venía como de Tabasco con rumbo a Córdoba o Veracruz.
(Avión breguet xix Cuatro Vientos)
(Pistola de Barberán localizada en 2001)
El testigo Maximiano Acosta Olivares dijo: que sobre la pérdida del avión Cuatro Vientos en el punto de La Guacamaya, cercano a Matzotzongo, le consta por haber vivido en un punto denominado Teconapa, que un individuo de nombre Agustín Reyes que trabajaba en la Guacamaya, le dijo que el aparato había caído cerca del último lugar, y que allí fueron Bonifacio Carrera, Paula Carrera, Luis Rico, la mujer de éste, Reynaldo Palancares y los dos hijos del primero, Raúl y Eduardo, mataron a los aviadores, los cuales traían muchos billetes de banco y monedas de oro, habiéndolos despojados de dos anillos, dos relojes de pulsera, una petaquilla de viaje y dos pistolas y otros objetos de valor, destruyendo después el avión; y que como Agustín Reyes se disgustó por no haber recibido una porción equitativa del dinero, narró lo acontecido.
El testigo Juan García dijo: que habiendo ido hace tras años a trabajar en los terrenos de la Guacamaya, platicó con Luis Rico que le dijo que su suegra le contó que había caído el avión muy cerca de su rancho y que ella le había dado dinero a Rico. Declaró el testigo que a un señor apellidado Cervantes Ayala, de Matzotzongo, le platicó rico que el avión se había caído en terrenos de la Guacamaya y que su suegra le había dado dinero para que trabajara.
Desafortunadamente, en el otoño de 1941 los hechos habían prescrito y el momento político no era el propicio para difundir los acontecimientos, por lo que las autoridades optaron por echar tierra sobre el asunto.
En 1982, el general Gregorio Guerrero volvió a interesarse por el caso y organizó una expedición militar mexicana interrogando de nuevo a los supervivientes de los hechos y a todos los testigos, con la única excepción de Bonifacio Carrera. El alcalde de Matzotzongo incluyó una certificación en el mismo sentido. Informaciones recientes aseguran que Carrera también confesó el crimen que cometiera medio siglo antes.
En 1995, el alcalde de la Guacamaya daba fe de la investigación de un grupo privado en una cueva situada en un acantilado: “se encontró mucho material de tipo mecánico no existente en el lugar, y abajo del fierro oxidado, hueso aparentemente humano, dado la profundidad que se encontraban aproximadamente de dos o tres metros.
Una de las piezas localizadas concuerda con una foto de dicho avión. El fierro se encuentra aparentemente quemado y derretido, pero logra apreciarse que fueron parte de una estructura”.
Sin embargo, en 2003, una expedición española gastó mucho dinero y recursos de la Marina Mexicana sin encontrar nada.
Por tanto, aunque se conoce el infortunio del Cuatro Vientos, pervive el misterio de sus restos.
Fuente de Datos:
*Texto Juan Manuel Riesgo – La Aventura de la Historia
(Capilla Del Condestable)
Tras el asesinato fue detenido un gran número de personas (según algunos hasta 140), entre los que se encontraban varios miembros del equipo del cabildo: el deán Pedro Gutiérrez de Celis, el provisor, Jorge de Arteaga, el magistral, Manuel González Peña y otros canónigos, todos en libertad a los pocos días, con sus causas sobreseídas, lo mismo que la del arzobispo, Anastasio Rodrigo Yusto, que estuvo confinado en su palacio, aunque no caben dudas sobre la responsabilidad de todos ellos en la organización del tumulto.
Y se dieron casos curiosos, como el de los cinco seminaristas que habían sido detenidos porque el día después del asesinato habían tomado el tren de Burgos a toda prisa olvidándose de facturar sus baúles. Los cinco fueron liberados en poco tiempo.
Pero entre los detenidos se encontraban unas sesenta personas que sí fueron juzgadas en una veintena de procesos, entre ellas Dámaso San Martín, Mariano Camarero, alia El Cascorro, Blas Gil Villalmanso, Pedro Miguel Bueno, Víctor Chiribenches, Clemente Martínez Avila y Francisco Martínez Hernando. En general gente humilde, de escasos recursos y bajo nivel cultural. La mayoría de los acusados y testigos eran analfabetos y tuvieron que firmar su declaración con una cruz.
Los consejos de guerra se celebraron con tal celeridad que hace dudar de la seriedad y garantías de los procedimientos, pero los interrogatorios de acusados y testigos, los careos entre ellos, la autopsia del cadáver y los antecedentes de los acusados ofrecen informaciones útiles para iluminar asunto tan turbio.
Los testigos mencionaron a varios agitadores que vociferaban en los alrededores y en el interior de la catedral, uno de ellos, Valentín Rodrigo, capataz de las obras que el Ayuntamiento estaba realizando en El Espolón provocaba a los trabajadores con sus gritos a que se revelaran contra los actos del Gobierno, y que el gobernador quería robar las alhajas y que era menester arrastrarle y matarle. Otros testigos identificaron a un tal Chiribeches, que decía asegurando que era preciso matar al gobernador y arrastrarle dando vivas a la religión, a Dámaso San Martín, que llevaba un hacha, y a Cabrera, que llevaba los bombachos llenos de sangre. También que el alcalde intentó detener a la multitud sin conseguirlo.
Con respecto a la Guardia Civil, el testigo Vicente Prieto afirmó que “sin ofrecer resistencia alguna, dio paso a la multitud en el momento que ésta entraba furiosa en el templo a las voces de ¡viva la religión1 y ¡muera el gobernador! Otro, Gil Tovar, testificó que había visto entre la turba a Dámaso San Martín sacando un hacha de debajo del marsellés, exclamando “Donde está ese bribón que lo voy a matar”. Al tal Dámaso San Martín le incautaron un hacha en su casa, que según los testigos, era la que enarbolaba enfurecido en el momento del linchamiento, extremo que el acusado negó insistentemente durante todo el proceso, afirmando que él no estuvo en la catedral aquel día, a pesar de los numerosos testigos que lo vieron.
El testigo Vicente Prieto vio a un canónigo abriendo las puertas del claustro diciendo “Ahí dentro está”, y al poco rato sacaban al gobernador ya ensangrentado del claustro. Y a su salida vio levantarse una mano con un hacha que cayó sobre la cabeza del Gobernador Civil, que cayó por el suelo. El testigo Valentín Rodrigo afirmó que al Inspector Domingo Mendívil le desarmó un grupo de sediciosos, a cuyo frente iba un tal Jarrillas, y un joven a quién no conocía.
(Carlos VII)
Desde el comienzo, el Cabildo sostuvo que el gobernador había sido asesinado en el exterior de la catedral, en las escalinatas de la Puerta del Armental. El tema no era baladí, porque el asesinato en el interior. El tema no era baladí, porque el asesinato en el interior hubiera supuesto la profanación del templo. Para evitarlo, los canónigos no dudaron en cambiar el lugar del crimen e incluso el arma homicida, Así, en el libro de ceremonias del Cabildo se afirma que “el día 25 de Enero de 1869 a las once y media de la mañana, en el acto de ir a incautarse de los objetos científicos, artísticos y literarios de esta Santa Iglesia el Sr, Gobernador civil de Burgos, las turbas amotinadas rompieron su bastión sobre su cabeza vertiendo bastante sangre en el primer tramo del claustro y especialmente desde su puerta al cancel inmediato y escalera del Sacramental, donde le asesinaron”.
Sin embargo, algunos testigos afirmaron haber visto como un hacha o piqueta golpeaba la cabeza del gobernador en el momento de sacarlo del claustro y entrar en las naves. El testigo Vicente prieto reitera que no observó más que la mano que vio levantarse y descargar sobre el gobernador, para salir por la puerta del claustro.
El resultado de la autopsia abunda en que el arma homicida bien pudo ser un hacha, y por tanto, no quedaría duda alguna sobre el lugar del asesinato. Según el dictamen de los facultativos Hipólito Tobes y Nicanor Díaz Salazar, las lesiones situadas en las regiones de la cara y cabeza, debieron ocasionar prontamente la muerte del expresado sujeto, perdiendo antes el sentido, y causando aquella la fuerte congestión cerebral propia del carácter de las lesiones eminentemente contuso. Estas lesiones debieron ser ocasionadas por un cuerpo a la vez que contundente, de bordes algo cortantes, como bien pudo serlo un martillo por su extremo agudo, una piqueta y otro análogo, y que las demás lesiones del cuerpo y extremidades, así como las equimosis de la cara pudieron ser causadas al tiempo de ser arrastrado, que debió ser boca abajo y por la acción de algún palo sufrido anteriormente.
Por orden del gobierno, la catedral estuvo cerrada hasta el 20 de marzo, día en el que se celebró, presidido por el arzobispo, el acto de purificación del templo, en el que se lavó y limpió la sangra derramada en la iglesia, según reza el libro de ceremonias.
Pese a la contundencia de testimonios y pruebas, las condenas fueron leves para lo que se levaba. Unos fueron condenados a cadena perpetua (El Cascorro, que llevaba en la mano un martillo, Chiribeches, Blas Gil y Dámaso San Martín), otros a veinte años otros a diecisiete y a menos. San Martín, el operador del hacha fue condenado a morir en la garrote, pero poco después se le conmutó por cadena perpetua, indemnización a la viuda con mil escudos y a interdicción civil de por vida. Pero lo cierto es que tampoco cumplió estas penas, pues fue declarado insolvente, y en diciembre de 1871, amnistiado, con apenas los tres años de reclusión. Algo parecido pasó con el resto de los condenados.
Queda claro que, pese a la severa condena social y a las demandas de sumo rigor, hubo una falta de rigor procedimental en los consejos de guerra lo que, combinado con la influencia de la iglesia y lo revuelto de la época, puso pronto a los culpables en la calle.
La misma evolución histórica del país, con la entrada en escena de Amadeo de Saboya, cuyo primer acto oficial fue rendir homenaje al cadáver del general Prim, el hombre que había propiciado su elección, aceleraría el proceso de amnesia colectiva. Seguramente, el propio Gobernador Provisional y sus miembros, que siguieron en activo la política del país, prefirieron olvidar el malogrado decreto, que sólo había producido quebraderos de cabeza.
Sin embargo, el Gobierno estaba convencido de que el crimen de Burgos no era un caso aislado, una obra espontánea de las masas, sino que según su manifiesto del 28 de enero, se debía a la existencia de un complot de gran alcance. Igualmente el Gobierno pensaba que se trataba de una conspiración formidable, no por el número y valor de sus autores, sino por el evidente propósito de encender el fanatismo religioso, promoviendo una de esas guerras fratricidas cuyo sombrío cuadro describe con horror la historia, y de las que son episodio sucesos parecidos al de Burgos.
Igualmente fue recalcado por el nuevo gobernador civil de Burgos, Julián Zugasti, quién escribió en sus memorias: “Con afortunada sagacidad descubrí una formidable conspiración, previniendo sus desastrosos efectos”.
¿Realidad, ficción o simple pavor a la nueva situación surgida de La Gloriosa?
Quizás las investigaciones en marcha resuelvan el misterio en el que quedó sumido.
El archivo municipal de Burgos, bajo la dirección del profesor Joaquín García Andrés, ha organizado un interesante programa didáctico para que los alumnos de secundaria investiguen este asesinato de fuertes implicaciones políticas, a través de los fondos documentales y hemerográficos. Quizás ellos sean capaces de echar luz sobre este asunto. García Andrés anuncia a su vez la próxima aparición de una publicación sobre el tema.
Fuente de Datos:
*El asesinato del gobernador de Burgos – Arturo Colorado Castellary, Universidad complutense de Madrid. – La Aventura de la Historia.
Tras el asesinato fue detenido un gran número de personas (según algunos hasta 140), entre los que se encontraban varios miembros del equipo del cabildo: el deán Pedro Gutiérrez de Celis, el provisor, Jorge de Arteaga, el magistral, Manuel González Peña y otros canónigos, todos en libertad a los pocos días, con sus causas sobreseídas, lo mismo que la del arzobispo, Anastasio Rodrigo Yusto, que estuvo confinado en su palacio, aunque no caben dudas sobre la responsabilidad de todos ellos en la organización del tumulto.
Y se dieron casos curiosos, como el de los cinco seminaristas que habían sido detenidos porque el día después del asesinato habían tomado el tren de Burgos a toda prisa olvidándose de facturar sus baúles. Los cinco fueron liberados en poco tiempo.
Pero entre los detenidos se encontraban unas sesenta personas que sí fueron juzgadas en una veintena de procesos, entre ellas Dámaso San Martín, Mariano Camarero, alia El Cascorro, Blas Gil Villalmanso, Pedro Miguel Bueno, Víctor Chiribenches, Clemente Martínez Avila y Francisco Martínez Hernando. En general gente humilde, de escasos recursos y bajo nivel cultural. La mayoría de los acusados y testigos eran analfabetos y tuvieron que firmar su declaración con una cruz.
Los consejos de guerra se celebraron con tal celeridad que hace dudar de la seriedad y garantías de los procedimientos, pero los interrogatorios de acusados y testigos, los careos entre ellos, la autopsia del cadáver y los antecedentes de los acusados ofrecen informaciones útiles para iluminar asunto tan turbio.
Los testigos mencionaron a varios agitadores que vociferaban en los alrededores y en el interior de la catedral, uno de ellos, Valentín Rodrigo, capataz de las obras que el Ayuntamiento estaba realizando en El Espolón provocaba a los trabajadores con sus gritos a que se revelaran contra los actos del Gobierno, y que el gobernador quería robar las alhajas y que era menester arrastrarle y matarle. Otros testigos identificaron a un tal Chiribeches, que decía asegurando que era preciso matar al gobernador y arrastrarle dando vivas a la religión, a Dámaso San Martín, que llevaba un hacha, y a Cabrera, que llevaba los bombachos llenos de sangre. También que el alcalde intentó detener a la multitud sin conseguirlo.
Con respecto a la Guardia Civil, el testigo Vicente Prieto afirmó que “sin ofrecer resistencia alguna, dio paso a la multitud en el momento que ésta entraba furiosa en el templo a las voces de ¡viva la religión1 y ¡muera el gobernador! Otro, Gil Tovar, testificó que había visto entre la turba a Dámaso San Martín sacando un hacha de debajo del marsellés, exclamando “Donde está ese bribón que lo voy a matar”. Al tal Dámaso San Martín le incautaron un hacha en su casa, que según los testigos, era la que enarbolaba enfurecido en el momento del linchamiento, extremo que el acusado negó insistentemente durante todo el proceso, afirmando que él no estuvo en la catedral aquel día, a pesar de los numerosos testigos que lo vieron.
El testigo Vicente Prieto vio a un canónigo abriendo las puertas del claustro diciendo “Ahí dentro está”, y al poco rato sacaban al gobernador ya ensangrentado del claustro. Y a su salida vio levantarse una mano con un hacha que cayó sobre la cabeza del Gobernador Civil, que cayó por el suelo. El testigo Valentín Rodrigo afirmó que al Inspector Domingo Mendívil le desarmó un grupo de sediciosos, a cuyo frente iba un tal Jarrillas, y un joven a quién no conocía.
(Carlos VII)
Desde el comienzo, el Cabildo sostuvo que el gobernador había sido asesinado en el exterior de la catedral, en las escalinatas de la Puerta del Armental. El tema no era baladí, porque el asesinato en el interior. El tema no era baladí, porque el asesinato en el interior hubiera supuesto la profanación del templo. Para evitarlo, los canónigos no dudaron en cambiar el lugar del crimen e incluso el arma homicida, Así, en el libro de ceremonias del Cabildo se afirma que “el día 25 de Enero de 1869 a las once y media de la mañana, en el acto de ir a incautarse de los objetos científicos, artísticos y literarios de esta Santa Iglesia el Sr, Gobernador civil de Burgos, las turbas amotinadas rompieron su bastión sobre su cabeza vertiendo bastante sangre en el primer tramo del claustro y especialmente desde su puerta al cancel inmediato y escalera del Sacramental, donde le asesinaron”.
Sin embargo, algunos testigos afirmaron haber visto como un hacha o piqueta golpeaba la cabeza del gobernador en el momento de sacarlo del claustro y entrar en las naves. El testigo Vicente prieto reitera que no observó más que la mano que vio levantarse y descargar sobre el gobernador, para salir por la puerta del claustro.
El resultado de la autopsia abunda en que el arma homicida bien pudo ser un hacha, y por tanto, no quedaría duda alguna sobre el lugar del asesinato. Según el dictamen de los facultativos Hipólito Tobes y Nicanor Díaz Salazar, las lesiones situadas en las regiones de la cara y cabeza, debieron ocasionar prontamente la muerte del expresado sujeto, perdiendo antes el sentido, y causando aquella la fuerte congestión cerebral propia del carácter de las lesiones eminentemente contuso. Estas lesiones debieron ser ocasionadas por un cuerpo a la vez que contundente, de bordes algo cortantes, como bien pudo serlo un martillo por su extremo agudo, una piqueta y otro análogo, y que las demás lesiones del cuerpo y extremidades, así como las equimosis de la cara pudieron ser causadas al tiempo de ser arrastrado, que debió ser boca abajo y por la acción de algún palo sufrido anteriormente.
Por orden del gobierno, la catedral estuvo cerrada hasta el 20 de marzo, día en el que se celebró, presidido por el arzobispo, el acto de purificación del templo, en el que se lavó y limpió la sangra derramada en la iglesia, según reza el libro de ceremonias.
(Ceremonia de purificación el día 20 de marzo de 1869)
Pese a la contundencia de testimonios y pruebas, las condenas fueron leves para lo que se levaba. Unos fueron condenados a cadena perpetua (El Cascorro, que llevaba en la mano un martillo, Chiribeches, Blas Gil y Dámaso San Martín), otros a veinte años otros a diecisiete y a menos. San Martín, el operador del hacha fue condenado a morir en la garrote, pero poco después se le conmutó por cadena perpetua, indemnización a la viuda con mil escudos y a interdicción civil de por vida. Pero lo cierto es que tampoco cumplió estas penas, pues fue declarado insolvente, y en diciembre de 1871, amnistiado, con apenas los tres años de reclusión. Algo parecido pasó con el resto de los condenados.
Queda claro que, pese a la severa condena social y a las demandas de sumo rigor, hubo una falta de rigor procedimental en los consejos de guerra lo que, combinado con la influencia de la iglesia y lo revuelto de la época, puso pronto a los culpables en la calle.
La misma evolución histórica del país, con la entrada en escena de Amadeo de Saboya, cuyo primer acto oficial fue rendir homenaje al cadáver del general Prim, el hombre que había propiciado su elección, aceleraría el proceso de amnesia colectiva. Seguramente, el propio Gobernador Provisional y sus miembros, que siguieron en activo la política del país, prefirieron olvidar el malogrado decreto, que sólo había producido quebraderos de cabeza.
Sin embargo, el Gobierno estaba convencido de que el crimen de Burgos no era un caso aislado, una obra espontánea de las masas, sino que según su manifiesto del 28 de enero, se debía a la existencia de un complot de gran alcance. Igualmente el Gobierno pensaba que se trataba de una conspiración formidable, no por el número y valor de sus autores, sino por el evidente propósito de encender el fanatismo religioso, promoviendo una de esas guerras fratricidas cuyo sombrío cuadro describe con horror la historia, y de las que son episodio sucesos parecidos al de Burgos.
Igualmente fue recalcado por el nuevo gobernador civil de Burgos, Julián Zugasti, quién escribió en sus memorias: “Con afortunada sagacidad descubrí una formidable conspiración, previniendo sus desastrosos efectos”.
¿Realidad, ficción o simple pavor a la nueva situación surgida de La Gloriosa?
Quizás las investigaciones en marcha resuelvan el misterio en el que quedó sumido.
El archivo municipal de Burgos, bajo la dirección del profesor Joaquín García Andrés, ha organizado un interesante programa didáctico para que los alumnos de secundaria investiguen este asesinato de fuertes implicaciones políticas, a través de los fondos documentales y hemerográficos. Quizás ellos sean capaces de echar luz sobre este asunto. García Andrés anuncia a su vez la próxima aparición de una publicación sobre el tema.
Fuente de Datos:
*El asesinato del gobernador de Burgos – Arturo Colorado Castellary, Universidad complutense de Madrid. – La Aventura de la Historia.








